En un hospital donde el reloj parece correr más rápido y el cansancio se esconde detrás de una sonrisa, las manos de Consuelo Mayta no descansan. Entre pasillos, medicamentos y llamados de emergencia, su voz mantiene la calma mientras acompaña a aquellos que esperan alivio.
El Día de la Enfermera no llegó para ella con flores ni descansos. Llegó como llegan todas sus jornadas: temprano, con el uniforme listo y la responsabilidad de cuidar vidas ajenas. Mientras muchos duermen, ella ya revisa pacientes, acomoda camas y escucha historias que pocas veces salen de las paredes de un hospital.
Pero el trabajo de Consuelo no solo se refleja en los pacientes que atiende, sino también en las personas que marcó en el camino.
“Todo lo que sé, lo aprendí de ella”, cuenta Mary Saavedra, enfermera del área de terapia intensiva, mientras recuerda las enseñanzas y el apoyo que recibió de Consuelo en sus primeros años dentro del hospital.
Su ejemplo también cambió vidas fuera del área médica. Nicol Olmos recuerda que antes trabajaba en limpieza, observando desde lejos el trabajo de las enfermeras. “Ella me inspiró a estudiar enfermería. Yo quería ser como ella”, dice emocionada con su uniforme de enfermera, convencida de que la vocación también puede contagiarse.
Y para los pacientes, Consuelo muchas veces se convierte en un impulso para seguir adelante. Erwin aún recuerda el momento en que salió de terapia intensiva y creyó que no podría volver a caminar. “Ella me ayudó a dar mis primeros pasos”, relata. En medio del miedo y la recuperación, fue la voz de Consuelo la que lo animó a levantarse nuevamente.
Historias distintas, pero unidas por la misma persona. Porque detrás de cada enfermera hay jornadas largas, cansancio y sacrificio, pero también huellas profundas en quienes las rodean.
En el Día de la Enfermera, conocimos a Consuelo Mayta y entendimos que su trabajo va mucho más allá de atender pacientes. A veces, una enfermera también enseña, inspira y ayuda a volver a empezar.