Escucha esta nota aquí

La “reina de las tortas” ahora fabrica helados. Entre los 80 y 90 no hubo novia que no festejara su boda con sus pasteles.

Calidad y belleza caracterizaron su trabajo de repostera hasta el día que decidió emigrar a Alemania. Allá se formó en otras áreas de la gastronomía y ahora está de vuelta en Santa Cruz para tomar otra corona.

En abril de 2006, Fátima dejó las tortas para reunir a su familia en Hamburgo. A esa ciudad alemana habían emigrado por cuestiones de estudios sus dos hijos mayores, y aunque nunca dejó de tener buena comunicación con ellos, su amor de madre no pudo soportar más la distancia y entonces decidió unírseles con su esposo y su retoño menor.

Fue un nuevo comienzo en su vida, pero ella estaba dispuesta a todo con tal de tener a sus seres queridos consigo. La llamada “reina de las tortas” quiso renovarse y aprender otras cosas en la cocina. “Creo que había cumplido un ciclo: durante 20 años me pasé haciéndole sus tortas a todas las novias del pueblo. Pero, ¿sabe qué es lo más bonito de eso? Que ahora, después de estar 13 años fuera del país y de ya no hacer ese trabajo, hay gente que me recuerda. Yo tengo que preguntarles qué se llaman, porque de los nombres de mis novias sí me acuerdo, pero de sus rostros no; lo que pasa es que en esa época eran jovencitas y, como a todos, los años las han cambiado”.

Intercambio de conocimientos

¡Qué mujer famosa no tuvo su torta de matrimonio hecha por Fátima Füchtner entre los 80 y 90! Modelos, reinas de belleza e hijas de políticos, eligieron con ella el diseño y los sabores o, simplemente, se lo dejaron en sus manos. “Además, hice tortas para aniversarios de bodas, como la del general Hugo Banzer y la de don Pedro Rivero Mercado”, acota.

En Hamburgo, lo primero que hizo fue estudiar alemán. Tenía la nacionalidad y había estudiado en un colegio con ese idioma en la currícula, pero estando allá se dio cuenta de que lo aprendido era básico y no alcanzaba para alcanzar sus próximos objetivos. Después, ingresó a una escuela de cocina y alimentación donde tuvo por compañeros a chicos de entre 15 y 20 años. Su ventaja sobre ellos, más que la pastelería, eran sus conocimientos químicos al haber cursado tres años de Bioquímica y Farmacia, tras salir bachiller. Sin embargo, las clases para aprender a elaborar tortas y postres a Fátima les resultaban más fáciles, a veces por el simple hecho de conocer frutas que para los europeos eran exóticas, mientras que para ella eran las que siempre había visto en el patio de su casa en Santa Cruz. Enseñó a hacer madurar las piñas y a sacarle la resina a las papayas.

En año y medio se empapó de conocimientos y compartió los suyos con sus compañeros y maestros, y el mismo tiempo pasó haciendo prácticas en el hotel Atlantic Kempinski Hamburg, sede de importantes reuniones políticas mundiales. Tras concluir sus estudios, se quedó a trabajar. Había aprendido desde agarrar los cuchillos y filetear, hasta cocinar de todo y modernizar los platillos. “En la cocina, uno tiene que preparar los alimentos tal como los jefes planificaron el menú”, explica.

Descubriendo helados

Trece años después de su partida de Bolivia, Fátima cumplió otro ciclo y decidió regresar a Bolivia. Su hijo intermedio y la menor con la que había viajado en 2006 se quedaron en Hamburgo, ya profesionales, tratando de labrarse un futuro. Junto a su esposo y la mayor de sus descendientes María Julia Sanginés volvieron con la idea de incursionar en un nuevo negocio: los helados.

“Era un cambio de gastronomía, ya no quería hacer tortas de novias”, (aunque confiesa que alguna vez lo haría por alguien muy especial). Un curso para fabricar helados la había enamorado de ese producto delicioso para todas las edades y ella estaba dispuesta a crear variedades en su Santa Cruz añorado. “Tengo los sabores tradicionales de chocolate, dulce de leche, limón y otros que aprendí en Alemania. De un grupo de cocineros salvajes, aprendí las cosas locas que hacía, de ver combinar sabores e ingredientes”, recuerda. “Una vez me tocó hacer un postre con yogur, miel y romero, y me decía mientras lo preparaba, esto debe salir muy rico por la acidez del yogur, la delicadeza de la miel y el toque del romero”.

La Fábrica se llama el lugar donde Fátima y su hija María Julia crean, elaboran y venden helados. El nombre quedó al ser la misma dirección donde ella “fabricaba” las tortas.

Y fueron saliendo sabores extraordinarios. En el menú de su heladería se lee “el hado propicio”, uno creado en homenaje a la nueva democracia; el de “majablanco y quinua”, en honor a Camacho y Pumari, y el “soy camba”, un recuerdo del que hacían las abuelitas en las cubetas que metían a la heladera: de leche y canela, con coco rallado. En Carnaval sacaron los helados con tragos (el destornillador, el mojito y la caipirinha).

Con 35 años, profesional en Economía y después de recorrer el mundo, María Julia Sanginés quiso tener su propio negocio y nadie mejor que su madre para ser su socia. Habla varias lenguas y tras haber vivido en Alemania, España y Brasil, sorprende su “acento camba”. Hizo los estudios de mercado y es consciente de la competencia, pero también sabe que su producto es de calidad.