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La cumbre del G20 celebrada este fin de semana en Roma fue una decepción en materia de clima: los países ricos acordaron objetivos de reducción de las emisiones de carbono, pero no la forma de alcanzarlos, a pesar de que se esperaba un acuerdo para abandonar el carbón. ¿Por qué están tan apegados a esta energía fósil?

Para limitar el calentamiento global a 1,5 grados, como se comprometió el G20, habría que cerrar 3.000 centrales eléctricas de carbón de aquí a 2030, según el instituto de investigación TransitionZero. Sin embargo, por el momento, la única concesión hecha por los veinte países más ricos del planeta en su comunicado final se refiere a las futuras centrales eléctricas: se les prohíbe financiarlas en el extranjero. Se trata de una promesa muy simbólica, ya que se excluyen las instalaciones ultramodernas menos contaminantes, ya que podrán seguir construyéndolas en sus propios países. Una de las razones por las que el resultado del G20 en este tema es tan limitado es que el club está lleno de grandes consumidores de carbón. Más de la mitad de sus miembros se encuentran entre los diez principales consumidores del mundo.

Indonesia podría abandonar el uso del carbón en 2040, según ha sugerido el primer ministro británico Boris Johnson, pero ni China ni la India planean tal cambio. El carbón los ha hecho ricos y los ha colocado en el exclusivo club del G20. Para estos dos países, es demasiado pronto para prescindir de ellos. El precio a pagar en términos de crecimiento a corto plazo se considera demasiado alto. Y con el reciente aumento de los precios de la electricidad y la escasez de energía, Pekín está más preocupada que nunca por la seguridad del suministro. China sigue teniendo importantes reservas de carbón. Turquía y Rusia también se han opuesto a un calendario vinculante sobre este recurso barato, que tienen en abundancia en el subsuelo para cubrir parte de sus necesidades energéticas.

Australia es el mayor exportador de carbón del mundo, por lo que no está interesada que el consumo disminuya en los próximos años. El país, que ahora está en malas relaciones diplomáticas con China, tiene sin embargo una agenda común con Pekín sobre el futuro de esta energía. Rusia, a la vez consumidora y exportadora, está en la misma línea. Por otras razones, otros países occidentales siguen defendiendo el carbón.

Estados Unidos, tercer consumidor mundial y también gran exportador, ya ha cerrado 200 plantas desde principios de la década de 2000, pero avanza lentamente para proteger su industria minera y, sobre todo, para satisfacer a sus votantes. En Alemania, se siguen abriendo nuevas minas para abastecer a las centrales eléctricas cercanas a Colonia. Son esenciales para la transición energética desde que los alemanes abandonaron la energía nuclear. Así que hay un interés común en el G20 para apoyar esta industria, sea cual sea el coste para el clima.


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