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La Corte especial de París, encargada de juzgar a los 20 sospechosos de los atentados islamistas del 13 de noviembre de 2015, ha entrado en una nueva fase dedicada a los supervivientes de la noche de terror. En varias declaraciones desgarradoras, gendarmes y civiles presentes en el Estadio de Francia la noche en que tres kamikazes se hicieron explotar, narraron sin pudor los traumas que aún enfrentan a seis años de los hechos.

Por nuestro enviado especial en el Palacio de Justicia de París, @raphamoran

En la vasta sala creada especialmente para el megajuicio de los atentados terroristas de París de noviembre de 2015, un hombre con uniforme de gendarme se levanta. Su silueta delgada se dirige con paso militar hacia el presidente del Tribunal que lo llama a declarar en calidad de testigo y víctima. Se quita el quepis, mira hacia arriba, toma una bocanada de aire y narra, con voz temblorosa el caos que se vivió cuando tres kamikazes –un franco belga y dos iraquíes- activaron su cinturón explosivos para sembrar el terror alrededor del Estadio de Francia, mientras que otros comandos disparaban a civiles en terrazas de cafés y en la sala de conciertos Bataclan.

Esta nueva etapa del juicio maratónico de 9 meses en el que se juzgará a 20 imputados por su participación en los ataques, inició con los testimonios de los gendarmes presentes alrededor del Estado de Francia.

El gendarme R. –la Corte pidió que no se revelaran los nombres de los uniformados que trabajaban en la noche de los atentados – fue uno de los primeros de la larga lista de supervivientes –más de 350 a ritmo de 15 por día - llamados a declarar para contar lo que vieron la noche de los atentados del 13 de noviembre. Una noche de terror que dejó 130 muertos y cientos de heridos.

En el atril colocado delante del magistrado Jean-Louis Periès, se suceden los relatos macabros sobre las explosiones: “sentí la onda de choque”, dice un gendarme, “regresé a casa con pedazos de carne humana en el cabello”, cuenta otro, llamado G. mientras que otro uniformado que trabajaba como chofer de la gendarmería aquella noche, tiene aún en la mente “el ruido de la explosión y la visión de un tronco humano del kamikaze”.

Los testigos que presenciaron las tres explosiones, exponen luego sin pudor los traumas con los que aún viven a 6 años de los hechos. Desde las heridas físicas “recibí una tuerca del cinturón explosivo en la mejilla”, dice M., una mujer que estaba a 17 metros de uno de los kamikazes. Bilal Monkono, que había acudido al partido de fútbol con su hijo, está hoy en silla de ruedas y sufrió una pérdida de oído permanente. Se disculpa ante el magistrado del tribunal por compartir un detalle íntimo: “he perdido mi libido, Sr. presidente”.

Heridas visibles e invisibles describen los que fueron impactados por las explosiones. Muchos sufren síndromes postraumáticos: “no soporto los ruidos de la ciudad”, “tomo ansiolíticos”, “desarrollé hipervigilancia”, detallan. El gendarme R. aún se acuerda sus ataques de paranoia en los trenes, cuando empezó a mirar fijamente a las personas “de apariencia musulmana”.

En un largo testimonio de más de 45 minutos, M. cuenta cómo se ha tambaleado su vida desde el 13 de noviembre: “Fui declarada con incapacidad laboral permanente, me tuve que mudar al campo y me separé de mi pareja”, indica la mujer de unos 30 años, antes de enumerar la lista de los métodos a los que recurrió para calmar su ansiedad: hipnosis, acupuntura, terapias psicológicas de distintas escuelas, antidepresivos, shiatsu, yoga… “Los médicos no ven nada anormal, pero mis caderas siguen bloqueadas por la onda de la explosión”.

Momento de catarsis

Varias víctimas que se suceden en el estrado para declarar insisten también en la falta de reconocimiento de su estatus de víctimas. “No fue sino seis meses después de los atentados que por primera vez un superior jerárquico me preguntó con sinceridad cómo me sentí”, denuncia un gendarme, antes de estallar en llanto. 

A pesar de las indemnizaciones – en 2020, el fondo especial para indemnizar a las víctimas del 13 de noviembre ha entregado más de 120 millones de euros a más de 2.500 personas -, los supervivientes y los familiares de las víctimas mortales relatan cómo tuvieron que batallar para obtener información sobre la muerte de su ser querido, la falta de empatía de algunos peritos, o los innumerables dictámenes médicos para obtener el estatus de víctima.

A la salida de la sala de audiencias, tras declarar, dos gendarmes se alegran de haber franqueado una etapa indispensable para reconstruirse. “El hecho de vernos todos aquí y ver a los acusados me alivia.  Ya no tendré miedo a salir a la calle pensando que alguien se va a hacer explotar”, declara L.

Sophie Dias, por su parte, hija de Manuel Dias, víctima mortal de los kamikazes en el Estadio de Francia, rindió un largo homenaje a su padre, de origen portugués. “Era importante y me permite avanzar en mi proceso de duelo”, dijo a RFI. Durante su emotiva declaración ante la Corte, su madre, esposa de la víctima, sentada en el banquillo de las partes civiles, no pudo contener su tristeza que contagió hasta el grupo de periodistas que cubren el juicio.

En la asistencia, un grupo de psicólogos vestidos con camisetas azules de la organización Paris Aides aux Victimes, circulaba entre las víctimas para apoyarlas a enfrentar esta etapa clave. En el banquillo de los acusados, esta vez, el principal imputado, Salah Abdeslam guardó silencio. Sus múltiples exabruptos para defender el grupo Estado Islámico durante las primeras audiencias ya cedieron su lugar a las víctimas de los atentados.

Una nueva fase que se prevé durará 5 semanas antes de que empiecen los interrogatorios de los acusados. El mayor juicio de la historia criminal francesa debe durar 9 meses.

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