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La psicóloga Ingrid Saavedra Ferrufino hila la forma en que desterraremos la violencia de la vida de nuestros hijos, para educarlos libres de ese flagelo. Estos son nuevos tiempos, donde el amor es la única medicina y la mamá la tiene. Siempre nos preguntamos de ¿dónde proviene la violencia?, ¿cómo es posible que alguien genere violencia o lo permita en su vida? Pues todo tipo de violencia se origina en la falta de amor, falta de cuidados y falta de experiencias maternales sanas.

Comprendamos que el causante principal de estos dramas de violencia es la carencia afectiva de un padre o madre que sostiene tal situación, y que perpetúa algún tipo de violencia, como consecuencia de su propio desamor vivenciado en su hogar, generando futuros adultos sumisos o agresivos.

El amor primario (materno) es capaz de restituir y transformar la vivencia catastrófica de un niño que ha experimentado violencia, recogiendo, sosteniendo y transformando el dolor en amor. La maternidad es capaz de rescatar la historia del niño y validar las experiencias positivas. Seamos conscientes, que es nuestra responsabilidad educar en el amor para liberar a nuestros hijos de ese flagelo.


Herencia

Muchas mujeres, en su niñez o adolescencia han vivido situaciones de dolor causadas por una violencia sutil o casi desapercibida. Cuando una mujer-madre, sana, rompe con cadenas de violencia y dolor heredados, entonces toda una generación sana y se libera de los estragos de la anterior y se abre la opción de la salud emocional.

La maternidad abre posibilidades en una sociedad de gestar individuos sanos o no. No tendríamos violencia en la familia, ni en el mundo, si de niños hubiéramos sido amados y nuestras necesidades hubiesen sido cubiertas por mamá y papá u otro adulto responsable. El mejor ejemplo es Adolfo Hitler que, frente a sus vivencias violentas infantiles, organizó su mundo adulto cargado de odio y resentimientos.


Violencia camuflada

Todos reconocemos como violencia, los golpes, gritos, insultos, humillaciones y abusos. Tenemos claro eso, pero lamentablemente aún se grita y se golpea a los niños, y esto es aceptado socialmente. Ahora, si un hombre daña con alguna de estas formas de violencia a su esposa, lo llamamos maltrato, pero si una madre pega a su hijo, lo llamamos educar. “El golpe señores y señoras, es maltrato”, ya que existen muchas maneras respetuosas y amorosas para hacer que nuestros hijos se ajusten a la norma.

Muchos hemos experimentado situaciones como la falta de protección materna, donde nos hemos sentido solos, desprotegidos e indefensos. Siendo presa fácil de malos tratos, abusos sexuales, acoso escolar y otras formas de violencia.

Otras veces, no se ha respetado los ritmos biológicos, forzándonos a vivir a la par del adulto, con mucha prisa y dejando de lado nuestra condición madurativa y deseos. Vimos la decepción de nuestros padres, sintiendo que nos dejarían de querer por no ser como ellos deseaban que fuésemos.

La ausencia de los padres durante muchas horas o años, y aunque es importante el trabajo, nada ni nadie puede remplazar esa presencia cargada de afecto, que en algún momento nos hizo sentir desamparo y soledad. El abuso de autoridad y el uso del poder sobre el otro es violencia. No es lo mismo ser autoridad en casa, que manejarse con autoritarismo, desencadenando los miedos y la falta de confianza y espontaneidad en los niños.

La falta de intimidad emocional, cercanía y empatía en el diálogo, contención y respeto frente a sus opiniones, produce hijos distantes a nivel afectivo y con dificultades en su identidad. 

Hablar desde la crítica y el juicio, sin respeto y comparando con hermanos u otras personas, causa daños y heridas emocionales. Es la violencia pasiva, cuando el adulto (la mamá, por ejemplo) no puede ver, conectar, atender, ni satisfacer al niño por estar ella más pendiente de sus propias necesidades.


Somos el remedio

Todo esto, nos lleva a comprender, que cualquier persona puede ser presa fácil de violencia dependiendo de sus vivencias familiares, pero sobre todo de la relación con su madre, que es la portadora de la medicina ideal para sanar las heridas. Eduquemos a nuestras hijas e hijos para que identifiquen y se defiendan de todo tipo de violencia, está en nuestras manos.

Situaciones habituales para reflexionar

  1. ¿Qué trato recibiste en la infancia? 
  2. ¿En qué posición te percibes, como víctima o como verdugo? Me encantará leerte, te invito a escribirme para contarme tu experiencia y hacerme consultas al email: ingridsvdr@gmail.com

ELLAS EDUCAN EN EL AMOR

María Victoria Atalá (36), es mamá de tres mujercitas, las gemelas Tamara y Renata (8); y de Victoria (4), procreadas en su matrimonio con Rafael Paz. “Los tiempos han cambiado. Lo que nunca cambia, es el hecho de que los hijos nacidos en un hogar que les provee estabilidad serán adultos con mayor seguridad y ese trabajo recae en las madres. La maternidad ha sido reinventarme cada vez en la búsqueda de darles el mejor ejemplo a mis hijas. Desde que nacieron, la fe y el amor a Dios han sido la base primordial de su formación. El amor a Dios crea buenas personas y ese es el legado que quiero dejarles, que sean mujeres de bien, que miren al prójimo con el mismo amor que se miran ellas. Ese amor, el ejemplo que les damos con su padre y la seguridad que les inculcamos, de aceptar sus errores y buscar mejorar día a día, las va a llevar a conquistar sus sueños y ser humanas con propósitos para sus familias y la sociedad”.

Michelle Álvarez Landívar (29), es mamá de Antonella Terceros Álvarez (8) “La educación de mi hija es la labor más importante para mí, ella es mi amiga y la alegría más grande de mi corazón, lo más importante es la calidad de tiempo que paso con ella, así disfrutamos nuestras aventuras por la vida. Tiempo de calidad, amor y un buen ejemplo es clave a la hora de educar a un niño”.

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