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Acostumbrado a buscar soluciones ante los obstáculos, Leonardo Viscarra, el niño de la mano mecánica con una potente historia de vida, está en cuarentena igual que el resto de los adolescentes bolivianos, un tanto frustrados por no saber qué va a pasar y si alcanzarán a salir bachilleres este año.   

Con una mano mecánica diseñada por él mismo a partir de un tutorial de internet, el niño que se sobrepuso a una jugada del destino que dispuso que arribara a este mundo con un muñón en lugar de la mano izquierda, no se quedó quieto. Ahora con 17 años y sin poder ir al colegio Jaime Escalante, en Cochabamba, está destinando sus dos impresoras 3D para elaborar protectores faciales que ha empezado a donar a militares y policías, en los que pensó mucho después de que su padre le hiciera notar que en la ciudad había uniformados trabajando en la primera línea contra el coronavirus con barbijos de tela y sin la suficiente bioseguridad.

En la cuarentena se ha dedicado a investigar más que nunca y está con varios proyectos en mente.

Los protectores faciales

Las dos impresoras que tiene las consiguió con el tiempo, recibiendo ayuda ajena y de sus familiares. Cada una cuesta $us 1.000. Al día puede producir 15 máscaras, hasta ahora ha llevado unas 40 para donar, pero también hay gente que le pide de forma particular. “Se las vendo por el precio que cuesta el material, que es de Bs 20”, cuenta y explica que tiene dos diseños, uno propio y otro que le hicieron llegar los voluntarios de Misión Anticovid, que tiene un protector más grande, ellos le dan el material y Leo imprime las máscaras que los voluntarios donan.

Acción frente a la frustración

Encerrado en la casa que comparte con su padre y su abuelita, porque es consciente de la amenaza real que hay afuera, tuvo que renunciar a hacer lo que tanto le gusta: salir a manejar bicicleta y motocicleta. La tecnología que nunca le negó refugio, sigue siendo su aliada para hacer más planes en su cabeza. Ahora mismo está ocupado en consolidar lo que llama una mano biónica.

“Tengo unas cinco manos de distintos colores, pero hay una que tengo en fase prototipo, es mi gran proyecto. Va a funcionar con electrodos conectados a mis músculos, una batería de litio y unos cinco servomotores”, cuenta como si se tratara de un guante de béisbol que se consigue a la vuelta de la esquina.

En un intento por hacer más digerible la información explica que se trata de una prótesis mioeléctrica que tiene conexiones superficiales con algún músculo y la energía que produce el movimiento del músculo manda una señal a la placa y esta hace a su vez que uno de los pequeños motores se mueva. De esa forma la mano cobra vida.

Un círculo que impulsa y motiva

Leo ha venido participando de las últimas versiones del First Global, un evento mundial de robótica. Se ha quedado en la fase de clasificación nacional y este año, cuando pretendía conseguir la clasificación para salir a la final mundial sucede esta pandemia que, nuevamente, frena sus planes en seco.

Pero lejos de desmotivarse, apunta a que hay muchos más eventos tecnológicos de los que podrá participar.

La mamá de Leo falleció el año pasado en Santa Cruz, el lupus (cuyo día mundial se celebró ayer), le ganó la batalla. “No soportó más, un día durmió y ya no despertó”, se limita a decir Leo, el niño que llegó a este mundo sin la mano izquierda como producto del síndrome de banda amniótica (una deformación provocada al interior de la bolsa intrauterina, que se puede romper y cuyos hilos pueden enredarse en algunas de las extremidades del pequeño ser).

La adversidad no tiene cabida en la mente de Leo, acostumbrado a gestar su propio destino. La mano del destino se metió en su vida y la mano de Dios le dio mucho más.