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En este tiempo transcurrido desde que comenzó el confinamiento, todos hemos tratado de adaptarnos a esta crisis sanitaria. Los personajes de esta nota protagonizan historias de superación, de fortaleza ante la adversidad. En algunos casos, se trata de vivencias que se repiten, ahora con la pandemia por Covid-19 como telón de fondo.

Gigante chiquito

Fabio Andrés tiene seis años. El 1 de julio le diagnosticaron Covid-19 y el síndrome de Kawasaki en la clínica Isuto, el mismo día que sus padres, Diana Sánchez y Gary Vargas, lo llevaron al Hospital de Niños Mario Ortiz. Allí, los médicos confirmaron que sufría esta enfermedad que afecta a la piel, la boca y los ganglios linfáticos y que se da, sobre todo, en niños de corta edad.

A pesar de que Fabio no manifestaba los síntomas conocidos de coronavirus, los especialistas confirmaron a sus padres que se trataba de uno de los pocos casos del síndrome en el país. Afortunadamente, su hermana, de ocho años, no contrajo Covid-19 ni, mucho menos, el Kawasaki.

En un principio le dio fiebre alta, pero luego le fue bajando, aunque las manchas y labios rojos se mantuvieron. En esas primeras y duras jornadas en el centro de salud especializado en atención pediátrica, los médicos pidieron diversas dosis de inmunoglobulina humana, necesaria en estos casos para desacelerar el proceso inflamatorio.

El síndrome de Kawasaki es una enfermedad de etiología desconocida, sin embargo, se asocia a infecciones virales.




Fabio Andrés junto a su familia

Todos los diagnósticos eran desalentadores. Diana y Gary no podían entender lo que les estaba pasando. Sentían que era demasiado ver a su hijo en esta situación, víctima de un mal con muy pocos casos en el país.

Con la esperanza de que su hijo mejore, la joven pareja se animó a pedir ayuda a la población, debido a lo costoso que les resultaba conseguir las dosis de inmunoglobulina, con un precio de Bs 2.098, cada una.

Para su sorpresa, la respuesta fue muy favorable, tanto de la gente que acudió en auxilio como de Fabio al tratamiento.

“Su cuerpo no reaccionaba, tenía manchas en el cuerpo y la lengua se le puso como una frutilla. No le bajaba la fiebre y los ojos se le enrojecieron. Entonces, se esperaron 48 horas para ver la evolución. Fue una gran alegría ver cómo iban desapareciendo las manchas y cómo respondía a las dosis”, recuerda Gary.

“Cuando entró a terapia se nos vino el mundo abajo, porque nos dijeron que le podía dar un paro cardíaco. Nosotros no perdimos nunca la fe y la confianza de que iba a sanar”, comenta Vargas.

Fabio esperaba ansioso por el momento de salir. Mientras los doctores le prometían que ese día llegaría pronto, renegaba cada vez que le sacaban una muestra de sangre para análisis, pero se reconfortaba cuando le traían un plato de pollo con ensalada.

Una gran sonrisa inundaba su rostro cuando veía ingresar a la habitación a sus padres, que, todos los días, esperaban con paciencia afuera de la sala, hasta que los doctores les permitían verlo por 15 o 20 minutos.

La espera tuvo su recompensa, el miércoles. Luego de 22 días internado, fue dado de alta. Fabio volvió a casa rodeado de globos con las figuras de los Paw Patrol, uno de sus programas favoritos.

Logró reencontrarse con su hermana y sentir de cerca el cariño de sus padres. Su corazón está más fuerte y sano que nunca.

La revancha de Gabriel

José Gabriel Ríos Banegas fue criado por sus abuelos. A los 15 años, viajó con ellos de Beni a Santa Cruz, donde se quedaron a vivir. Era 2003. Clementina Banegas y Orlando Ríos lo apoyaron en la mayoría de sus decisiones. A pesar de que en un principio lo alentaban para que continúe sus estudios universitarios, el joven tenía en mente otras cosas, como hacer suya la pelota y dedicarse al fútbol como profesión.

Les costó aceptarlo, pero respaldaron a su nieto en todos los momentos en los que alcanzaba nuevas metas, como en 2008, cuando debutó en el fútbol profesional boliviano con Guabirá.

A lo largo de su carrera futbolística, Gabriel ha jugado en diversos equipos, desde Bolívar y Wilstermann, hasta The Strongest, San José y Blooming. También jugó una corta temporada en el Deportivo Guastatoya, de Guatemala.

Este año fichó por Aurora. Tenía grandes expectativas sobre su futuro en el equipo cochabambino. Pero llegó marzo y, con él, la pandemia; luego, la cuarentena.

Gabriel presentía que el confinamiento no iba a durar poco, así que, antes de que se prohibiera la circulación interdepartamental, decidió volver a Santa Cruz a pasar juntos estos días con sus viejitos, a cuidarse y cuidarlos.

Tal como le ha ocurrido a la mayoría de la gente, para Gabriel la situación se fue tornando más difícil a medida que pasaban los días. El delantero, que, con su sueldo como futbolista había construido una casa a sus abuelos, sentía que sus ahorros ya no alcanzaban para el gasto diario.

Su club dejó de pagarle el salario desde enero y, a pesar de que los futbolistas agremiados lo respaldaron económicamente, sobrevivir cada día era más difícil.

Así, junto con su abuela, nació la idea de vender pan casero a amigos y conocidos, a la vez que manifestaban su solidaridad con las familias necesitadas de su barrio. La mujer de 86 años horneaba y su nieto distribuía los panes entre la gente de escasos recursos que la estaban pasando mal durante la cuarentena.

Pero la tarea también conllevaba sus riesgos. Por el contacto con vecinos y personas, que acudían hasta su hogar de la radial 26 y quinto anillo para recoger pan, podía llevar el virus a casa. A pesar de que tomaban todos los recaudos posibles, doña Clementina se contagió de Covid-19.

“Hace dos años perdí a mi madre, que me encargó mucho que los cuide. Por eso me vine de Cochabamba, a cuidarlos. Pero nunca imaginé lo que iba a pasar”, se lamenta Ríos.

Nunca se le pasó por la cabeza que iba a peregrinar con su abuela por diversos hospitales, mucho menos que iba a verla morir luego de tanto buscar ayuda. El lunes de tormenta llegó con lágrimas, la mujer que lo vio crecer lo abandonaba. Gabriel se derrumbaba.

Uno pocos familiares lo acompañaron a sepultar los restos de doña Clementina en un funeral realizado como lo exigen las normas de bioseguridad actuales. Gabriel no dormía varios días pensando en lo que pasó. Para colmo de males, su abuelo también estaba internado, al igual que una tía que había sido operada en la cabeza.

Gabriel Ríos también dio positivo a coronavirus. Cumplió sus 21 días de aislamiento, superó el virus y salió decidido a enfrentar el mundo con el espíritu fortalecido, dispuesto a trabajar por don Orlando y por sus dos hijos.

“Ha sido muy duro, esto le ha tocado a mucha gente cercana, me ha tocado a mí. Felizmente, he encontrado apoyo de familiares y amigos, que me han dado su voz de aliento. Gracias a Dios estuve junto a mi abuela cuando se fue”, expresa Gabriel, convencido de que vendrán tiempos mejores.

Este fin de semana abrió un restaurante de pacumutos en su domicilio, ha habilitado una pulpería en el mismo inmueble y está considerando volver a la elaboración de pan casero.

Lo de lo pacumutos va muy bien, vino mucha gente a consumir y dijeron que les gustó. Tengo fe de que las cosas serán cada día mejor y saldremos fortalecidos de todo esto”, aseguró Ríos.

Dosis de humor

Si alguien sabe lo que significa caer y levantarse, ese es David Santalla. En 2015, el reconocido actor y humorista fue internado de emergencia en un centro hospitalario de La Paz, tras sufrir una hemorragia cerebral intraventricular. Permaneció varias semanas internado, pero logró recuperarse.

Luego fue diagnosticado de cáncer. Y, aunque su salud permaneció estable por un tiempo, en octubre de 2019, tras un control rutinario, los médicos señalaron que su situación era delicada, lo que obligó a volver a internarlo.




David Santalla muestra una de sus obras

Para ese entonces, Santalla ya había participado del rodaje de Mi Socio 2.0, la secuela del célebre largometraje de Paolo Agazzi, cuyo estreno fue pospuesto dos veces, hasta que finalmente se presentó en marzo, justo en la semana en la que comenzó la pandemia en Bolivia.

Por esa y otras razones, el artista bautizó al coronavirus como el ‘kenchavirus’ (kencha= con mala suerte), manifestando su particular talento para encontrarle el lado jocoso a todo mal.

Es un virus kencha, cuyo nombre científico es HDP, al que, además, hay que quitarle su corona, porque nos ha robado nuestro futuro”, añade el humorista de 80 años, que reniega del trato que las autoridades dan a los artistas.

“Nos han herido diciendo que el arte no es un alimento. No todo va por la barriga. Esa parte es muy hiriente. Cuando uno no habla de los derechos de los demás, deben respetar las opiniones”, expresa.

Precisamente, Me dieron ganas de opinar, se titula el libro que está escribiendo, en el que realza la idiosincrasia del boliviano.

Santalla tiene una cabeza inquieta, “el que descansa se envejece”, dice, para justificar su necesidad de seguir trabajando, a pesar de la adversidad.

Durante la pandemia ha escrito ocho comedias ligeras, además de la tercera de su serie de obras autobiográficas, luego de Aquel niño travieso que fui y Aquel jovenzuelo travieso que fui.

El actor se encuentra desde marzo en Sucre, adonde llegó con el fin de estrenar la cinta de Agazzi. La cuarentena, que provocó la suspensión de varias premieres en el país, también lo obligó a quedarse en la capital de Bolivia.

Esto ya no es cuarentena, es novena. Pero estoy en una linda ciudad y el encierro me ayuda a crear”, expresa el humorista.

Además, la compañía de su esposa, Sandra Saavedra, hace más llevadero el confinamiento. Ella lo apoya en todos sus proyectos y ordena sus trabajos cada día, como ocurre con una serie de ilustraciones que Santalla comenzó a realizar hace un par de meses, la mayor parte de ellas inspiradas en la pandemia.

Santalla se siente motivado a seguir haciendo cosas nuevas cada mañana. Y reafirma, en este tempo de crisis, que no hay mejor remedio que el humor. “No hay que dejarse vencer por los miedos, porque perjudican nuestra salud. Los pensamientos negativos hacen que las células se enfermen. El humor es la mejor terapia de sanación. Claro, tampoco esperemos que llegue el doctor y nos diga: ‘Así que agonizando, ¿no?’ (risas). No hay que perder la esperanza ni el humor”, agrega el artista.

Con voz firme

En 2012, Guísela Santa Cruz vivió lo que ningún cantante quiere vivir. La artista cruceña estuvo a punto de perder la voz. Una irritación en las cuerdas vocales derivó en un daño mayor, que la llevó a tratarse en la Clínica Las Condes, de Santiago de Chile. Allí, los doctores le advirtieron de los riesgos de una operación de esa magnitud, principalmente, la posibilidad de no volver a cantar.

Eran dos nódulos, que no me dejaban hablar, luego fue peor. Me ponían corticoides para cantar, tres veces al mes, por lo menos. Y me aparecieron pólipos, el mal fue creciendo, parecía una verruga, que me dificultaba, cada vez más, cantar”, explica Guísela.

Al final no se hizo operar, porque tenía un presentimiento, quería creer en algo y buscaba una señal. Sabía de la experiencia de otros artistas, como Yuri y Álex Campos, que habían sufrido el mismo mal y no los operaron.

Guísela narra cómo logró superar el mal físico y emocional con la determinación de salir adelante y con la fe. “Fueron noches de angustia, de visitar médicos, clínicas, pero la oración me ayudó mucho. La fe logró que mi mal desaparezca. Cuando ya estaba a punto de ingresar a quirófano, pedí que me hicieran otro examen y descubrí que los nódulos habían desaparecido. Fueron dos años y medio que estuve muy mal. Pero fue una cuestión de fe”, asegura.

La cantante afirma que recuperó el registro vocal que tuvo en su adolescencia.

Siente que hoy, ocho años después de aquella experiencia religiosa, está viviendo un momento similar, con la pandemia como el gran mal que nos amenaza.

“Ambos momentos se asemejan, en la angustia de no saber qué podrá pasar, de perder algo que uno quiere, en el peor de los casos, nuestra vida o las de nuestros seres queridos”, menciona.

Preocupada por el contagio vivió momentos de crisis y ansiedad. El encierro no le cayó bien, a eso se sumó la cancelación de varios contratos de trabajo que la dejaron con lo justo para poder subsistir por algunas semanas.

“No sabía qué hacer, lloré de angustia y desesperación. Me preocupaba mucho la parte económica, como le ha pasado a la mayoría de mis colegas”.

Es consciente de que el sector artístico será uno de los últimos en volver a la ‘normalidad’, por eso hoy está convencida de apostar a lo digital. Para ello ha adquirido equipos que le permiten garantizar una buena calidad en las transmisiones desde casa.

Luego de sufrir y temer lo peor, Guísela, una vez más, se armó de valor y fe para enfrentar la realidad con las mejores ganas.


Guísela Santa Cruz cantó a los pacientes con Covid-19