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Era mi historia predilecta. “Habíamos cuidado de los niños durante años, pero después de un tiempo debían regresar con sus padres. Ahora deseábamos tener nuestro propio hijo, uno que permaneciera con nosotros para siempre”.

Por lo general, me refugiaba en el regazo de mi madre cuando comenzaba el relato, pero a medida que crecía prefería sentarme frente a ella para contemplar su rostro. Había visto algunos de esos niños en el álbum de fotografías: negros, morenos y blancos, mirando distraídos o posando. En las páginas más recientes, riendo ante la cámara, había una bebé feliz; era yo.

Ella proseguía: “Era noviembre de 1977 y hacía un frío terrible. El tren había entrado a la estación cuando llegamos, lanzando grandes nubes de vapor. No habíamos viajado en muchos años, debido a la guerra, así que cuando subimos al tren la emoción nos embargaba. Ni nos importaba el frío; ¡todo lucía tan bello! Parecía que todo estuviera congelado. Todo era blanco”.

Mi madre sonreía y yo imaginaba un país de hadas, con los árboles envueltos en nieve, estalactitas colgando de los tejados y brillantes constelaciones de copos de nieve en las ventanas del tren.

Y continuaba su relato: “Finalmente, llegamos a nuestro destino y tomamos un ómnibus hacia una casa vieja. La matrona nos ofreció una taza de té para que nos calentáramos. Luego nos enseñó todo. ¡Había habitaciones llenas de bebés! Niños y niñas, rubios, morenos, de ojos azules y castaños, como tú. Y no sabíamos cómo elegir.

Llegamos a otra habitación y allí, en la segunda cuna, te vimos. Nos mirabas, como si nos hubieras estado esperando, y supimos que eras la que queríamos, que nosotros también habíamos estado esperándote. Pensamos que eras la niña más bella de toda esa casa, con tu piel morena y grueso cabello negro. Nos dijeron tenías cuatro meses.

La matrona nos preguntó si esa era la niña que queríamos. Sí, dijimos a coro. Te envolvimos en un cobertor y regresamos a la estación. En el tren, la gente decía: Oh, qué hermosa bebé. ¿Es suya?’ Y respondíamos: Sí, acabamos de elegirla”.

Al escucharla, me sentía muy especial. “Te elegimos”, deben ser las palabras más dulces en cualquier idioma.