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Cristina Roca ha quedado con los riñones afectados por la diabetes. Necesita una máquina de diálisis para eliminar las toxinas que antes eliminaban sus órganos. Si no lo hace tres veces por semana, su vida corre peligro. No puede desplazarse sola porque la enfermedad también le ha quitado la vista. Depende de su hija, Claudia, para ir desde el final de la avenida Cumabi hasta la clínica San Isidro, en la radial 10. 

Arom, otro paciente que debe ir desde el centro de salud 18 de Marzo hasta la clínica Cihe, tiene que pagar 30 bolivianos de ida y otro tanto de retorno porque la pandemia obligó a detener el transporte público (y también el privado). En las tres diálisis semanales que necesita gasta 180 bolivianos solo en transporte. “No hay bolsillo que aguante”, dice.

A esto se suma la dificultad para circular durante esta emergencia. Si bien, según cuenta Nandy Justiniano, algunos policías suelen dar paso rápidamente, se ha encontrado con militares que los retienen demasiado tiempo. 

Este tiempo es crucial para estos pacientes, porque, como explica el médico Nelson Vaca Pereyra (Instituto del Riñón), cada persona tiene una hora asignada para empezar a utilizar la máquina, y ese lapso puede extenderse por cuatro o cinco horas. Después hay que desinfectarla para que otra persona, a la hora precisa, continúe usándola. Si un paciente llega tarde, explica Vaca Pereyra, dializará por menos tiempo y por tanto, la purificación no será completa.

“Hay gente que viene desde Yapacaní. Las ambulancias no abastecen. Quizá hay que recogerlos en un micro, porque si no dializan, se mueren. En tres días la sangre se contamina”, cuenta Nandy Justiniano, que si bien tiene un carnet de discapacidad para convencer a los uniformados, le ha resultado más efectivo mostrar la llamativa fístula que lleva en el brazo para poder conectarse al aparato de hemodiálisis.

Si bien un taxista puede brindar el servicio de llevar a quien pueda pagar la carrera, debe retornar sin el paciente y, por lo tanto, sin argumento para evitar ser detenido. Ya hubo vehículos retenidos, así que prefieren no arriesgarse.

El centro Renal Nefrología Integral podrá seguir manteniendo el servicio durante máximo dos semanas. Requiere tres sueros fisiológicos por paciente y en las farmacias están vendiendo solo dos

Los filtros de hemodiálisis se venden en importadoras, y no todas tienen permiso para atender, explica Betsabé Medina, funcionaria de este centro. Un 99% de pacientes que acude a Renal Nefrología Integral está asegurado por el SUS (Servicio Universal de Salud). 

Lamentablemente, los desembolsos que este programa gubernamental debe realizar están demorados. El centro está asumiendo con recursos propios el mantenimiento del servicio. 

 EN EL ONCOLÓGICO

El uso constante del barbijo y del alcohol en gel no es una novedad para los pacientes con cáncer ni para sus familiares. Las quimioterapias deprimen sus defensas, así que tienen que cuidarse de las infecciones. Los que realizan el tratamiento con tabletas pueden tomarlas en la casa, pero hay quienes deben recibir el filgastrim en vena para estimular el crecimiento de los glóbulos blancos que el cáncer destruye o la citarabina, que evita el recrudecimiento de la leucemia. Esto requiere de una visita obligatoria al hospital. 

​"El uso de barbijo y alcohol en gel no es novedad para los niños del Oncológico"

 “Si son niños necesitan un acompañante”, dice Ana Figueroa, presidenta de la Asociación de Padres de Niños con Cáncer, preocupada por quienes tienen que llegar desde las provincias hasta el hospital Oncológico. Los padres saben que si ven pequeños puntos rojos -petequias- en la piel de sus hijos tienen que acudir rápidamente al hospital. Herlan Uzeda, papá de uno de los pacientes, ofreció su vehículo para trasladar a los niños que necesitan ir al hospital.

“Cuando veían al niño peloncito y con barbijo, los policías me dejaban pasar, pero al volver no me creían que estaba colaborando con el Oncológico”, cuenta. Le exigían una credencial, pero como no es funcionario del hospital, no pueden otorgársela. Tuvo problemas al recoger a un niño de Warnes y a otro de Itapaqui (a unos ocho kilómetros de Cotoca). Desde el Sedes les dijeron secamente que consigan un permiso de Tránsito, aunque salieron del paso con una certificación entregada a insistencia del director del hospital, Nelson Béjar. La certificación lleva el nombre de Uzeda, el número de placa del vehículo y además identifica a este papá como colaborador del Oncológico.

El problema que más causa ansiedad a padres y pacientes, según Eduardo Velasco, sicólogo del hospital, es la provisión de comida. Según VAHO (Voluntarios en Apoyo a Hogares y Oncológico), hay alimentos para los padres de los niños y los familiares de los pacientes adultos solo hasta mañana sábado. “De ahí para adelante tendríamos que acudir nuevamente a una campaña para conseguir víveres y seguir cocinándoles”, dice Gustavo Vaca Justiniano, voluntario de VAHO.

La provisión de alimentos se realiza gracias a la unión de instituciones como Manos en Acción y el albergue Esperanza de Vida. La lista básica de lo que se requiere incluye arroz, aceite, carne, pollo, verduras y cualquier alimento que los donantes consideren. Se pueden coordinar las donaciones al 70999551, de VAHO.


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