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Buen camino. Con esas simples palabras, recibí la credencial de peregrina y enfilé un camino que, completo, suma 790 kilómetros hasta la plaza del Obradoiro en Santiago de Compostela. Buen camino; también fue una invitación para iniciar una peregrinación interna, quizás, paralela a la senda jacobea, pero con un destino propio.

Todo empezó hace 5 años. Una conversación casual durante unas prácticas profesionales en Televisa (México). Una colega comentaba la magia vivida durante su caminar por la ruta. Ella, aprovechaba unos días de sus vacaciones para ir completando el camino. Su relato inspirador prendió una chispa en esta inquieta aventurera.

Año a año se sumaban las invitaciones para iniciar la travesía. ¡Nada es por casualidad! y, por alguna razón, cada vacación, me llegaban noticias o invitaciones para visitar Santiago. Así, sin más pensar, enfilé rumbo a España con la intención de arrancar el viaje más íntimo de mi vida.

La primera parada, la salida, me convocó en la Colegiata de Roncesvalles (Navarra), un templo construido en el siglo XIII por Sancho “el Fuerte”, rey de Navarra. Apenas llevaba unos minutos de iniciada mi ruta cuando ya me sentí arropada por una fuerza mágica. Desde los vitrales centenarios se colaban fragmentos de luz para realzar la majestuosidad de la imagen gótica de Santa María. Un escenario asombroso que provocó un gozo en mi alma, una paz interna y unos ojos desbordantes de lágrimas. En silencio, acogida por el espíritu del peregrino, inicié la ruta con oraciones y bendiciones.

El camino es, ni más ni menos, el reflejo de nuestra vida, una metáfora existencial. Te encontrás con piedras que entorpecen tu camino y podés apartarlas o tropezarte con ellas, incluso hasta podés caerte a causa de ellas. Pero depende de una misma si las retirás del camino o si frenás en tu avance. Al igual que en la vida, los problemas están ahí y nos obligan a afrontarlos para superarnos.

Me encontraba con bajadas y subidas, la mochila algo me pesaba, los pies empezaban a dolerme, pero tenía clara la meta a la cual tenía que llegar. Entonces me daba formas de llegar a mi objetivo. El camino invitaba a seguir, a avanzar, a encontrarse con una misma y con la naturaleza.

El camino, permite despojarte de todo, posibilita la búsqueda de respuestas, te ayuda en el despertar de la conciencia y te permite mirar un poco más allá de tu día a día. Te vuelve a conectar con vos misma, escuchándote y descubriendo respuestas que están dentro de vos.

Pero lo más importante de todo es de reflexión, de perdón y agradecimiento.

Los senderos del tramo navarro del camino descienden por la selva del Irati, uno de los bosques de hayas más importante de Europa, hacia Pamplona, la capital Navarra. Con una mochila en la espalda, mi compañera, comencé uno de los sueños de mi vida. Sabía que no estaba sola, que desde el alto de los cielos tenia a Dios y la virgen que me acompañaban. Sobre todo, en las pequeñas paradas para visitar los templos medievales que el peregrino encuentra. En cada uno de ellos, junto a mis oraciones, dejaba un pedazo de mi corazón.

El portal de Zumalacárregui, 60 kilómetros y nueve horas después de la partida en Roncesvalles, me recibía en el ingreso a Pamplona

Esta primera experiencia del Camino de Santiago, culminaba a los pies de San Fermín, el santo protector de los navarros. El camino sigue, la ruta continúa y, ahora, sin mirar atrás.

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