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El lunes 23 de noviembre por la noche, la situación fue más tensa en Martinica, donde se produjeron disparos contra los agentes de policía. En Guadalupe, la tranquilidad regresa, pero los huelguistas continúan con los cortes de rutas. Más allá de estos obstáculos, los antillanos no sienten que el gobierno los escuche.

Con Pierre Olivier, enviado especial de RFI a Guadalupe

Visto desde las Antillas, resulta difícil imaginar un escenario de salida de la crisis. Por un lado, está el gobierno, que quiere dialogar para convencer a los antivacunas de que vayan a vacunarse, y por otro lado, están los antillanos que se niegan rotundamente a aceptar la vacunación obligatoria y que tienen la impresión de que se les toma por niños que no han entendido los beneficios de la vacunación.

Sin embargo, a este temor a la vacuna se suman más demandas sociales relacionadas con el desempleo juvenil, la tasa de pobreza del 34% en Guadalupe y la escasez de agua potable.

De hecho, la exigencia de la vacuna ha sido el catalizador de varios problemas que afectan a los antillanos, algo así como, si tuviéramos que hacer una comparación, el límite de 80 km/h en las carreteras que impulsó el movimiento de los "chalecos amarillos" en la Francia metropolitana.

Además, en las rotondas y cortes de carretera ocupados por los huelguistas, todas estas reivindicaciones se mezclan cada vez más y empiezan a formar un conjunto de expectativas que serán difíciles de satisfacer para el gobierno en los próximos días.

Un movimiento que podría durar

Las enfermeras y los bomberos que rechazan la vacuna llevan un mes sin cobrar. Pero muchos dicen que han ahorrado para prepararse para una huelga larga. No hay que olvidar que, dado que esta protesta ya no se refiere únicamente a la vacunación obligatoria, muchos guadalupeños y martiniquenses, incluidos los vacunados, también apoyan y actúan.

Algunos huelguistas también albergan un profundo resentimiento contra París. "Soy un antillano que ha vivido en Francia, que ha crecido en Francia. Siempre me hicieron entender que no estaba en casa en Francia", dice uno de ellos. “Hoy, desde hace diez años, vivo en Guadalupe y estoy en casa. Y siento que ya he bajado bastante la cabeza durante cuarenta años, no voy a bajar la cabeza ahora. Puedo ser el último aquí en no ser vacunado, no me voy a vacunar”, sostiene.

Por la mañana, cuando las colas en las carreteras se alargan debido a los bloqueos y, a veces, a las refriegas de la noche anterior, los guadalupanos dicen que apoyan a los huelguistas a pesar de todo. "Luchan por todos nosotros", oímos regularmente.

De momento, en cualquier caso, ningún anuncio del Gobierno parece haber convencido a ningún huelguista para que abandone la movilización.

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