Por Deisy Ortiz y Carmela Delgado
“Nos quieren hacer desaparecer, pero estamos recibiendo el apoyo de vecinos que conocen como somos”, dice Mariano Picaneray, líder de la comunidad Degüi.
Abuelos y padres llegaron a la ciudad desplazados de sus territorios ancestrales y ahora las nuevas generaciones sufren el hostigamiento de algunos grupos que piden que desalojen la comunidad Degüi, el único lugar hasta ahora seguro donde conviven más 100 familias que ocupan un manzano, en la Villa Primero de Mayo.
En medio de la precariedad de sus viviendas, el pueblo ayoreo también sufre la desaparición de sus comunarios a causa de enfermedades crónicas. La falta de atención estatal y las barreras culturales dificultan el acceso a la salud.
Rocío Chiqueno lo advirtió en marzo, a través de sus redes sociales. Para entonces, la comunidad lloraba la partida de Juanita Picaneray Chiqueno, líder defensora de los derechos del pueblo ayoreo, quien falleció a causa de un derrame cerebral y diabetes. Antes también lamentado la partida de Rebeca Chiqueno.
“En solo dos meses han fallecido cinco personas de nuestro pueblo, a causa de diabetes y presión arterial. No podemos quedarnos en silencio mientras siguen enfermando” dice Rocío, al hacer un llamado a las autoridades para que se tomen acciones inmediatas.
La diabetes también cobró la vida de allegados de Julia Chiqueno. “Mi papá, mi mamá y varios familiares han fallecido por eso. Es el problema de la alimentación”, reconoce.
Estas enfermedades avanzan silenciosamente entre los comunarios. Son males casi desconocidos para los ayoreos en sus tierras, pero los cambios en el estilo de vida y la alimentación están afectando a los ahora citadinos.
Conocimientos
La educación es otro de los grandes desafíos. Solo unos pocos logran concluir el bachillerato y la tasa de analfabetismo alcanza el 15%, muy por encima del promedio nacional, que está cerca al 4%.
En el centro de la comunidad funciona una escuela con tres aulas, donde los niños reciben educación bilingüe, en castellano y zamuco. Allí estudian hasta sexto de primaria y las clases se imparten en dos turnos para dar cabida a todos los alumnos, debido a la falta de ambientes. Una comunaria colabora en la enseñanza de la lengua nativa.
La falta de infraestructura obliga a compartir cursos. En un aula, una maestra imparte clases a niños de prekínder y kínder, mientras apenas metros más allá otra docente enseña a estudiantes de segundo de primaria.
La maestra Liz Ampuero señala que es necesario ampliar la infraestructura educativa. “Los niños tienen su propia forma de aprender y avanzar, pero se aprende mucho de ellos. Son independientes y están muy ligados a su cultura”, comenta.
El nivel de instrucción más alto alcanzado por la mayoría de los mayores de 19 años es primaria, con un 50%; seguido por secundaria, con un 28,5%; y educación superior, con apenas el 1%.
La familia de Jenny Picaneray es originaria de Poza Verde, en el municipio de Pailón. Ella llegó siendo niña a la capital cruceña, donde logró estudiar hasta tercero de primaria.
“No he llegado a ser bachiller, pero he aprendido y sé cómo vivir en la ciudad. Todo eso me ayuda a entender lo que pasa”, cuenta.
Con el paso de los años, dice haber comprendido que las cosas cambian. “Nos achacaron muchas cosas. En mi niñez y juventud no había todo esto; vivíamos bajo carpas, en casitas rústicas, pero tranquilos”, dice Jenny al hablar sobre la estigmatización que sufren.
Otros comunarios también reclaman que muchas veces le atribuyen cosas que no hacen. “Si pasa algo, se dice que fueron los ayoreos”, señalan.
Amenazas a la juventud
El alcoholismo y la clefa están entre las amenazas que enfrenta la juventud de la comunidad, problemas que sus líderes aseguran estar combatiendo.
El libro ‘Territorios indígenas en la ciudad de Santa Cruz’ de Apoyo Para el Campesino-indígena del Oriente Boliviano (Apcob), que realiza una radiografía de la situación de los pueblos indígenas asentados en la capital cruceña, recoge testimonios al respecto.
“El alcoholismo existe como un vicio, pero el problema más grave es que destruye a la familia, porque el hombre pierde el respeto y la autoridad en su hogar, y dentro de la comunidad se pierden amistades. Antes los jóvenes no bebían; en la comunidad todos eran cristianos”, dice el relato de un hombre de 59 años, que está en el libro de Apcob.
Otro de los testimonios señala: “El alcohol y la clefa son problemas personales. Cada quien apoya a su familia, pero la persona que consume tiene que reconocer que son sustancias peligrosas, sobre todo para la niñez”.
Los líderes de la comunidad impulsan acciones para prevenir estas conductas entre los más jóvenes. “Estamos luchando contra eso. Creemos que la educación es la mejor herramienta para alejarlos de esos problemas”, afirma Picaneray.
Degüi es la comunidad ayorea más grande de Bolivia y está asentada en un terreno de 7.048 metros cuadrados, colindante con el hospital Villa Primero de Mayo. Allí conviven 491 personas y hay 110 viviendas, según un censo de 2022 realizado por la Asociación de Residentes Ayoreos Degüi, Apcob y la carrera de Sociología de la Uagrm.
La tasa de mortalidad en 2021 fue de 28,5 muertes por cada 1.000 habitantes, por encima de la tasa en Bolivia, que para entonces era de10 muertes por cada 1.000 habitantes.
En medio de la ciudad, preservar la cultura a través del idioma es primordial y ahora lo están usando con los mensajes y llamadas telefónicas.
Muchos han nacido y formado su familia entre el bullicio de la urbe, por eso les asusta pensar en la posibilidad de volver a la vida en el campo, donde también tendrían que aprender a sobrevivir.
Trabajan en medio de la informalidad y la precariedad, pero mantienen sus tejidos y artesanías
Conseguir el sustento diario no es una tarea fácil. La mayoría de los ayoreos trabaja por cuenta propia, por lo que no cuenta con un salario fijo ni con ingresos estables. Generalmente, los hombres se dedican a la jardinería y a otros trabajos ocasionales, mientras que las mujeres elaboran y comercializan artesanías.
También hay quienes logran emplearse como ayudantes de cocina, labores de casa y albañiles, aunque de manera temporal y sin beneficios laborales.
En la ciudad, algunas familias consiguen sobrellevar las dificultades económicas, pero otras apenas logran subsistir. Rubén ofrece servicios de carga en los mercados pese al dolor que arrastra en una de sus piernas.
A pesar de las dificultades, las mujeres continúan elaborando carteras, collares y otras artesanías que forman parte de la identidad. Sin embargo, cada vez es más difícil conseguir la materia prima necesaria para estos tejidos. Los datos reflejan el progresivo debilitamiento de esta actividad. Según una encuesta de APCOB aplicada en 2005, el 21% de la población de Degüi se dedicaba a la artesanía. Para 2022, el porcentaje descendió al 6,5%, según un estudio de APCOB, ARAD y la carrera de Sociología de la Uagrm.
SOBRE EL TEMA
Documento de identidad. El 83% de la población que vive en la comunidad ayorea de la Villa Primero de Mayo cuenta con la cédula de identidad.
Gastos prioritarios. Entre los principales gastos de las familias, el 42% corresponde a alimentación, salud con el 17%, educación el 13%, transporte el 10%, vestimenta el 8% y vivienda el 6%. También destinan montos para comunicación y compra de herramientas y materiales.
Viviendas. Según informe de la Defensoría del Pueblo, las familias viven en espacios “utilizados como cocina y dormitorio”, generalmente de 4 x 4 metros, con materiales que no protegen contra la humedad. Las habitaciones son multifuncionales, donde acondicionan la cocina y dormitorios. La mayoría cocina a leña.