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Un día muy agitado, cuando mi esposo y yo estábamos ocupados en muchas cosas, tuvimos que reprender a nuestra hija Lía María, de cuatro años, por travieso. Después de varios intentos, Jorge, mi esposo, le ordenó pararse en el rincón.

Permaneció en silencio y después de algunos momentos, dijo: Voy a escaparme de casa. Mi primera reacción fue de sorpresa, y sus palabras me enojaron y le pregunté: ¿De verdad vas a hacer eso? Pero al darme vuelta para mirarla parecía un ángel, pequeña e inocente y con su expresión tan triste.

Sentí un dolor en el corazón, y recordé una situación de mi infancia en la que había dicho esas palabras; creía que no me amaban y me sentía muy sola. Ella estaba diciendo mucho más que eso. Desde su interior, nos gritaba: “No se atrevan a ignorarme. Por favor, ¡préstenme atención! Soy importante. Háganme sentir que me quieren, que me aman y me necesitan”.

- Está bien, Lía María, podés escapar de casa, susurré con ternura. Necesitarás pijamas, también mi abrigo y mi pijama. Empaqué todo en una bolsa y fui a la puerta. Bien, hijita, ¿estás segura de querer irte? - Sí, pero ¿adónde te vas vos? - Si vas a escapar de la casa, mamá irá con vos, no quiero que estés nunca sola. Te amo demasiado.

- ¿Por qué querés venir conmigo? - Porque te amo, Lía María. Mi vida nunca sería igual si te vas. Y deseo asegurarme de que estarás bien - ¿Puede venir papá? - No, él debe quedarse en casa con tus hermanos. Tendrá que trabajar y cuidar todo cuando no estemos. Pensó y dijo: Mamá, ¿podemos quedarnos en casa? Sí, Lía.

- ¿Sabes, mamá? Te quiero mucho. - Yo también mi vida.

Ahí comprendí que me había sido dado el maravilloso don de la maternidad, y que la sagrada responsabilidad de ayudar a desarrollar la seguridad y la autoestima de una niña no es algo que deba tomarse a la ligera.

Comprendí que en mis brazos sostenía el don precioso de la infancia; una bella pieza de barro que se mostraba dispuesta a que la mimaran y la moldearan hasta crear una maravillosa obra de arte, un adulto confiado.

Aprendí que como madre nunca debía dejar “escapar” la oportunidad de mostrarles a mis hijos que eran queridos, importantes, y el más precioso don de Dios.

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