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Mary salió del encierro de un mes mientras los acordes musicales de Resistiré inundaron el patio y los pasillos del hospital San Juan de Dios. Vio el sol y con él las expresiones de apoyo y felicidad de gente que nunca antes pensó conocer en semejantes circunstancias: fue una paciente de alto riesgo al tener coronavirus y poseer una desventaja mortal como lo es depender de una máquina de diálisis tres veces por semana.

Con todo el pronóstico en contra, María Saloma, de 48 años, una vendedora ambulante nacida en La Paz, que vive desde hace 17 años en Santa Cruz, venció la enfermedad, pero no lo hizo sola, la acompañaron en la lucha más de una veintena de médicos, sin mencionar el personal de limpieza a quienes ahora considera sus amigos.  

Esta mañana cálida de mayo todos querían sacarse una foto con “la chica Covid”, como ellos mismos le dicen de forma cariñosa y Mary, con una sonrisa oculta detrás de un barbijo, confesó: me sentí importante. Ella sigue sin dar crédito a su buena suerte y a haber obtenido tanta ayuda porque hubo que hacer todo un operativo para conseguir una máquina móvil para dializarla, pues no era prudente que requiriendo aislamiento, fuera a recibir diálisis donde hay otras personas a quienes sería terriblemente peligroso contagiar.

-¿Cómo empezó este tortuoso camino de padecer coronavirus y tener que luchar por su vida?

Un día, eran las 16:00, me sentí mal, me faltaba el aire, llegué a mi diálisis y me dijeron ¿qué te pasa Mary?, Algo tenés, mejor andá a internarte. Fui al médico y me dijeron que lo que tenía era más grave de lo que pensaba. Al día siguiente me sacaron radiografías en el San Juan de Dios y luego supe que tenía coronavirus. Yo me quería morir, pensé aquí terminó mi vida, pero Dios es tan grande que me salvé, estoy feliz y en mi casa. Vi el sol esta mañana

-Fue un largo mes en que no pudo tener contacto con su familia…

Casi un mes sin poder salir, ni verlos, pero ahora ya estoy en casa. Mi hija tiene 13 años, ella me repite que me va a cuidar y que no tengo que salir a ningún lado. Por suerte ninguno, ni mi esposo ni mi hija, enfermaron.

-¿A qué se dedicaba antes de caer enferma?

Era ambulante, vendía en la calle papel higiénico, toallitas, cosas livianas porque con la enfermedad que tengo no puedo manejar cosas pesadas. Hacía una venta al día de Bs 10. Mi rutina era ir a vender al Alto San Pedro, después me venía a mi casa a cocinar. Parece que en algún momento me pasó esto, pero nunca estuve en el bolleo, solo vendía afuera…

-¿Qué sintió que médicos y enfermeras que nunca antes la habían visto hayan celebraron con usted el alta médica y que haya superado el coronavirus?

Fue una emoción grande, sinceramente me sentí importante, me quedé muda, estaba feliz. Fue muy bonito, le agradezco al doctor Urenda, a mi doctora María Luisa, a la doctora Vania Sánchez, a todo el personal de limpieza, han sido mis amigas, me decían ‘hola Pinky’, no tengo por qué hablar nada malo, me trataron muy bien.

-Ahora que superó el coronavirus ¿qué le dice a la gente para que se cuide?

Tenemos que cuidarnos por ellos, por nosotros y por nuestras familias, el virus existe y daña a la gente, no es fácil estar encerrada en cuatro padres.

-¿Cree que ha tenido una segunda oportunidad de vida?

Sí, doy gracias por la segunda oportunidad que me da Dios, con esta enfermedad de base que tengo yo decía ya me muero, oré a Él que es el más grande y poderoso. He vuelto a la vida

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