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Desconcierta el tamaño de las llamas, frente a la forma en que algunos bomberos -experimentados e improvisados- juntan agua para apagarlas, o al menos intentarlo.

El Chaco debe ser una de las zonas donde peor les va. Las comunidades aledañas a los puntos de los incendios reúnen botellas de dos y tres litros, las llenan con el líquido vital sacado con jarritas de los ojos de agua. Todas las botellas entran en bolsas de quintales y se ponen sobre las espaldas para ser subidas por una topografía accidentada, faena que incrementa la sensación térmica.

Ni en las zonas urbanas hay agua con regularidad, menos en las afueras. Muchos hogares sobreviven con reservas de geomembranas y racionan el consumo. En otros puntos, seres humanos y animales se turnan para calmar la sed -en atajados-, acentuada por temperaturas poco habituales.

Y cuando se vuelve imposible llegar al fuego ubicado en la serranía, los bomberos se resignan a esperar que baje y se encuentre con tierra removida y humedecida que frene su paso. Mientras tanto, perros famélicos, con la piel pegada a las costillas, esperan que caiga ‘del cielo’ algún manjar sobrado por los bomberos.

La sequía y el fuego tienen en jaque a la zona, y las autoridades nacionales respondieron dos semanas después de los pedidos de auxilio.

En la Chiquitania se está volviendo habitual, en esta época, viajar por un camino acechado por las llamas, como pasa en inmediaciones de la reserva Copaibo, y encontrarse con solitarios bomberos monitoreando, de noche, el alcance del fuego. Tras la señal de alarma, aparece una camioneta jalando un tanque de agua de mil litros, aproximadamente, que usan para su alimentación. Otra vez la lucha desigual.

Y cuando la noticia tarda en magnificarse, demora también la respuesta de los rescatistas. Es cuando los bomberos asumen otros roles, de salvadores de la fauna en peligro. Tienen que quitarse la ropa para atrapar animales quemados, a modo de prevenir mordidas o araños.

Mario Ortiz (19), voluntario del Funsar, es uno de esos bomberos solitarios que EL DEBER encontró por Copaibo, de noche, contemplando el tamaño del fuego. Empezó en la labor voluntaria en 2017 y ya cuenta 50 misiones en su hoja de vida. Está por la zona desde hace un mes y medio, y cuando pensó que cantaba victoria porque el fuego estaba en lo último, misteriosamente el fuego se exacerbó.

“La experiencia me dice que este fuego fue premeditado porque de un momento a otro apareció sobre el camino, había un montón de llantas amontonadas”, lamenta.

Diego Suárez, de Bomberos Quebracho, coincide. Tuvo que retirarse de la comunidad Las Palmeras, en Concepción, por la hostilidad de los comunarios, aunque no de todos.

Estoy seguro de que hay piroterrorismo, se quiere desestabilizar al país con los incendios. Se portaron mal los comunarios. Descubrimos que fueron ellos los del fuego, lo denunciamos y fue entonces cuando las cosas se pusieron tensas”, dijo uno de los involucrados en un video viral de conflicto entre voluntarios y habitantes de una comunidad.

Según Suárez, de todo su historial como bombero, uno de los peores lugares donde le tocó estar es el de Copaibo. “Cuando llegamos a ayudar siempre hay un colegio, etc., pero ahí no había condiciones, había que llevar una pala al monte cada vez que alguien quería ir al baño porque la letrina colapsó con tanta gente. Solo teníamos un balde de 20 litros para bañarnos, nos mezquinaban el agua”, cuenta.

La otra cara de los incendios es la de menores de edad colaborando, ya sea para calmar la sed de quienes están en primera y segunda línea, o incluso para controlar el fuego.

Desde el año pasado se difundieron imágenes de adolescentes en el papel de ‘héroes’, pero este 2020 la edad se fue acortando y cada vez más pequeños entraron en la guerra contras las llamas, con la misma indumentaria que usan en su rutina.

El Covid-19

En tiempos de distanciamiento social y barbijo, es difícil que los bomberos cumplan con estas medidas.

En los campamentos duermen hacinados, la sed, las altas temperaturas ya la escasez de platos y vasos los empujan a compartir todo, elevando los riesgos de contagio del coronavirus.

En San Ignacio de Velasco, una cuadrilla de 15 soldados voluntarios dio positivo en la prueba rápida y uno al hisopado; sin embargo, todos tuvieron que aislarse por prevención.

Según Diego Suárez, en cada intervención, un bombero quema cada día tantas calorías que no hay descanso o alimento que compense. “Por eso se recomienda que trabaje solo tres días y que descanse una semana, pero en Copaibo estuvimos 26 días”.

Suárez ilustra el nivel de calor sufrido con los insectos. “La sequía hace que nuestro sudor atraiga abejas, etc., por eso es mejor trabajar de noche, aunque nadie en su sano juicio se metería kilómetros en medio del monte con un machete. Por eso a menudo nos dormimos en el piso, debido al cansancio”, comparte.





El daño está hecho

La Autoridad de Fiscalización y Control Social de Bosques y Tierra (ABT) prohibió la quema del tipo que sea, inicialmente en Santa Cruz y en Beni, después en todo el país. Aun así, hasta el martes, 13 e octubre, la Gobernación lamentó que se registren 57 focos de incendio en el departamento, lo que suma 1.073.000 hectáreas afectadas, 33% en zonas boscosas y el resto en pastizales y matorrales.

Lo más triste es que este año la mayor parte de los incendios se dieron en áreas protegidas, a diferencia de 2020, cuando ocurrieron en predios privados, pero que se descontrolaron”, finalizó Suárez.

Este bombero de la brigada Quebracho cree que 70% de las soluciones al problema de los incendios está en manos de los voluntarios. “Las autoridades no quieren reconocerlo, pero los gobiernos de todos los niveles siempre quieren ser los protagonistas, aunque carezcan de capacidad logística. Muchas veces nuestros vehículos son usados para transportar a la gente de ellos”, dijo, a tiempo de lamentar que los bomberos de municipios pequeños tengan tan malas condiciones.