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Al igual que una maratón, la producción avícola es una carrera de largo aliento. Y al igual que esos deportistas de alto rendimiento, el productor corre una ruta difícil, a ambos los une un factor común: la resiliencia. Esta capacidad, los hace muy similares. Se adaptan a las calamidades del tiempo y la fatiga: uno a la física y el otro a la económica.

La pandemia es un obstáculo más y quizás el más difícil. Por la emergencia sanitaria, y al igual que en una carrera, muchos actores del negocio abandonaron el camino que se llenó de trabas. Las medidas restrictivas fueron funestas para el sector.

“Trabajamos a pérdida. Lo más duro es que nadie quiera tu pollo y tengas un precio de 3 bolivianos el kilo vivo”, dice Alan Marinkovic, productor avícola. Él lleva cinco años en esta carrera de larga distancia. Su granja: San Fernanda, está ubicada en el municipio de Portachuelo.

Tiene 32 años, estudió Finanzas, pero este productor millennials desde sus tres sabía que lo suyo era estar metido en el campo. Es oler la tierra mojada: cuando la lluvia llega por esos lares. Es disfrutar de lo bueno y lo malo de la actividad agropecuaria.

Es ser cuerudo: armarse de paciencia en los primeros años de pocos buenos resultados. “Fue un tiempo de aprendizaje”, dice para no expresar que fueron tiempos difíciles.

Fueron períodos de tropiezos y de mala suerte. Hace dos años, el día de su cumpleaños sufrió la mortandad de 15.000 aves. Eso no lo tumbó, siguió corriendo.

Comenzó con dos galpones. Las pocas utilidades las reinvirtió para tener dos más. Además, implementó un moderno sistema de producción, y junto con otros avicultores instalaron un pequeño frigorífico.

Contrario a lo que muchos creen, la avicultura es una actividad riesgosa. El costo del pollo es igual de volátil que cualquier acción en Wall Street.

Y al igual que los lobos que especulan en el centro de las finanzas globales, aquí en el país intermediarios especulan con el precio de la proteína, que, por la pandemia cayó a niveles nunca antes vistos.

La pandemia puso a prueba su temple y de todos en el sector. Pero pocos resistieron. Cerca de su granja, otras cerraron. En donde había pollos, hoy solo hay galpones vacíos y llenos de maleza.

“Es un rubro bastante cruel. Hay que trabajar la eficiencia, es un negocio de altor riesgo, pero tiene sus beneficios, se gana dinero cuando se tiene que ganar. Pero también hay que saber perder. Uno tiene que continuar, al final siempre queda algo bueno”, señala.

Ese coronavirus puso a prueba su resiliencia. “Entre pandemia y conflictos estamos aprendiendo: empezamos de la nada y aguantamos”, dijo.