Escucha esta nota aquí

Tania Monje

Psicóloga

Acepté con alegría la invitación a escribir unas palabras por el Día del Amigo porque en esta vida, mi suerte ha sido inmensa a la hora de encontrar compinches, cómplices, compañeras, almas gemelas, confidentes, temerarias y hasta escrupulosas hermandades elegidas. Papel y lápiz, hice una lista de mis amigos, anotando anécdotas y vivencias que nos unen. La lista no es corta, agrupa una veintena de personas. Me sorprendí, porque a algunas, hace muchos años que no las veo. ¿Cómo se puede seguir queriendo tanto a personas que están tan lejos en el tiempo y la distancia? Es llamativo, pero incluso con una de ellas, nos hemos visto solo tres veces en la vida y pese a eso, compartimos un sentimiento de afinidad profunda.


El cariño gratuito obedece a una lógica misteriosa.

No hay otra explicación para la amistad que la de sintonía afectiva. “Siempre hay un roto para un descosido”, dicen, y está claro que nos reconocemos con una mirada.


Hace 30 años, en otro país, en un frío y enorme hospital público, nació mi primer hijo. Las visitas no estaban permitidas hasta el otro día y tampoco ver a nuestros bebés hasta la mañana siguiente. Bien entrada la noche, entró una enfermera a la sala común y se acercó a mi cama. “Tano, me dijo, soy yo. Me robé una bata de enfermera de este hospital y entré. Vi a tu gordito y está hermoso y sanito. No me puedo quedar largo. Nos vemos mañana en la hora de visita”. Nos dimos un abrazo cómplice y me quedé entre risas y lagrimones. Era mi amiga, compañera de vivienda universitaria, devolviéndome el alma al cuerpo. Esa es la bendición de la amistad.

Comentarios