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 En el zoo de Kabul, los niños se emocionan al ver a los animales mientras saborean contentos un helado. Pero entre las familias también se pasean los talibanes, armados con su fusiles, como si fueran las nuevas estrellas del parque.

 Los combatientes fundamentalistas, ávidos de selfis, caminan tranquilamente por el parque tras la oración del viernes, la más importante de la semana. Tras años de conflicto en zonas rurales, para muchos de ellos es la primera vez que visitan una ciudad, y todavía más un zoo.

   Mientras las familias hacen picnics bajo los árboles, los talibanes, armados con Kaláshnikov y M16, vigilan el recinto.

   Pero esta tranquilidad relativa se rompe cuando uno de ellos agarra a un ciervo por sus cuernos, entra las carcajadas de sus amigos.

   En otra zona, seis hombres de la dirección de los servicios de inteligencia --vestidos con uniformes militares y cargados de municiones-- posan para una fotografía junto a un mulá con turbante.

   El que toma la foto organiza al grupo para que todo quede bien. Luego todos la miran atentamente y uno de ellos, con una bandera talibán en su cargador, da su aprobado con el pulgar para arriba.

   Más tarde, otros hombres armados dejan sus fusiles a niños de apenas ocho años e inmortalizan el momento con las cámaras de sus teléfonos.

   Estos combatientes armados son como una atracción más del zoo.

   Hay muchos también sin armas, luciendo sombreros tradicionales, turbantes y pañuelos. Algunos llevan los ojos pintados con "khôl", un maquillaje que a veces usan los hombres afganos.

   - "No se permiten armas en el zoo" -

   Pero la atracción principal del zoo de Kabul sigue siendo el león, conocido como el "león blanco", que descansa en su jaula.

   Este "león blanco" reemplazó al macho Marjan, antigua gloria del parque, fallecido en 2002. Una estatua de bronce recuerda al felino en la entrada del zoo, con una placa donde se puede leer : "Aquí descansa Marjan, que tenía unos 23 años. Era el león más famoso del mundo".

   El acuario y el recinto de los reptiles también tienen muchas visitas. Mujeres con burka, nicab o con un simple velo llevan a sus niños para ver a estas especies.

   "Me gustan mucho estos animales, sobre todo los que están en nuestro país", explica Abdul Qadir, de 40 años, que trabaja para el departamento antiterrorista del Ministerio del Interior. "Me gustan mucho los leones", añade el talibán, junto a un grupo de amigos, todos hombres.

   Preguntado por la cantidad de armas presentes en el zoo, algo inaudito en un parque de este tipo, Abdul Qadir asegura que su movimiento era favorable a su prohibición para que "los niños y las mujeres no tuvieran miedo". Pero parece que no se siguió la consigna.

   Samir, bloqueado en Kabul a la espera de poder regresar a Londres donde reside, se pasea en el zoo con su hijo Ahmad, de 6 años. Los niños han vivido "momentos muy difíciles" desde que los fundamentalistas tomaron el poder a mediados de agosto, afirma. "Nunca antes habían visto cosas así".

   "No pensábamos que llegarían tan rápido. Kabul está bastante tranquilo, pero el problema es que, viendo su manera de actuar, la gente no se siente segura", prosigue.

   La entrada al parque cuesta 40 céntimos para los afganos, pero algunos talibanes entran sin pagar y, los que saben leer, ignoran el cartel que dice: "No se permiten armas en el zoo".

 

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