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“Lo que estamos haciendo a los bosques del mundo, no es sino un reflejo de lo que estamos haciendo a nosotros mismos los unos a los otros”. Lo dijo el Mahatma Gandhi al comenzar el siglo pasado y lo podemos constatar en este momento en lo que se está construyendo como sociedad.

Santa Cruz vive un septiembre cargado de dolor y de bronca por lo que ocurre en nuestros bosques, por la violencia política que se ve en nuestras calles y en todos los espacios virtuales que frecuentamos.

Es un fuego que está consumiendo la alegría de este septiembre. Pero es también la oportunidad para repensar si es así como queremos seguir viviendo como sociedad.

Al ver todo lo que rechazamos en este espacio social que habitamos y señalar a los culpables, muchas veces nos olvidamos de mirarnos en el espejo para preguntarnos cuánto de lo que ocurre también lo alimentamos de manera individual, familiar y colectiva.

El problema actual es que la percepción y la acción se limita al sí mismo y a los inmediatos.

Basta mirar el tráfico y ese afán de adelantar a toda costa, de no ceder espacios, de no respetar al peatón, al otro conductor. Acaso no es una conducta similar a la del campesino o empresario que chaquea pensando en su propio beneficio (su cosecha), sin importar los animales que mueren o las personas a las que ponen riesgo.

Quizás este momento de tanto dolor, sea una oportunidad para juzgar todo con más ecuanimidad y para dar un salto cualitativo como sociedad.

Aprender a tener empatía con el otro, ayudar en vez de sacar ventaja, cambiar hábitos para no ser parte del problema de la contaminación ambiental; generar soluciones en vez de sentarme en la puerta de la casa para criticar las iniciativas que no me gustan.

Santa Cruz es una tierra de valientes, de emprendedores. Sobre todo, es un pueblo de inmenso corazón.

Es tiempo de utilizar toda esa energía para transformar nuestro pedazo individual y familiar. No esperemos que las transformaciones esenciales lleguen de afuera, no se darán por decretos o leyes; no vendrá un iluminado con una varita mágica. En realidad, para cambiar el mundo hay que empezar por uno mismo.

Una forma de lograrlo es aprender a detenerse y mirarse; es entonces cuando se puede descubrir cuáles son las motivaciones de las propias acciones. En ese momento, pensar en el otro es el disparador de un cambio de conducta con el que ganaremos todos: la familia, la sociedad y la humanidad.

Que este septiembre sea la oportunidad para generar la transformación que anhelamos para el mundo.

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