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Vegetación amarillenta y seca por el sol han convertido, literalmente, a Santa Rosa en una caja de fósforos, donde persiste la amenaza de que el fuego se pueda extender a todo el valle de Tucabaca. Este es uno los puntos más críticos en donde los bomberos del Ejército, de la Policía, de la Gobernación y voluntarios, luchan para apagar los incendios que se activaron hace un mes en Roboré.

Ayer EL DEBER evidenció cómo el esfuerzo de más de un centenar de personas no rinde los frutos esperados. La temperatura, de más de 40 grados centígrados, los cambios de dirección del viento y el montañoso acceso al lugar, han sido los factores para que los incendios se mantengan activos.

El soldado Wilman Huanca, del Regimiento Vergara, forma parte ese ejército de hombres que lleva más de una semana trabajando en tareas de mitigación alrededor de toda la Chiquitania, que registra el peor desastre ambiental de su historia.

Si bien los reportes oficiales sostienen que las quemas bajaron, el lugar donde combate el soldado es uno de los reductos más difíciles de vencer. “Está grave la cosa”, dice el recluta, que luego grita: “Más agua mi subteniente”.

A unos pasos del conscripto, un lugareño de nombre Nolberto, con machete en mano, corta los arbustos. “Esto arde desde el viernes. No le dieron importancia, yo vivo acá y la ayuda no fue la adecuada”, se queja.

Allí el cuerpo de Bomberos Antofagasta de la Policía, llegados de La Paz, lucha desde que amanece hasta que se oculta el sol contra las llamas. “Hemos estado en Taperas, ya estamos curtidos”, dice Ángel Ugarte, un suboficial al que sus camaradas llaman ‘Toborochi’.

Sara Cárdenas es una voluntaria que forma parte del contingente policial que llegó hace 11 días a Roboré. La mujer explica que cada jornada de trabajo se complica por el viento y las ramas secas. “Esto es devastador, tratamos de hacer lo mejor que se pueda”.

Voluntarios piden herramientas

Munidos con botellones de agua, Paulo Taseó y Heraldo Surubí, zigzaguean para evitar pisar las brasas, que derriten las débiles suelas de sus botas. “Apagamos los troncos secos, que son los más difíciles”, comenta Taseó y agrega que necesitan más herramientas de trabajo para luchar contra las llamas. “Hemos venido a combatir el fuego porque vivimos acá”, añade Surubí. “Lo hacemos para salvar a los animales. No tenemos implementos, nos hemos comprado botas, porque los tenis se deshacen y unos amigos nos regalaron camisas”, agrega Taseó.

El origen del fuego

El chaqueo de un predio cerca del valle fue lo que ocasionó este problema, asegura Cinthia Clavel. “Todo comenzó el viernes (de la anterior semana), luego el fuego llegó a mi chaco”, afirma la mujer, que tiene un predio ganadero de 90 cabezas.

El testimonio coincide con la versión que maneja el Gobierno Municipal de Roboré, que coordina las labores de mitigación en el lugar. “Fue un chaqueo que se salió de control. Incluso el dueño del predio está prófugo”, explica Iván Quezada, alcalde de Roboré.

El burgomaestre Quezada encabezó ayer una comitiva que fue a apoyar los trabajos en dos puntos críticos de fuego en el valle de Tucabaca, uno en la zona de Santa Rosa de Tucabaca, donde hasta ayer el fuego continuaba extendiéndos, y el otro que se ubica por las laderas de la serranía de Santiago.

En este último punto el bombardeo de agua realizado por el avión Supertanker, que hasta ayer operaba en el lugar, no pudo apagar el fuego descontrolado por lo dificultoso que resulta operar sobre las serranías chiquitanas.

“El fuego se reavivó, persiste en esos lugares. Se han liquidado en las localidades de Chochís y Quitunuquiña, y esperamos que no se reactiven otros focos más”, dijo la autoridad municipal. No obstante, horas después se supo que el fuego en Quitunuquiña se reactivó.

Temen lo peor

Sin embargo, el burgomaestre, señala que lo peor está por venir en septiembre, época en donde las temperaturas son más elevadas y con pocas lluvias. “Septiembre es un mes caluroso, hay ausencia de lluvias. Eso nos pone en permanente riesgo”, recuerda.

En la víspera, el presidente del Estado, Evo Morales, decretó una pausa ambiental en toda la Chiquitania. Por el fuego, según la comuna, ya se perdieron cerca de 100.000 hectáreas de bosques y predios agrícolas en el municipio roboreseño.

Sin lluvia desde hace tres meses

Hilda es una mujer de unos 45 años que vive en el lugar. Asegura que en toda su existencia no recuerda un desastre similar ocurrido en el Valle de Tucabaca. “Nunca antes había pasado algo así; es triste”, dijo.

Para esta mujer, la situación se atribuye a dos factores: el primero es que hace tres meses que no llueve en la zona, y el segundo, a la quema de pastizales que realizan colonos llegados de otras regiones, que se asentaron en las faldas del valle al que llama su hogar. “Ellos no saben hacer quemas controladas, los nativos siempre hacemos (chaqueos), pero nunca pasó esto. Da tristeza, hay mucha burocracia para que vengan los bomberos y los voluntarios a ayudarnos”, dijo.

Mientras Hilda se lamenta, hasta anoche, el suboficial Ugarte, el soldado Huanca y los voluntarios Taseó y Surubí seguía peleando cuerpo a cuerpo con el fuego que no da tregua.

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