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“Gracias a todos por sus mensajes y tanto cariño. Sin duda fue un cumpleaños diferente. Estoy segura que Lucía y yo saldremos adelante. Tengo la fuerza de mi esposo que me acompaña en todo momento, mi familia está más unida que nunca y las oraciones de todos ustedes. Dios bendiga sus hogares y nos cuide siempre”.

Eso publicó Karen Jáuregui en su muro de Facebook el 10 de mayo, día de su cumpleaños. Fue un aniversario diferente porque cayó en uno de los momentos más duros en la vida de esta joven médica.

Karen trabaja en la Caja Nacional de Salud (CNS), su esposo, que también es médico, es parte del equipo de galenos del hospital Japonés. Ambos tienen una hija, Lucía, de un año. A ambos se les derrumbó el alma el 6 de mayo cuando el test de Covid-19, que le realizaron a la pequeña dio positivo. Un día antes, la prueba que se efectuó a Karen también había dado el mismo resultado.

El alma se les derrumbó, pero estaban dispuestos a reconstruirla inmediatamente. Desde un principio no perdieron la fe y buscaron razones para mantener vivo el optimismo.

La primera buena señal fue que el doctor también se hizo la prueba y dio negativo. De todos modos, debía permanecer aislado por seguridad. El hospital le dio baja hasta que salgan los resultados de una segunda prueba. Si todo sale bien, este sábado se reincorporará.

A pesar de que Karen trabaja en un sector que no atiende pacientes con Covid-19 se contagió. Según su explicación, cualquier doctor puede terminar atendiendo pacientes con coronavirus porque una gran parte son asintomáticos o, lo que es peor, ellos mismo ocultan sus síntomas.

“El virus está en todos lados, además, muchos pacientes sospechosos no dicen la verdad. Hemos tenido gente que sabía que tenía Covid-19 positivo y que ellos escondían esa información. Me pasó con una mujer que llegó de Montero con los síntomas, le dijimos que se haga la prueba, que la Caja la iba a pagar. Pero el esposo no quiso. El sabía que era sospechosa. Al final salió positivo”, comenta Jáuregui.

 Karen pagó 850 bolivianos por cada prueba que le hicieron. Cuando supo el resultado de Lucía, comenzó un calvario que nunca se imaginó vivir.

Suponía que, al contar con un seguro de salud privado, iba a poder recibir la atención oportuna y completa en una clínica privada. Fue todo lo contrario. “Mi hija tuvo un cuadro de neumonía, entonces fue mucho más difícil para mí porque yo la atendía sola. Yo, enferma, con dolor de cabeza, dolor de cuerpo. Me faltaba el aire, no podía respirar bien. Tenía que cambiarla, alzarla, bañarla. Y mi esposo sin poder estar con nosotros para ayudarnos. Pero esa no fue la peor parte”, cuenta Karen.

“Cuando la llevé a la clínica, una pediatra no la quiso ver cuando sospechó que tenía Covid-19. En una de las cuatro noches que la llevé ardiendo de fiebre, a punto de convulsionar, me dijeron que no era nada, que solo eran sus amígdalas. En ningún momento me pidieron la prueba ni el hisopado de la bebé, ni a mí, cuando les dije que yo estuve en contacto con pacientes con coronavirus, continúa.

Karen no podía creer que en la clínica le dijeron que solo la podían atender de emergencia y para realizar un tratamiento en sala normal debía pagar 20.000 dólares y para ser atendida en terapia intensiva, 40.000 dólares.

“Ese rato solo tenía 200 bolivianos en mi bolsillo, así que me volví a mi casa y la atendí por mi cuenta. Mi hija ya estaba con neumonía. Yo necesitaba que alguien la vea. Mi preocupación era que empeore en la madrugada, y yo sin saber qué hacer ni adónde ir”, agrega.

Al siguiente día, escribió en un grupo de WhatsApp de médicos de la CNS, donde indicaba su desesperación. Los colegas la empezaron a llamar y le dijeron que la lleve ese mismo día para que vean los exámenes de laboratorio que le habían realizado.

“La llevé a la Caja. Ahí me esperaron todos listos con trajes de bioseguridad. La atención fue excelente. Después de siete días de sufrimiento por fin alguien la revisaba, escuchaba sus latidos, sus pulmones. Antes todo era por videollamada, por WhatsApp. Yo no entendía cómo la podían atender de esa manera. Yo soy médico y sé que así no se puede ver a una paciente”, relata.

Los pediatras de la CNS dieron antibióticos a la niña. Y empezó a mejorar; entonces, pudo volver a casa con su madre, luego de que los médicos dijeron que en el hospital corría el riesgo de infectarse nuevamente.

Ahora se encuentra estable, ya va por su tercer día sin fiebre, se la controla diariamente y ha terminado sus antibióticos. Lucía debe recibir control en la CNS cada siete días. Si la madre no puede llevarla, puede pedir una ambulancia para que la recoja.

“Este miércoles deben hacerle una nueva prueba para saber el nuevo resultado. Pero ella ya está tranquila, ya come y juega, luego de varios días en los que paraba echada y durmiendo por la fiebre”, indica la madre, que, después de haber sufrido falta de aire, dolor de cabeza y cuerpo, también está mejor.

“Cuando uno es mamá no se preocupa por uno, a mi no me importaban mis dolores, así me salía con mi bebé, ni siquiera me percataba de mis síntomas, solo pensaba en mi hija”, cuenta la doctora, que recomienda a los padres que cuiden a sus hijos y les recomienda que no salgan de su casa.

Agradece al equipo de pediatras que atendió a Lucía: “Dios mandó a mis colegas de la Caja para que me den una mano”.

Cuando Karen y su esposo se recuperen quieren continuar con sus labores solidarias con las madres del hospital Japonés, a quienes entregan alimentos, junto a un grupo de voluntarios que reciben donaciones de diversas empresas y familias.


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