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Igual que la mayoría de sus colegas, él sale a patrullar cuando la gente ‘normal’ descansa, duerme, o se guarece.

A Rober Salvatierra Montaño (53), jefe de protección del parque Kaa Iya, el parque nacional más grande del país, con casi tres millones y medio de hectáreas, la experiencia le ha enseñado que los depredadores de las áreas protegidas salen a “trabajar” de noche, cuando llueve, y todo momento que tenga que ver con la guardia baja.

Después de cinco años, recién este 2021 pudo pasar su cumpleaños con su esposa y su hijo universitario. Sabe poco de navidades, carnavales y planes en familia o con amigos. Es uno de los 320 guardaparques del país, tiene la suerte de poseer un ítem, un privilegio apenas extendido entre el 35% de sus colegas.

Por ellos lucha, por eso aceptó el cargo de secretario de la Asociación Boliviana de Guardarques y Agentes de Conservación (Abolac). Pero su batalla también es por otros, por esos seres que, desde hace cinco años, de forma más recurrente, mueren calcinados por los incendios forestales. Además, es instructor de bomberos forestales y también de instructores.

“La gente muchas veces pregunta, y usted no tiene miedo cuando va al monte, al tigre, a la víbora, etc. A lo que menos teme un guardaparque es a la fauna, les dicen animales salvajes, pero son silvestres, el humano es el salvaje porque destruye sin justificación. Los animales silvestres no atacan, se defienden, los que atacamos somos nosotros porque nos creemos los dueños de las vidas de otros”, dice.

Rober ha visto fallecer a 16 compañeros de trabajo y desaparecer a dos, en honor a uno de ellos, Clemente Cruz, que se ahogó por salvar a un jochi de los cazadores; en honor a él se estableció el 8 de noviembre como el Día del Guardaparque Boliviano. A él y a cuatro compañeros, un 31 de diciembre de 2003, una docena de traficantes de madera los atacó con armas largas, pero lograron salvarse.

Su labor debe ser una de las más silenciosas, por la lejanía de los lugares donde trabajan los guardianes del bosque, por esa misma razón su afán de visibilizar un trabajo vital que solo busca garantizar el futuro de las próximas generaciones.

Herencia de amor

Su mamá, ya fallecida, desde la más tierna edad le enseñó que incluso las hormigas y las lombrices tenían una función.

Cuando era un pequeño, iba con sus amigos a pescar de noche a la Poza de la Muerte, su parque de diversiones de entonces. Su barrio, todavía de quintas, tenía monos, loros, ceibos, senderos y flores.

A los siete años sufrió un trauma que lo marcó y definió su rumbo como custodio de la vida. “Vinieron las máquinas, tumbaron todo y apareció el barrio Urbarí. Vimos cómo las orugas atropellaban a las víboras, los tapitíes y ese año vinieron pocos loros porque casi no quedaban árboles de ceibo. Eso me marcó la vida”, dijo.

Cuando le tocó la universidad eligió Ingeniería Forestal, pero cuando estaba en segundo año perdió a su sostén económico, su mamá. Intentó seguir los estudios, pero no fue posible. Empezó a pedir trabajo en los parques Amboró y Noel Kempff, en este último le sugirieron que se inscriba en la Escuela de Guardabosques. Sucedieron varias cosas que le allanaron el camino.

Ya pasaron 26 años desde que empezó y la batalla se hace más dura, sumada a la escasez de recursos. Dice que el problema principal del área Kaa Iya es el avance de la frontera agrícola, pero se suman también otros problemas, y en otros puntos, como la cacería furtiva, la extracción de recursos, “y de un tiempo a esta parte el tema del narcotráfico, como las grandes factorías en el Noel Kempff; en Amboró posiblemente haya pozas de maceración y factorías, y peor con la cantidad disminuida de guardaparques”, dijo. A eso agregó otro problema relativamente nuevo, en la época seca, “en las áreas que están en la zona de la Gran Chiquitania se lucha con los incendios”.

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