Escucha esta nota aquí

Wílder Conde Rojas se explaya cuando relata su vivencia de patrullaje militar en plena pandemia por el coronavirus. No le importa salir a las calles en plena madrugada ni el frío intenso de La Paz. Lo hace por solidaridad y por ayudar a la población. Tampoco le interesa el sol quemante de la sede de Gobierno al mediodía. Aguanta todo, no por instrucciones de sus superiores. El marinero quiere poner su granito de arena en la lucha contra esta crisis sanitaria. Es parte de la Armada Boliviana y soporta agresiones de personas que no cumplen con las medidas de bioseguridad.

Cuando inició esta crisis sanitaria, Wílder, que tiene 18 años, sentía temor por contraer la enfermedad de coronavirus. Está en su quinto mes del servicio militar y lo cumple en la Policía Militar Naval de La Paz. Su misión está en las calles. Realiza controles en los mercados de la zona sur paceña. En esos lugares verifica si los ciudadanos están autorizados para hacer compras por la terminación de su cédula de identidad. En esos momentos tiene que soportar agresiones de aquellos que no deberían salir de sus domicilios. Soporta malos tratos, pero se pone fuerte. Hace cumplir la norma y recibe hasta agresiones verbales.

“En un principio tuve miedo de contagiarme, dije qué pasaría conmigo si me contagio, pero luego siempre nos dieron buena información sobre este virus. Además, nos cuidamos tomando té de limón, jengibre y naranjas. Todos los días nos dan para cuidar nuestras defensas. Soy joven y digo estoy bien y si me contagio voy a vencer al virus”, cuenta el marinero, oriundo de La Paz.

Pero no todo es malo, dice. Hay gente que lo felicita por la difícil labor que está realizando en esta crisis. Le dan comida y refrescos. Los acepta desconfiado, pero al final los acepta. El marinero relata que está desde las seis de la mañana hasta las dos de la tarde en los mercados. Empieza su labor a las cinco. Desayuna y se alista para salir a las calles. Empieza su trabajo abrazando el frío paceño, pero al pasar las horas el tímido calor lo abriga; aunque hay días -dice- que se pone insoportable. Por la tarde regresa a su unidad militar a recibir instrucción. Ya tiene tres periodos avanzados y el que más le apasiona son las estrategias antidisturbios. Le gusta colocarse su equipo antimotín y aprender por si en un futuro tiene que salir a las calles a apagar las protestas.

No se queja del trato de sus instructores. Sabe que es un tiempo difícil y realiza como un doble trabajo. Lo más difícil para Wílder es patrullar por las noches, sobre todo en el horario entre la una y cinco de la mañana. Tiene dos horas de patrullaje nocturno y controla el tránsito en la avenida donde está la Policía Militar Naval. Una vez tuvo que soportar las agresiones de un conductor en estado de ebriedad. No se dejó y el infractor fue remitido a dependencias de la Policía Boliviana. Ahí recibió su sanción.

Lo más difícil del patrullaje nocturno es el intenso frío que azota a La Paz en la madrugada. Hay noches que no tiene ningún sobresalto y solo controla, con sus camaradas y superiores, que los vehículos tengan permiso de circulación o justifiquen las razones del recorrido. Hay jornadas que se logran unir ambas tareas: el control diurno en los mercados y, por la noche, vigilar el tránsito. Esta última misión tiene relevos cada dos horas.

Agradece a Dios porque no tuvo sobresaltos en esta época. No tuvo que recoger cuerpos de las calles, al contrario, ayudó a personas que buscaban atención médica. Tenía información de centros clínicos que podían recibir a pacientes con Covid-19, pero ahora ya no puede orientar por el colapso del sistema de salud en La Paz. “Es lamentable porque afecta a mucha gente, fallecen personas cada día y la situación económica es baja a nivel nacional, pero siempre hay que tener la mente positiva. Acá en el batallón estamos con la moral alta, tenemos el apoyo de los instructores. El señor comandante tiene un cuidado extraordinario. Estoy cinco meses acá y son como nuestros padres”, dice.

Su familia ingresa en varios momentos de su relato. Se preocupa por ellos y, a veces, le es difícil no poder estar con ellos. Solo se limita a recomendarles que se cuiden y eviten salir de su casa si es que no es necesario. Pero es difícil por la situación económica que afecta a varias familias. Su padre es transportista y su madre comerciante. Tiene tres hermanos menores que también padecen por la pandemia.

“Tengo mis papás que están juntos y mis tres hermanitos. Cuando les llamo, les digo que se cuiden, siempre mi papá fue un hombre bien precavido, porque cuando nos enfermábamos era directo al hospital, no esperaba que pase la enfermedad. En este virus él se preparó bien. Mi mamá es comerciante y mi papá es transportista. Antes de entrar al servicio militar estudiaba y trabajaba con mi papá”, expresa Wilder.

El marinero utiliza una frase militar para alentar a la población: “Guerra avisada no mata”. Insiste en que la población ahora debe cuidarse y no confiarse.

“Este virus no estará siempre, pero no hay que confiarse. El estado anímico es más fuerte de pensamiento, siempre hay que estar con la moral alta y tomar las medidas de prevención”. Ese es el sentimiento de todos los días. No baja la guardia y coopera en esta crisis sanitaria bajo el mando de la Armada Boliviana, fuerza militar que también está en las calles de las ciudades y no solo en lugares donde hay corrientes fluviales.

Su futuro marcó esta pandemia. Wílder quiere seguir su carrera en las Fuerzas Armadas (FFAA) cuando termine su servicio y dice que lo ideal sería ser parte de la Armada Boliviana. Repite siempre que todos los días se levanta con la moral alta, sale a las calles con valor y regresa a su unidad militar agradecido por ayudar a la población. Descansa poco y tiene que enfrentar una nueva jornada. Lo hará con empeño y sin temor. Y en cada relato pide a la población que tome conciencia de la difícil situación que atraviesa el país por el coronavirus.