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Corría el año 1973. Me habían despedido de mi trabajo, de media jornada y, ya no podía colaborar con los gastos de la familia. Éramos seis hijos, sin padre. Además, la abuela materna, vivía con nosotros. En esos momentos, nuestra única entrada era lo que podía conseguir mamá cosiendo vestidos para los demás. Ella me consoló y se empeñó en agarrar más pedidos.

Un día, mi sol, mi madrecita, cayó enferma durante algunas semanas y le fue imposible trabajar. La compañía eléctrica nos cortó la luz cuando no pudimos pagar la cuenta. Luego la cooperativa de agua nos cortó el servicio.

La alacena estaba vacía. Por fortuna, teníamos una pequeña huerta de hortalizas en el patio de atrás y podíamos cocinarlas, haciendo un fuego con leña, en el traspatio.

Me desesperé, veía a mis hermanitos ansiosos y tristes. Decidí ofrecer mis servicios como jardinero y carpidor de huertas o lo que sea, pero siempre, un trabajo honesto, para llevar alimentos a casa. Eran tiempos difíciles, la situación de los vecinos era similar, solo unos cuantos, tenían mejores posibilidades económicas.

Un día mi hermana menor regresó de la escuela y dijo como al pasar: “Mañana debemos llevar algo a la escuela, comida o regalos, para donar a los pobres”.

Mamá comenzó a gritar: “¡No conozco a nadie más pobre que nosotros!”. De inmediato, su madre, o sea, nuestra abuela, quien reposaba en una vieja poltrona, la obligó a callar, apoyando una mano en su brazo y frunciendo el ceño.

“Eva -le dijo- si le transmites a esa niña la idea de que es pobre, lo será por el resto de su vida. Queda un frasco de la mermelada que hicimos. Puede llevárselo a la escuela”.

La abuela encontró un pliego de papel arrugado de seda y un poco de cinta rosada, con los que envolvió nuestro último frasco de mermelada, y mi hermana salió al otro día para la escuela llevando orgullosamente su “regalo para los pobres”.

A partir de entonces, si surgía algún problema en la comunidad, mi hermana suponía naturalmente que ella debía ser parte de la solución.

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