Escucha esta nota aquí

“La máquina está haciendo una brecha por allá. El dueño decidió perder esa parte de la estancia para que no se queme entera”, dice un hombre joven con camisa azul de YPFB, mientras apunta hacia el sur.

Es jueves y la amputación parece ser el único camino para detener esta gangrena en forma de llamas que quiere acabar con La Locura, una estancia a 40 kilómetros al suroeste del municipio de Concepción. Unos cientos de metros más allá está Sebastián, el dueño. Se ha bajado de su camioneta doble cabina y mira al cielo con una sonrisa.

Entre las nubes y el hollín, la figura del Boeing 747 Supertanker es una ballena cargada de 70.000 litros de esperanza. Pasa rasante, pero no deja caer una gota de agua. “Es un vuelo de reconocimiento”, dicen los bomberos paceños que miran el espectáculo desde la carrocería de una camioneta.

“Está dando la vuelta”, confirman. Pronto anochecerá y los 40 bomberos que han peleado todo el día contra el fuego han sido llamados a retirada por el teniente coronel Sejas, un militar fuerte y enérgico que comanda este frente de batalla.

“Hay que reorganizarse”, dice mientras ruega por la llegada de 100 reclutas que espera desde la mañana, cuando decidió prender fuego a unas cuantas hectáreas de monte para que los dos frentes que acechan La Locura no unan fuerza y se escapen aún más de control.

“Son unos 15 kilómetros los que están ardiendo”, evalúa el uniformado. Su centro de operaciones es un galpón a siete kilómetros del incendio y a cada paso, en medio de potreros bien construidos con cercas eléctricas y aguadas enormes, aparecen las camionetas de estancias vecinas. Una de ella se detiene, baja su vidrio y el estanciero clama por ayuda.

“Que dejen de mandar víveres y barbijos, lo que acá necesitamos es maquinaria pesada. Dígales a los del Servicio de Caminos que nos manden con qué hacer brechas, porque es la única forma de parar este fuego.

Que se muevan esos de la empresa encargada de las carreteras”, reclama y sigue su camino. Sobre el piso del galpón, más allá del alimento del ganado, hay tirados una docena de colchones en los que se tumban los bomberos voluntarios cada vez que el fuego los escupe del frente de batalla.

Llegan sin fuerzas, se tiran sin siquiera sacarse las botas y se llevan las manos a la cara tratando de olvidar el dolor de cabeza. Están famélicos y no hay ni siquiera un locro de botín esperándolos. Alguien se olvidó de enviarles comida y la pequeña tropa de universitarios desfila hacia el comedor de la hacienda a buscar pannudito y un refresco de grosella color rojo fuego. Como todas las guerras, la de La Locura la pelean los adolescentes. Casi todos los bomberos voluntarios de este frente son alumnos de los primeros semestres de la Facultad de Tecnología de la Universidad Gabriel René Moreno.

“No aguantamos mucho adentro”, dice uno de ellos, “el calor es insoportable, te cansa rápido, no hay forma de respirar”, dice Denilson, un estudiante de Ingeniería Informática.

Por la radio, un capataz brasileño informa a Sebastián que no hay con qué alimentar a los bomberos. Él le responde que un concejal quedó de mandar víveres, que él no previó la compra confiando en la palabra empeñada. Cuando todo parece más oscuro y desorganizado, las aspas de un helicóptero UH-1H cortan el viento y lo depositan al lado del galpón.

Llega con un balde para cargar agua y una provisión de agua, leche, bebidas con sales rehidratantes y atún. Ni bien descarga el alimento, enfila hacia una laguna para cargar agua y comenzar a atacar el incendio.

Hace cinco pasadas por encima de los bomberos de amarillo de la Fundación Cros, que se gritan unos a otros para mantener la moral y palear más fuerte sobre las llamas. Los 1.200 litros de agua no le hacen mucha mella al voraz incendio.

El apoyo aéreo se retira derrotado en medio del atardecer, justo antes de que el dueño de la estancia decida amputar y que el Supertanker entre en escena. El enorme avión estadounidense da la vuelta, se pierde en el horizonte para reaparecer cinco minutos después a muy poca altura. Bomberos y peones entran en euforia, lanzan vítores, sacan sus teléfonos celulares para registrar el acontecimiento.

El 747 sigue delante, pasa el incendio de La Locura y derrama sus 70.000 litros de esperanzas unos kilómetros más allá, sobre el Territorio Indígena Monte Verde, también en llamas. La oruga completa la amputación. Los bomberos son guiados por Sejas al galpón. Les dará cuatro horas para que descansen, respiren, tomen leche antes de volver a la trinchera. Atacará al fuego de noche, cuando el sol no esté de su parte.

Comentarios