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Por: Homero Carvalho /Escritor y poeta

El 2020, que se proyectaba como un año de grandes transformaciones, será recordado en el futuro como el año de la peste, el año en el que todos los planes naufragaron. Muchos escritores y filósofos han escrito al respecto y recordaron grandes novelas cuyos argumentos giran en torno a pandemias históricas o apocalípticas, luego hicieron sus propias especulaciones literarias y/o filosóficas acerca del miedo a la muerte que se ha infiltrado en nosotros.

Entre las más citadas: El Decamerón (1351), de Giovanni Boccacio; Diario del año de la peste (1722), de Daniel Defoe; La peste (1947), de Albert Camus; El amor en los tiempos del cólera (1985), de Gabriel García Márquez; sin embargo, hay una epidemia extravagante en la celebérrima Cien años de soledad y es la peste del insomnio; plaga que agotaba las infinitas posibilidades del olvido, desde los nombres de las cosas, su utilidad y significado hasta el abandono de uno mismo; en su mágico realismo García Márquez cuenta que también en Macondo la gente decidió encerrarse para evitar el contagio mientras esperaba una cura milagrosa.

Otra novela que me impresionó por sus patéticas similitudes con la crisis generada por la actual pandemia fue Severance (2018) de la escritora Ling Ma, la historia se desarrolla en año 2011 y narra acerca de una plaga que, además de matar personas, obliga a los sobrevivientes a encerrarse en sus casas mientras repiten una y otra vez la misma rutina, desde labores domésticas, poner una y otra vez la mesa, abrir el libro en la misma página o revisar constantemente las redes sociales sin entender nada de lo que ven en la pantalla.

La cuarentena sin fin

Medio mundo ya lleva varios meses encerrado preventivamente en sus casas, repitiendo rutinas hogareñas que nunca antes hicieron. Sin duda alguna, la cuarentena ha obligado a muchos a cambiar sus hábitos, no digo a todos porque sería una imprecisión ya que una buena parte de la humanidad sigue haciendo lo que siempre hizo para ganarse la vida. Muchas empresas privadas e instituciones estatales han optado por el teletrabajo, haciendo que sus empleados trabajen más de las ocho horas obligatorias porque los jefes escriben mensajes a cualquier hora del día o de la noche: “Como está en su casa no hace nada”, piensan.

La tecnología se ha convertido en una herramienta imprescindible para enfrentar esta nueva normalidad; Internet se ha transformado en una necesidad básica y el servicio de Wifi es indispensable porque son el contacto con el mundo exterior, con la oficina, con los amigos, con la familia, con la política y la cultura en general, tan necesaria en estos tiempos de soledad forzosa y atareada: encerrados dicen algunos, resguardados del contagio afirman otros. En fin… estamos aislados y como afirmaba André Malraux: “Cada hombre se parece a su dolor” y este es el nuestro.

Tuvimos que reinventarnos

La pandemia nos ha impuesto un salto tecnológico, personas que nunca antes habían usado las tecnologías de información y comunicación se han visto apremiadas a hacerlo. Eso ha adelantado el futuro en, por lo menos, diez años: en el mundo académico, por ejemplo, si bien las clases virtuales ya eran frecuentes desde hace más de una década, las actuales circunstancias las han propagado y, tanto docentes como estudiantes, nos hemos visto en la urgencia de aprender a usarlas o de actualizarnos en las nuevas plataformas digitales que se nos revelaron de la noche a la mañana. Por supuesto, que esto tiene sus ventajas y desventajas. Mientras tanto seguiremos frente a las pantallas de nuestras computadoras y de nuestros teléfonos móviles porque hasta el amor se ha vuelto virtual, cuidemos de no convertirnos en nuestro propio avatar.

El futuro ya no es el mismo de antes, ahora es incierto. Si bien la mayoría de las personas, que somos parte de ese mundo virtual, hemos tenido que adaptarnos a esa realidad, no sucede lo mismo con nuestros gobiernos que están aún en el pasado, cuando ya el 2020 está en la mitad de su ciclo y se muestra con toda su crueldad. La tecnología puede ser una aliada ante la crisis, en la educación, en la salud, en la difusión cultural y la prevención del contagio; en España, por ejemplo, una App te puede avisar que estuviste en la misma ubicación que un infectado por coronavirus y, por tanto, debes aislarte de inmediato, de esa manera te previene y cuida a tu entorno; en China millones de cámaras de seguridad previenen de zonas de mayor contagio y los teléfonos móviles juegan un rol definitivo en la información oficial y en tiempo real.

La cultura y la pandemia

Algo que muchos gobiernos latinoamericanos no comprenden a cabalidad, en toda su dimensión social y humana, es el papel de los actores culturales en el aislamiento. Los actores de cine y teatro montan y filman obras para luego subirlas a las redes, los músicos organizan conciertos virtuales, los pintores talleres de artes plásticas y exposiciones en red; los escritores y poetas organizamos lecturas de textos, recitales de poesía y presentaciones de libros usando diversas plataformas en las redes; los intelectuales organizan debates acerca de diversos temas; así contribuimos para que los que están en casa se distraigan, aprendan y amen nuestra cultura.

Los gobiernos deberían apoyarnos, aunque sea pagando las deudas retrasadas que tienen con los artistas, los premios en todas sus categorías y creando programas de apoyo económico como hizo la secretaria de cultura del municipio paceño. Los hacedores de cultura somos el espíritu, el ajayu, de una nación, su identidad y armonía con el universo.

El virus del miedo

El Covid-19 viene acompañado de otro virus: el miedo social que nos hace sospechar de ataques inminentes creando una omnipresente paranoia aterradora. El temor al contagio nos ha invadido y nos hace alejarnos del otro, el prójimo es el enemigo, desconfiamos de todo objeto que esté a nuestro alcance; nos hace reprimir el cariño, evitar salir de nuestros hogares; el encierro nos deprime (enfermedad de moda), genera conflictos familiares y muchas otras plagas que pueden ser tan peligrosas como el coronavirus. Sin embargo, sin ser sumisos, debemos aprender del miedo, Orhan Pamuk, Premio Nobel de literatura 2006, afirmó en una entrevista: “En esta época aprendo a respetar mi miedo. Mi miedo me ha enseñado a ser modesto, me ha dado humildad, me ha llevado a pensar en los demás, a sentirme solidario, en comunidad…”, no debemos olvidar que todos somos extraños y singulares. Esa es la lección que deberíamos aprender de esta peste moderna para conjurar el miedo profundo que se ha instalado en nuestros hogares.

Muchos escritores hemos canalizado el temor hacia la creatividad, escribiendo más de lo habitual, compartiendo nuestros conocimientos y publicando libros digitales. Soy testigo de colegas que han sido incluidos en sendas antologías internacionales de poesía, cuento y ensayo. En mi caso particular, he sido invitado a publicar en algunas de las mejores editoriales, periódicos y revistas virtuales del mundo entero; he filmado pequeños videos para un sinfín de sitios Web literarios y culturales, liberé varios libros míos para que los bajen gratuitamente de la Web, he coordinado y he hecho los guiones de varias grabaciones y he tenido la suerte, otro de los nombres de la Divinidad, de que la magnífica productora Aura edite un video con mi poema Los abuelos que se volvió viral en las redes. Tenemos que asumir que esta peste tiene que sacar lo mejor de nosotros ya sea en el hogar, en el trabajo, en nuestros oficios y en nuestras relaciones cotidianas. Además, de mantener la distancia social, debemos distanciarnos mentalmente del virus, superarnos y ser mejores personas, ser felices ahora, blindarnos con la esperanza, sin importar qué sucederá mañana porque la vida siempre será una causa perdida y por esas causas vale la pena vivir.