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El camba nace donde quiere. Eso lo sabe muy bien. “Soy colla, nomás, pero mis amigos me dicen que ya soy cambita”, lanza. Y en sus labios se dibuja una gran sonrisa. Benedicto Aguayo Reyes no siempre fue feliz.

Cambiar de aire

El frío nunca fue su compañero fiel. “Yo siempre sentí que era un hombre de calor”, detalla. Tenía 14 años cuando dejó a sus padres en el norte de Potosí y se fue a sembrar papa. Pero, él quería viajar e instalarse en Santa Cruz de la Sierra. Lo hizo.

Tenía 35 años cuando se asentó sobre la llanura. Sus papás murieron. Se unió al amor de su vida, Felicidad Arnez, y tuvo tres hijas: Soledad, María Zulma y Rosmaily.

La vida no le dio a un varón, pero no se queja de aquello.

El malvado cáncer de colon arrancó a su mujer de la Tierra y Benedicto se quedó solo. Era una nueva pérdida en su vida, pero siempre fue un hombre fuerte. “Teniendo pena no te vas a acabar”, apunta.

Él cree en esto: “Si trabajas bien puedes estar feliz. Si no trabajas, no estás feliz. Sin plata no comes, no te vistes bien”. Hace 20 años se hizo zapatero. Nunca tuvo un aprendiz. Aprendió mirando a los otros. Y hoy es un maestro.

Un amigo le vendió su puestito en la plaza del canillita y nunca más se movió de ahí. Él está muy cómodo. Cuando alguien le pregunta su nombre, responde: “¿Conoces al papa Benedicto? Yo me llamo así como él”. Pero, no cree ni en papas ni en políticos ni en otro ser humano, solo en Dios.

Su fe fue puesta a prueba. Una noche, la lluvia de agosto agitó un árbol y destruyó su lugar de trabajo. Al otro día, Benedicto llegó, miró el desastre, se encogió de hombros y recogió sus cosas. Hace unas semanas, unos representantes de la Alcaldía descargaron un puesto nuevo y dos tocos. Él, feliz, volvió a equiparlo. Un amigo lo vio trabajando y le gritó: “¿Verde? (por el color del quiosco)”. “Sí, pues”, le respondió Benedicto. “No, pues, azul siempre tienes que ser”, le devolvió. Él rio.

Siempre adelante

El calor de Santa Cruz lo abraza todos los días. Se levanta a las 4:00, se prepara su desayuno, estira el brazo y detiene la línea 36 amarilla. Ese micro lo deja a unos pasos de su trabajo.

Quizá cambie de oficio. Quizá sea transportista. Eso también le gusta. Por las noches, deja la máquina de remendar zapatos, limpia el volante de su auto y sale a ‘tachear’. Antes, había más platita, hoy las cosas se han puesto más feas.

Con su esfuerzo, pagó su casa, pero aún le quedan dos años para completar la cuota. Y así que no puede quedarse a dormir. El 13 de febrero de 2021 cumplirá 56 años y le gustaría que le adelanten su regalo: un medidor propio de luz para extraer corriente y usar otra máquina para seguir arreglando los zapatos.

Benedicto no tiene ningún ‘achaque’. No piensa en la muerte. Quiere vivir.