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Cuando Marita tenía 13 años, estaban de moda las remeras desteñidas y los jeans gastados. Si bien yo había crecido sin dinero para ropa, nunca me había vestido pobremente.

Un día, la vi a la orilla del camino frotando las costuras de los jeans contra el polvo y las piedras. Me dio mucha rabia que arruinara esos pantalones que acababa de comprarle y fui a decírselo.

Mientras yo representaba mi telenovela de la privación infantil, ella seguía frotando. Sin haber provocado en ella ninguna lágrima de arrepentimiento, le pregunto por qué estropeaba sus jeans nuevos. -No se pueden usar nuevos –me respondió sin levantar la vista. -¿Por qué no? -Porque no, por eso los arruino para que parezcan viejos. -¡Qué falta total de lógica! ¿Cómo podía estar de moda arruinar ropa nueva?

La realidad

Todas las mañanas, cuando salía para el colegio, la miraba y suspiraba: “Mi hija con semejante aspecto”. Y ahí estaba, de pie, con una remera vieja del padre, desteñida, con grandes manchas azules. Y esos jeans tan ajustados que me daba la sensación de que si respiraba hondo reventarían.Los dobladillos tenían flecos que se arrastraban cuando caminaba.

Un día, cuando ya se había ido al colegio, sentí que el Señor me llamaba la atención diciéndome: -¿Te das cuenta de cuáles son las últimas palabras que le dices a Marita todos los días?: “Mi hija con semejante aspecto”. Cuando llega al colegio y las amigas hablen de sus madres anticuadas que se quejan todo el tiempo, tendrá para aportar tus comentarios. ¿Alguna vez miraste a las demás chicas de la secundaria? ¿Por qué no les echas un vistazo?

Ese día fui a buscarla y observé que otras chicas lucían aún peor. En el camino le mencioné que mi reacción con sus jeans había sido exagerada. Le propuse un acuerdo: -De aquí en más, puedes ponerte lo que quieras para ir al colegio y con tus amigos y no voy a fastidiarte. Pero cuando vengas conmigo a la iglesia, a hacer compras o a visitar a mis amigos, me gustaría que te vistieras con algo que sepas que me gusta.

Lo pensó. -Significa 95% a tu modo y 5% al mío –agregué-. ¿Qué te parece? Una chispa se encendió en sus ojos y extendió su mano y estrechó la mía: -¡Madre, trato hecho! Y empecé a despedirme de ella alegremente en la mañana y no la fastidié más. Cuando salía conmigo, se vestía como sin hacer escándalo. ¡Teníamos un trato!

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