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Un día, hace un par de años, un grupo de instituciones y una periodista mexicana lo sentaron y le dijeron: “Tú cumples todos los requisitos para ser un postulante al Premio Nobel de la Paz” y Jesús Vélez, un ecuatoriano que vive en Montero Hoyos (distrito municipal de la capital cruceña, cerca del Río Grande), simplemente se rio.

La propuesta era seria y le explicaron los argumentos por la que se la planteaban: “Tú te has enfrentado contra un Estado y le ganaste un juicio porque sufriste tortura, lograste que se borre una ley contra los migrantes, hiciste cerrar centros de torturas y defiendes a las personas que sufren vulneración de los derechos humanos”.

En Montero Hoyos, donde Jesús vive, es conocido como ‘el hombre que ríe’, porque mostrar los dientes y proferir una carcajada, son frecuentes en él, sea por cosas que le causen gracia, o porque le sorprendan.

Y cuando le dijeron que podía ser un postulante al Nobel de la Paz, rio por eso, porque se sorprendió. Se puso a pensar en que ese galardón lo han ganado Nelson Mandela y otros expresidentes. “Entonces pensé ¿cómo una persona humilde como yo puede postular a este premio?”, comenta Jesús Tranquilino Vélez Loor.

 ¿Por qué lo postulan?

Fernando Miranda, jefe de postgrado de Unifranz, señala que las instituciones y los juristas que apoyan la candidatura, suscribieron el documento en La Paz a fines de enero y que se está reuniendo la documentación que se enviará a Noruega. Además, cree que se debe trabajar en Bolivia en identificar a potenciales candidatos a distintas categorías del Premio Nobel.

El Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (Cejil), fue la primera institución en impulsar la postulación.

 La historia de Jesús

En 2002, Jesús que creció en las playas de Manabí a tres kilómetros de Guayaquil, decidió huir la crisis económica e intentar llegar por tierra a Estados Unidos. Planeaba degustar un bocado del ‘sueño americano’ mientras pasaba la crisis en su país, para luego, junto a su esposa, construir y administrar un hotel en su ciudad. Sin embargo, ella cambió de idea cuando Jesús, en Panamá, cayó preso. Fue acusado de ser un guerrillero de las FARC, y enviado a prisión en una isla, donde fue torturado.

En 2003, el hombre, hijo de ganaderos, que se dedicaba a la venta de vehículos, fue liberado de la prisión panameña con un brazo lesionado, la cabeza partida y con un testículo destrozado.

Cuando lo devolvieron a su país, sin comprobarle ningún delito, ya no tenía bienes, ni esposa y no encontró a ningún abogado que quisiera tomar su causa para demandar al Estado panameño.

Decidió que él mismo se defendería. “Yo hablo muy bien el inglés y cuando era joven, trabajé de voluntario como traductor para el Alto Comisionado de las Naciones Unidas. Ahí conocí casos en países africanos de vulneraciones a los derechos humanos”, comenta.

Entonces, mientras de noche dormía bajo un puente, durante el día navegaba en internet para investigar cómo se demanda a un Estado; descargó los tratados internacionales y otras normas con las que empezó su lucha.

En 2004 planteó la demanda al Estado Panameño, que seis años después tuvo que pagarle una indemnización, además de cerrar las cárceles en que Jesús fue torturado, abrogar una ley de 1960 que condenaba a dos años de cárcel a los migrantes ilegales, e impulsar la creación de albergues.

Ahora es miembro de Amnistía Internacional y, así como lo hizo en su caso, investiga otras denuncias de personas cuyos derechos han sido vulnerados. Además, tienen una demanda contra el Estado ecuatoriano que está en la fase final.

Cuando llegó a Bolivia, fue a La Paz, se sintió bien, feliz, pero le afectó la altura, por lo que le recomendaron venir a Santa Cruz.

“Al llegar en bus sentí el olor a tierra húmeda, la calidez de la gente y era como estar en Manabí”, comenta. Ahora, Jesús tiene 53 años, una esposa y un hijo bolivianos y se siente ya ‘quedado’ en Montero Hoyos, donde, desde agosto de 2012 vive, y ríe.