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Carlos Alberto Hurtado (47), es uno de los baluartes del equipo médico del Sedes que planta cara al coronavirus en Santa Cruz.

Sus conocimientos en epidemiología y en salud pública lo han convertido en pieza clave en esta emergencia sanitaria que tiene en vilo a la población. Es un hombre mediático por su trato jovial con los demás y porque siempre está en la primera línea. Convive a diario con el virus, pues se lo ha visto tratando pacientes graves, ingresa a los centros Covid-19 sin reservas, viaja las provincias, coordina y toma pruebas nasofaríngeas a muchos infectados y siempre sale indemne.

Él calcula que ha atendido unos 500 casos positivos y ‘todo mundo’ se pregunta qué hace para librarse del temible mal tomando en cuenta que a su alrededor fallecieron Óscar Urenda y su padre, Roberto Tórrez; también enfermaron su jefe Marcelo Ríos, y otros funcionarios; en su casa, cayeron su madre, un hermano, un sobrino, el suegro de su hermano y cuatro tíos.

“En mi trabajo he visto caer a unos 50 compañeros. Y unos 30 amigos y colegas han muerto en esta dura batalla”, lamenta. “Pero vamos a lo bonito”, dice instando a hablar de cosas positivas.

Carlos Alberto nació el 2 de mayo de 1973 en Trinidad y desde niño anduvo por todas partes, quizá por eso tiene un corazón viajero, pues recorrió Cochabamba, La Paz y Santa Cruz en su etapa escolar y anduvo por Perú, Argentina, Colombia, México y China dando cursos sobre temas de Medicina, su pasión, aunque sus poros también respiran fútbol, deporte que lo llevó a las puertas del fútbol profesional con los clubes Oriente Petrolero y Universitario de Cochabamba.

“Siempre fui diez”, afirma, para convencer que era bueno con la pelota, y nombra a estrellas famosas de nuestro fútbol, con las que coincidió en el memorable equipo albiverde de 1993: Darío Rojas, Ratón Monasterio, Juan Carlos Carvajal, Sergio Rivero, Rómer Roca, Panchito Takeo, el Camba Molina, Ñarrí Méndez (+), Héctor Arzubialde, Carlos da Silva, Choco Peredo, Milton Coímbra.

Otra de sus facetas es la docencia. Se da modos para dictar cursos de posgrado en universidades como la Gabriel René Moreno, la Amazónica de Pando, la Misael Saracho de Tarija y la San Simón de Cochabamba.

  ¿Cómo llega al Sedes?

Empecé en un proyecto que se llamaba reforma de salud hace 14 años. Manejé un proyecto de enfermedades transmisibles, fui responsable de emergencia departamental durante seis años, fui asesor de enfermedades infecciosas para América Latina y he manejado todo el tema de epidemias en aeropuerto, en fronteras y en la ciudad.

 Se puede decir que está familiarizado con las epidemias.

Me ha tocado lidiar con cuatro epidemias en el departamento, conociendo de cerca a los primeros pacientes que llegaron con estas enfermedades contagiosas a nuestra ciudad.

El 25 de mayo de 2009, estuve en la llegada de los dos primeros casos de influenza a Santa Cruz: una señora de 37 años y su hijo, de 8; el 14 de julio de 2014, llegaron los tres primeros casos de chikunguña y tuve la suerte de atender a un papá y sus dos hijas; el 29 de diciembre de 2015, vi el primer caso de zika que entró a Bolivia, una señora de 59 años. El 7 de marzo de 2020, llegó la señora de 60 años de Italia, procedente de Bérgamo, el 10 le hicimos el diagnóstico positivo por coronavirus.

Ese caso fue terrible.

Cuando empezó la enfermedad en Bolivia, ya había dos meses de historia en el mundo. Vimos que rápidamente se dispersó en China, en Europa, en Estados Unidos en Sudamérica y, el 10 de marzo, llega a Bolivia. Pensábamos que era una enfermedad respiratoria más y que con las medidas preventivas iba a ser hasta menos que la influenza, pero nada, mata 70 veces más que la influenza.

Lo de la señora fue dramático porque peregrinó por seis hospitales y terminó durmiendo en mi casa, porque nadie la quería atender. Eso no le agradó al gobernador Rubén Costas y, en reunión, nos dijo: ‘por favor, no quiero que vuelva a pasar nada de esto, garanticemos la atención del servicio de salud’; ese mensaje nos impulsó a hacer todo lo que hemos hecho en infraestructura y equipamiento.

¿Qué hecho considera como una derrota en esta lucha?

Cuando los pacientes saturaron los hospitales a pesar de haber habilitado las terapias intensivas; se nos saturaron los teléfonos con cientos de llamadas solicitando terapia intensiva y ahí se replantea todo y el gobernador dice: ‘vamos a garantizar la atención dentro de los hospitales. No rechacemos pacientes’. Al inicio, lo vi como una derrota, pero después se convirtió en una fortaleza, porque se edificaron los domos.

Pero la gran derrota ha sido la muerte de Óscar Urenda y de mi padre, Roberto Tórrez. Es el golpe más doloroso en lo personal. Nos vinimos abajo y estamos golpeados por la falta que nos harán en el trabajo y en la vida.

 ¿Qué ha hecho para no contagiarse del virus?

He debido atender unos 500 pacientes con coronavirus de manera personal desde la primera paciente hasta hoy. He cumplido estrictamente las medidas de bioseguridad y el distanciamiento físico. No hay secretos, llevo una alimentación sana; después, es a tratar de no estresarse.

¿Qué historias le han conmovido en esta pandemia?

Sin duda, me abatió la de mi padre. Cuando cayó enfermo, una madrugada me llamó, a las 4:00 (yo estaba de viaje en San Ignacio), para decirme que se había puesto mal, que lo iban a intubar, pero que todo iba a estar bien, que él sabía lo que podía pasar, y que cuide a mi familia, principalmente a mi mamá, que tiene tres enfermedades de base, y que siga con ese legado de vocación de servicio que él tiene.

Estaba despidiéndose. Nadie se imagina cómo me duele. Para mí, fue un momento muy devastador porque él se comportaba como un dios en favor de los demás, pero se olvidó que era un hombre y se expuso al virus. Nos ha dejado ese legado de sacrificio, de responsabilidad, compromiso y de que no hay horario para el trabajo.

También he visto pasar la muerte por mi delante. Un día, me llama una mujer para decirme que su mamá estaba mal, al igual que seis de sus familiares. En mi mochila, que cargo en el auto, siempre está mi oxímetro, mi estetoscopio, mi termómetro y mis guantes. Llegué a esa casa y vi a la señora con mucha dificultad respiratoria; llamé a una ambulancia mientras me ponía el traje de protección para atenderla y, cuando me disponía a ponerle el oxímetro de pulso, la señora falleció en mi delante.

Otro caso fue el de una señora que debía ser intubada en el hospital El Remanso porque estaba saturando 50, lo cual es grave. Yo debía comunicarme con algún familiar de ella para avisar sobre el procedimiento y en el centro me dieron un número, al cual llamé y me contestó una voz débil y tosigosa: ‘sí, buenos días’.

Señora, le digo, la estoy llamando porque a su mamá la van a intubar y ella me contesta: ‘soy yo, doctor, la paciente’. Me habían pasado equivocadamente el número de la enferma y me conmovió mucho porque, pese a estar en una situación crítica, tuvo el aliento de contestarme con un ‘buenos días’.

 ¿Hasta cuándo cree que esta enfermedad nos tendrá en vilo?

Por lo menos hasta fin de año, pero nosotros seguimos activados y mejor preparados. Por ejemplo, de tener solo el laboratorio de Cenetrop, ahora hay siete u ocho laboratorios que hacen pruebas de PCR; la Gobernación está comprando pruebas rápidas y tenemos unidades de terapia en la Pampa, en el San Juan de Dios, en el Japonés, en el Hospital de Niños, en esos domos fantásticos que salieron de una locura del doctor Urenda y que son una realidad.

Esto va a continuar y no hay que bajar la guardia. La anterior semana se ha visto que se bajó la guardia y proliferaron 5.500 casos en cinco días.

¿Podemos jactarnos de tener el sistema de salud más fuerte del país?

Sí, tenemos que jactarnos porque nos ha costado mucho lograrlo. Todos nos vamos a enfermar con coronavirus o una gran cantidad de personas, el tema es no complicarse y morirse. Nosotros tenemos la letalidad más baja del país, hay ciudades que al empezar la pandemia no tenían ni una terapia intensiva; nosotros tenemos 200 y nos hemos potenciado con laboratorios en todo el sistema de salud.

Los equipos nunca van a ser suficientes. Esperamos una segunda oleada de la enfermedad y vamos a necesitar más equipos, más terapias, más personal. Por ejemplo, hay terapias que no están funcionando porque no hay terapistas, eso es un drama. La Gobernación tiene para pagar, pero no hay recursos humanos disponibles, no hay médicos.

¿Se puede afirmar que hoy el sistema no está saturado?


Con toda certeza, no está saturado. Ahora tenemos camas de internación disponibles. Es la población la que tiene que asumir la responsabilidad, porque no nos vamos a quedar 10 años en cuarentena. Cuando voy en mi vehículo veo gente sin barbijo, niños, ancianos; así no se podrá tener éxito contra la pandemia. Aquí no depende de las autoridades, como nos quieren echar la culpa. Hace 135 días que no dormimos y dos de nuestros íconos en salud han perdido la batalla contra el virus. Otra táctica para evitar la internación, es que todo síntoma respiratorio debe ser tomado como coronavirus hasta que no se demuestre lo contrario.