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Juan Ortiz ha perdido tres veces la batalla contra el fuego. La noche es oscura, cerrada y sin luna, pero en Mecanate, su estancia de 417 hectáreas en los alrededores de Concepción, el resplandor de otras llamas deja ver los ojos rojos y el rostro agotado de un hombre que creyó haber ganado dos veces la pelea a los incendios solo para su potrero más grande en llamas.

Con la camisa abierta cuenta que con su hijo, su mujer y un amigo han estado toda la tarde tratando de alejar el fuego de su casa. Lleva 15 días peleando y ya ha perdido más de 100 hectáreas de pasto sembrado. Le quedan 14, para 140 vacas. No sabe qué les dará de comer hasta que lleguen las lluvias y el pasto crezca de nuevo.

No es de por aquí, pero José Colque tiene una misión imposible: evitar que el incendio que está haciendo crujir los paquiós y las palmeras salte a unos cordones de un desmonte en la estancia Morita. Son decenas de hectáreas de suelo arado y árboles acordonados listos para hacerlos arder, pero el desborde de incendios hace que hoy sea una práctica políticamente incorrecta. Es rastrillador, maneja un tractor, pero hoy tiene un machete en la mano para hacer la tarea de un ‘ejército’ y tratar de frenar un fenómeno que lo supera.

“El fuego comenzó desde el lado de San Pablo y viene ardiendo desde allá. Vine a trabajar y ahora el patrón me ha encargado que no ardan los cordones. Las llamas saltan por todos lados. Han hecho brechas con maquinaria, pero el fuego sigue”, cuenta Colque y le ruega a un funcionario de la Gobernación que le invite un bolo. Se le ha acabado hasta la coca y deberá pasar la noche en vela rogando que se sacie con el monte que tiene al frente, y que no se tiente con las ramas secas del otro lado del camino.

En Concepción, los incendios están apenas empezando. Hay dos grandes frentes en el norte, a unos 40 kilómetros, siguiendo la carretera a San Ignacio e internándose entre 30 y 70 kilómetros hacia el oeste. Óscar Lladó, coronel de Ejército, los tiene ubicados en fotos satelitales. Explica que tienen unos 10 kilómetros y los están atacando de noche, cuando las temperaturas no deshidratan a soldados, voluntarios y bomberos. Ellos se han hecho cargo del siniestro de Río Blanco y hoy tendrán un refuerzo de 100 solados que llegan desde Cochabamba.

La Gobernación se hace cargo de las llamas en San Pablo y temen que lo que apagaron un día antes -y las que apagó la llovizna-, se hayan reactivado. Explican que las fotos satelitales y los sobrevuelos no los ayudan, que las llamas saben ocultarse de la tecnología y solo queda combatirlas al ras del suelo.

Eso no le sirve de mucho a Juan Ortiz, su incendio no tiene el tamaño suficiente para ser prioridad. Pregunta, esperanzado, si desde allá, desde Los Andes, se acordarán de él y de sus vacas que devorarán su poco pasto en unos días más y la respuesta de Denis Coimbra, el funcionario de la Gobernación que tiene en frente es que sí, pero después de que apague el fuego.

Juan le cree. No tiene alternativa. Le dice que lo buscará en el pueblo cuando compre pan de arroz, que alquilaría potrero para su ganado pero alrededor de su pequeña estancia no queda nada. El fuego no fue igual de cruel con sus vecinos.

GANADEROS APAGAN LLAMAS EN ÑEMBI GUASU

El incendio más grande del país fue apagado ayer. El fuego que devoró más de 187.000 hectáreas en el Área Protegida Ñembi Guasu, municipio de Charagua, fue controlado y apagado ayer por los estancieros de la zona, que atacaron el incendio debilitado por una lluvia que cayó en la zona la noche del martes.

Así lo informó William Parabá, uno de los trabajadores de las estancias. Varios ganaderos de esa región llegaron ayer hasta Roboré y hoy gestionarán ayuda.

Ñembi Guasu es el área protegida más jóven del país. Pertenece a Charagua y conecta los parques Ka-Iya y Otuquis. Tiene 1,2 millones de hectáreas y un 15% fue arrasada por un incendio que estuvo activo desde el 16 de agosto sin que nadie le pusiera atención.