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Cuando Marita tenía 13 años era la época en que las camisetas se teñían con batik y se usaban tejanos desteñidos. Yo había crecido durante los años 30, y no tenía dinero para ropa, pero jamás me había vestido tan miserable.

Un día la vi en la carretera, frotando los dobladillos de sus tejanos nuevos con tierra y gastándolos con piedras. Quedé aterrada al ver cómo destrozaba los pantalones y me apresuré a decírselo. Ella siguió con su empeño, mientras yo insistía en contarle el culebrón de mis privaciones infantiles.

Sin haber conseguido arrancarle una lágrima de arrepentimiento, le pregunté por qué estaba estropeando sus jeans, ella dijo: “para que parezcan viejos” ¡Qué falta de lógica! ¿Cómo era posible que estuviera de moda estropear la ropa nueva?

Cada mañana, cuando ella se iba a la escuela, yo la miraba y suspiraba: “Vaya aspecto el que tiene mi hija”. Vestía una camiseta vieja de su padre, teñida con grandes rayas y manchas azules. Esos vaqueros, tan bajos en las caderas que temía que sí suspiraba se le cayeran. En el trasero, le colgaban hilos que se sacudían cuando caminaba.

El pacto

Un día, fue como si el Señor me dijera: “¿No te das cuenta de que cada mañana le dices lo mismo a tu hija? ¡Vaya facha que tienes! Ella llega a la escuela y sus compañeras hablan de sus anticuadas madres, que se quejan de todo. Tú, ¿te has fijado en el aspecto de las demás niñas de su clase?”.

Ese día fui a buscarla y me di cuenta de que el aspecto de muchas de las otras chicas todavía era peor. Camino de casa, le comenté: “En lo sucesivo, puedes ponerte lo que quieras para ir a la escuela y estar con tus amigas, no te molestaré. Pero cuando vengas conmigo a la iglesia, salgamos de compras o a la casa de una amiga mía, me gustaría que, sin tener que decírtelo, te pusieras algo que tú ya sabes que me gusta.

Como vi que se quedaba pensando, dije: “Eso significa que el 95% de las veces haces lo que a ti te gusta, y el 5%, lo que me gusta a mí. ¿Qué te parece?” Le brillaron los ojos mientras me tendía la mano: “Mamá, ¡trato hecho!”

Desde entonces, me despido alegremente de ella cada mañana, sin comentarios fastidiosos sobre su ropa. (F. Littauer)

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