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Hay personas que son esenciales en la vida de una región y que trabajan en silencio, sin grandilocuencia y sin esperar recompensa, solo con la convicción de la importancia de su misión a la que se entregan alma y vida. 

De esas personas era Ana María Suárez Montero, la directora por casi 38 años del Museo de Arte Sacro “Monseñor Carlos Gericke S.” de la Catedral Basílica Menor de San Lorenzo. 

Anita, como amigos y familiares la llamaban, falleció el pasado 29 de agosto a la edad de 93 años por insuficiencia respiratoria e insuficiencia cardiaca. Con su partida Santa Cruz pierde a una tenaz y celosa centinela del patrimonio histórico y cultural que guarda el museo catedralicio, además de ser una gran impulsora de su valoración y cuidado.

 “En casi 38 años como directora del museo, no dejó de ir casi todos los días de 14:30 a 18:30. Hacía los registros, los informes anuales e incluso servía de guía para algunos turistas y delegaciones que llegaban a visitarlo. Si bien era un trabajo que ella tomaba en serio, era también su solaz y su distracción. ‘Es como mi séptimo hijo’, decía”, recuerda Óscar Terceros Suárez, el segundo de sus seis hijos.

 Anita Suárez Montero nació en la capital cruceña el 26 de Julio de 1927, hija de Virgilio Suárez Roca y Rogelia Montero Aguilera. Su madre quedó viuda a los 35 años y como era una de las mayores, junto a su hermana Justita, ayudaron en la crianza de sus otros ocho hermanos. Su madre se volvió a casar con Mariano Justiniano y de esa relación nacieron dos hermanos más, Mariano y Osvaldo. 

Estudió en colegio Santa Ana y en la Facultad de Comercio de la Universidad Gabriel René Moreno, donde conoció al que por entonces era estudiante de Derecho, Marcelo Terceros Banzer y con el que se casó en 1947. 

Fruto de esa relación nacieron Marcela, Óscar, Beatriz, Francisco, Fernando y Cristina. “Mi madre era una persona sumamente delicada. Muy fácil de tratar, sin embargo, era una mujer fuerte, porque vivió momentos difíciles en la vida. 

Ella tuvo que esforzarse mucho para darnos una buena vida. Creo que su bondad y su fortaleza sintetizan mejor su carácter, comenta Óscar Terceros. Siempre fue una apasionada por el arte y aprovechó las estadías como diplomático de su esposo en España y Brasil para realizar estudios de pintura al óleo y en porcelana, pasatiempos que realizó hasta hace tres años. 

Pero fue la invitación que recibió del padre Carlos Gericke para dirigir el museo catedralicio lo que la ligó más al arte sacro y a comprometerse a cuidar ese legado, incluso financiando de su propio bolsillo la restauración de algunas piezas. Hasta sus últimos días no perdió su lucidez y falleció rodeada de sus hijos, nietos y bisnietos a los que siempre arropó con su afecto.