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Frente a la devastadora pandemia del Covid-19, Unicef llegó al departamento de Pando con atención médica e insumos de bioseguridad para comunidades indígenas aisladas por la falta de accesos viales. Este es uno de los más de 100 programas de ayuda a pueblos indígenas, ancianos, mujeres y niños de todo el país que se financian con la solidaridad de millones de personas.

La entidad espera recaudar más de 1,2 millones de bolivianos en la maratón solidaria “Tiempo de Actuar” que se llevará a cabo el domingo 27, informó la institución mediante un comunicado de prensa.

Sheyla Huasambe, responsable de salud de las naciones indígenas que habitan en Pando, relata que la falta de accesos camineros aumenta el riesgo de pérdidas humanas por el impacto de la enfermedad, especialmente, entre los más ancianos.

“Estoy muy contenta por la donación que hemos recibido, todos estarán felices en las comunidades. Agradecer a Unicef por el cariño que nos tienen a los pueblos indígenas”, expresó Huasambe emocionada por la ayuda recibida.

Los pueblos indígenas Machineri, Yaminahua, Tacana, Cavineño, Esse Ejja y una comunidad Chimán asentada en el municipio de Filadelfia, están entre los beneficiarios de la ayuda de Unicef.

La organización donó 8,3 toneladas de suministros de bioseguridad para personal de las redes de salud de Cobija, Gonzalo Moreno y Puerto Rico, y seis pueblos indígenas de Pando.

La donación incluye alcohol en gel, barbijos de tela, quirúrgicos y KN95, desinfectantes, detergente en polvo, jabón líquido antibacterial, guantes de nitrilo, lentes de protección ocular, mamelucos de bioseguridad, máscaras faciales, termómetros digitales, guantes de limpieza y trapeadores.

Con estos insumos se atendieron a 1.284 familias indígenas de las que unas 3.000 personas son niños, niñas y adolescentes.

Huasambe recordó que durante la pandemia los indígenas, por temor a contagiarse con Covid-19, no pudieron salir de sus comunidades a los centros de salud y “se curaron como pudieron”, a ese problema de salud se sumó la crisis y falta de recursos económicos.

“No se olviden de nosotros, de los pueblos indígenas, que también tenemos necesidades”, insistió la líder indígena.

La rápida propagación del Covid-19 alcanzó a comunidades remotas y aisladas, donde la asistencia médica no es suficiente y existe gran necesidad de atención médica, suministros de higiene y bioseguridad, medicamentos, alimentos, asistencia social, apoyo nutricional y materno infantil, así como información clara y veraz sobre el virus.

Los niños primero

Ángel Rojas Castro es el director del Núcleo Educativo Betta Raqaypampa, en el departamento de Cochabamba. Cuenta que los niños allí necesitan casi todo. Cuando vio llegar las cajas de Unicef se emocionó. La entidad entregó 450 mochilas escolares y libros de lectura para niños y niñas a fin de que puedan continuar con los estudios pese a los embates de la pandemia.

Estos materiales permitieron a los niños en edad escolar del municipio de Raqaypampa retomar en esta gestión las clases semipresenciales que fueron interrumpidas en 2020 por la pandemia y por la falta de insumos tecnológicos y por la falta de conexión a servicios de internet.

 Teléfono contra la violencia

La pandemia también trajo un incremento de violencia en los hogares. El hecho de que los padres tengan que pasar más horas en los hogares llevó a que mujeres y niños sean víctimas de más hechos de violencia, con graves efectos sobre la salud mental y el desarrollo, especialmente, de las niñas y de los niños.

En ese marco, la línea de atención gratuita 800113040 Familia Segura es un programa de Unicef que ofrece un servicio especializado de apoyo psico-emocional a las personas que lo necesitan, especialmente a los niños, niñas y adolescentes, prevenir la violencia y canalizar denuncias, así como contribuir a la respuesta inmediata y efectiva del sistema de protección.

El servicio se inició en abril de 2020 y hasta el 31 de mayo de 2021 se recibieron 36.508 llamadas de todo el país, con denuncias alarmantes de violencia intrafamiliar, que pudieron ser canalizadas a las autoridades correspondientes.

Una de esas llamadas fue la de María de 23 años quien, durante el periodo de cuarentena, quedó confinada en una sala de 12 metros cuadrados que hace de dormitorio, recepción y cocina.

Allí pasaron los días con su pareja de 20 años y sus hijas de cinco y tres, además de dos sobrinas de 15 y 18 años, hijas de su hermana que está en la cárcel.

Con la llegada de la pandemia, una situación familiar ya complicada se volvió mucho más tensa: “Con mis hijas soy un poco agresiva, les grito, a mi pareja también le grito, siempre discutimos y nunca frenamos”, relata María, cuyo nombre es ficticio para proteger su identidad.

La psicóloga Georgina Romero es parte del equipo de Familia Segura, mientras hace terapia a distancia con una de las hijas de María, manifiesta, “se está trabajando con todo el núcleo familiar, no solamente con la mamá, el papá, inclusive con las hijas”, explica.


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