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Un decreto publicado este miércoles en Francia reconoce que pesticidas como la clordecona están detrás de enfermedades profesionales derivados de ellos como el cáncer de próstata, cuya tasa en las Antillas francesas es muy elevada. El ministro francés de agricultura, Julien Denormandie, se comprometió en noviembre pasado a este reconocimiento antes de que acabase el año.

La clordecona es un pesticida extremadamente tóxico que ya fue prohibido en los años 90 pero cuyos efectos siguen en los suelos de las Antillas francesas ya que la molécula de la clordecona puede llegar a persistir en el medio ambiente hasta 700 años después de haber sido esparcido. 

Entre 1972 y 1993 fue usado masivamente en los cultivos bananeros para luchar contra un insecto, el picudo rojo. Un estudio de la agencia francesa de salud pública ya estimó hace tres años que el 95% de la población de Guadalupe y el 92% de Martinica han sido contaminados por un promedio de 0,14 microgramos por litro de sangre. 

Pero, ¿qué efectos tiene este insecticida sobre el ser humano? La clordecona es un interruptor endoctrino con diferentes consecuencias. En 1977, los obreros estadounidenses que producían el químico desarrollaron problemas como pérdida de memoria, del habla y de motricidad por lo cual fue prohibido en ese país. 

Hoy se le acusa de aumentar las posibilidades de desarrollar cáncer de próstata -Martinica presenta la tasa más elevada del mundo-, de fomentar nacimientos prematuros y de limitar el crecimiento cognitivo y motriz de los bebés. En el Convenio de Estocolmo en el año 2009 se catalogó como contaminante orgánico persistente y se prohibió su uso a nivel mundial.

Hasta ahora el Estado francés se había resistido a reconocer que haya un vínculo directo entre los casos de cánceres de próstata y el uso de la clordecona. Esto cambia con el decreto aprobado ahora por el gobierno de Macron que incluye indemnizaciones variables para las enfermedades profesionales como el cáncer de próstata derivado del uso de este pesticida si los trabajadores han estado en contacto al menos 10 años con el tóxico y han desarrollado alguna enfermedad en el tramo de los 40 años siguientes. 

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