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Ni se les ocurrió que la cuarta ola del covid-19 se cruzaría en el camino de la undécima marcha indígena por el respeto al territorio.

Hasta anoche, ya 23 personas se encontraban en aislamiento tras dar positivo al virus, de los pueblos weenhayek, araona, takana, chiquitano, guarayo, yuqui y sirionó, son diez mujeres y 13 varones, entre ellos un niño de 10 años y cinco adultos mayores. Todos con los síntomas bajo control, al menos hasta el momento.

Recibieron vitaminas, sueros y medicamentos del protocolo básico, pero se autogestionaron corticoides y otros remedios a través de amigos y favores, que no alcanzaron para todos. Ahora aguardan que una mano amiga consiga algunos sueros.

Además del contagio, en medio de los casi 100 días de marcha han nacido dos bebés en esta semana, una de la nación guaraya, Gabriela, otro de la mojeño trinitaria (Tipnis), René.

Una de las mujeres que dio a luz sigue en la Maternidad Percy Boland. La otra ya se encuentra en el coliseo de la Uagrm con los demás, junto a su niño dentro de una carpa, y alternando entre amamantar con poca leche y curarse la infección donde le hicieron los puntos quirúrgicos tras el parto.

Hasta hace un par de días, ella pedía manzanilla para lavarse la parte infectada. Pero la aparición de pus la obligó a asistir de inmediato al centro materno-infantil.

Debe ser el polvo y el viento que entran por la carpa”, dijo su mamá, Dora de Noza.

Cuando llega un voluntario al coliseo, se le acerca Gladys Yapori, de Guarayos. Pide ayuda para su niño de un año, que desde hace un par de semanas tiene vómito y fiebre que van y vienen. Los médicos solidarios le ayudaron, pero dice que el malestar continúa.

Ya está preocupada porque, según ella, no ha conseguido una carpa, y la frialdad del suelo que atraviesa el delgado colchón probablemente haya cobrado factura.

Una visita solidaria invitó un helado a Benito Condori, del Conamaq, y a los minutos dice, “creo que me llené con esto, es que nuestros estómagos se acostumbraron a comer poco, alguna vez no almorzamos”, confesó. En alguna oportunidad, Benito ha tenido que pedir un poco de megas a los médicos voluntarios para comunicarse con la familia. “Ya nos quedamos sin plata”, dijo.

A pesar de la precariedad, y de la falta de respuesta del Gobierno central, no solo insisten en quedarse, ya que aún es incierta la fecha de su partida, sino que además se sienten dignos y triunfantes.

No ocultamos que el Estado nos ha ignorado y discriminado, que el Gobierno aplica la nueva forma de esclavitud a través de su partido político, sometiendo a los indígenas al prebendalismo, pero no hemos perdido, hay un horizonte”, dijo Adolfo Chávez, uno de los dirigentes y confinados por coronavirus.

Según Chávez, el Parlamento indígena conformado en la marcha es el contrapeso del Congreso de los políticos que van con sus respectivas siglas. Aseguró que con cada marcha han obtenido victorias que van desde la inclusión en la CPE hasta la Ley INRA, con sus debilidades.

Reconoció que a veces tragan pastillas con el estómago vacío, que nunca soñaron con que la cuarta ola azote a la columna, que les causa desesperación, pero también resaltó que hay “corazones tocados por Dios”.

“Cuando hay imprevistos y dicen ‘pobrecitos’, el Gobierno no lo ha atendido; para nosotros, pasar todo esto es también construir. A ese niño que ha nacido en la marcha, sus abuelos y padres le contarán que nació en una movilización para desafiar y manejar su propio territorio”, aseveró.

El médico voluntario de Fundacruz, Germán Pinto, dijo que la Iglesia, Davosan, el Movimiento Alianza por Bolivia, otras organizaciones y la población en general han colaborado mucho a pesar de la crisis, y que por ahora lo que se requiere son barbijos y alcohol para 300 personas, además de algunos alimentos y medicamentos específicos para ciertas patologías.

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