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Guardianas de la Kewiña: el bosque sagrado que florece lejos y en silencio

Lunes, 21 de julio de 2025 a las 08:00

Por Redacción

En lo más alto del Tunari, las mujeres de Chiaraje restauran el bosque de kewiñas y, con él, su comunidad. Entre el frío, la fe y el olvido, siembran árboles, autonomía y futuro. Esta es la historia de un renacer tejido con raíces y coraje.

Por Leonardo Putaré

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Almácigos que pronto se convertirán en bosque de kewiña.

En lo alto de los Andes, donde el viento cruje entre las piedras y la niebla borra los contornos del paisaje, Chiaraje resiste. A 93 kilómetros de la ciudad de Cochabamba, esta pequeña comunidad campesina se aferra a su identidad como se aferra la kewiña a los acantilados. Allí, donde la vida exige coraje y el olvido acecha, las mujeres decidieron cambiar la historia desde la raíz.

Todo comenzó con un árbol. No cualquiera, sino la kewiña (Polylepis pacensis), ese vestigio de los tiempos precolombinos que crece entre los 3.800 y 4.500 metros sobre el nivel del mar. Sus troncos escamosos parecen llevar siglos de memoria. Árbol sagrado, árbol silenciado. Por años fue talada, despreciada, reemplazada por especies foráneas como el pino y el eucalipto, que crecen rápido, pero secan los suelos y matan la biodiversidad. La kewiña, en cambio, protege el agua, fertiliza, da abrigo a cientos de especies. Y ahora, también da sentido a una comunidad. 

Warmi kewiñas

Fue gracias a la organización Faunagua y el apoyo de Acción Andina-ECOAN que la kewiña volvió a enraizarse en Chiaraje. Pero no lo hizo sola: encontró manos, voces y nombres de mujeres decididas a florecer con ella. Así nació el grupo Warmi Kewiñas, una alianza de mujeres que dejaron el anonimato comunal para convertirse en líderes, cuidadoras y sembradoras de futuro. 

“Nosotras somos fuertes como la kewiña”, dice Irma Vicente Fernández, una de sus fundadoras. Ella y su hermana Andrea enfrentaron la timidez, el miedo a hablar, el peso de la invisibilidad. “No sabíamos leer ni escribir. Ahora ya firmamos, ya hablamos”, cuenta con una mezcla de orgullo y humildad. 

La clave estuvo en la pedagogía del respeto. Norma Chocal Escobar, técnica social del proyecto, no llegó a imponer, sino a escuchar. Propuso círculos de reflexión donde las mujeres pensaban en ellas mismas, más allá del rol de esposas o madres. “¿Qué quiero? ¿Qué necesito? ¿Quién soy?”, eran preguntas nuevas. Y poderosas. 

En poco tiempo, las Warmi Kewiñas empezaron a leer, a escribir, a hablar en radios, a participar en concursos. Donde antes eran “ayudantes”, ahora son referentes. Lo que la kewiña hace por la tierra, ellas lo hacen por su comunidad. 

Warmi kewiñas

En una ladera cercada, donde ni las ovejas ni el descuido entran, late el corazón del bosque: el vivero. Allí, entre brotes diminutos y raíces desnudas, Andrea cuida cada planta como si fuera un hijo.

El proceso es lento, casi ritual. Bajo la guía del agrónomo Víctor Cáceres Guzmán, se combinan saberes ancestrales con ciencia: rescate de brinzales, esquejes, sustratos orgánicos. Nada de plástico, nada de prisa. Cada kewiña crece al ritmo de la paciencia y el respeto. 

Pero el vivero es más que una fábrica de árboles. Es un símbolo. Un espacio de aprendizaje, de reunión, de oración. Cuando una planta flaquea, se reza. Cuando florece, se agradece. La tierra no es recurso: es madre. 

Más que árboles

El impacto del proyecto va mucho más allá del bosque. Las Warmi Kewiñas han diversificado su producción: cultivan oca, papalisa, habas y hortalizas. Con apoyo técnico han mejorado el riego, han ganado en cosecha y en soberanía alimentaria. 

También han generado ingresos propios. Con las bolsas plásticas recicladas fabrican aretes, llaveros, sombreros. Andrea teje uno en seis horas. Venden sus productos en ferias, con la aspiración de hacer de Chiaraje una comunidad sin basura. 

El orgullo cultural también ha resurgido. Las polleras volvieron, los tejidos en lana, las canciones. Donde antes había vergüenza, hoy hay memoria. Donde había silencio, hoy hay canto. 
 

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