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Ellas salieron del círculo de violencia: “Romper el silencio es el primer paso”

Domingo, 19 de abril de 2026 a las 06:00

Una escapó de su hogar con sus hijos y la otra dejó atrás múltiples episodios de maltrato. Encontraron un refugio en la Casa de Acogida de la Gobernación, un espacio que brinda protección y acompañamiento para reconstruir vidas

Abandonó su casa casi con la ropa del cuerpo, no tuvo tiempo ni de hacer maletas. Se marchó junto a sus hijos de un año y otro de ocho años. No le quedaba otra alternativa para romper con la violencia que la perseguía. 


Tiene 43 años y durante mucho tiempo fue maltratada por su pareja, el padre de sus hijos con quien está casada desde hace casi una década. Lleva más de una semana en la Casa de Acogida de la Gobernación de Santa Cruz, donde además de un techo y comida para ella y sus niños goza de seguridad y acompañamiento.

 
Decidió buscar ayuda tras sufrir años de maltrato que comenzaron con agresiones verbales y constantes cambios de humor, y que luego escalaron a las agresiones físicas. Con el tiempo, la violencia también se extendió hacia su hijo mayor, lo que la llevó a decir basta y buscar una forma de salir de esa situación.


“Cuando empezó a pegarle mucho a mi hijo, me asusté. Primero eran cocachos, luego puñetes, eso fue lo que no permití y por eso estamos aquí”, cuenta. 


Acudía a la maternidad Percy Boland, donde era asistida por sufrir depresión posparto luego del nacimiento de su segundo hijo. Allí era atendida por una psiquiatra perinatal, sin imaginar que ese sería el primer paso para salir de la relación marcada por la violencia. “Ahí le comenté las cosas que sufría con mi esposo y me derivó con la trabajadora social”, relata.


Fue de esta forma que finalmente reunió el valor necesario para dar el paso e ingresar al centro de apoyo.  Cuenta que durante años soportó agresiones y evitó denunciar. Apenas lo amenazaba con hacerlo. Antes, incluso intentó que su pareja hiciera terapia, pero él nunca aceptó. “Fue difícil; al principio me costaba dar el primer paso. Pero ahora veo que fue por mi bien. Pensé que no iba a estar tan bien como me siento ahora, porque creí que sería más traumático”, cuenta.


La convivencia en el hogar se había deteriorado por completo. Ya no existía un ambiente cálido ni las condiciones necesarias para una vida familiar saludable. “Era una relación solo para proveer comida. No había conversación, ni salidas al parque, ni tiempo con los niños. Era como si él fuera un ‘Yango’: me llevaba, me traía, me compraba cosas, pero nada más. Si reclamaba, venía su mal humor”, describe.


La situación se agravaba cuando discutía por la crianza de su hijo mayor. “Se desesperaba, se descontrolaba, y yo también terminaba reaccionando mal”, admite. Ahora, desde un espacio seguro, reflexiona sobre lo vivido y pide a otras mujeres “no quedarse callada”. “Tenemos que hablar con personas que saben y pueden ayudarnos. Muchas veces no denunciamos por miedo a quedar solas o perder el apoyo económico. También porque una se acostumbra a vivir cosas que no son normales. Sin darse cuenta, una se vuelve sumisa, pierde la autoestima y llega a pensar que lo merece o que lo provoca”, afirma.


Mientras avanza su proceso, espera la decisión que le permitirá retomar su vida con mayor independencia. “La próxima semana definirán cuándo podemos salir, para que yo pueda llevar a mi hijo al colegio y empezar de nuevo”, dice.


Es su cuarto día en el centro, pero se desenvuelve con naturalidad en la convivencia con la otra mujer y los niños que viven con ella. Es una señora de 49 años, que siente que finalmente está a salvo de cualquier situación que amenace su integridad.


Su testimonio puede extenderse por horas. Recuerda con detalle cada episodio vivido junto a su agresor. “Me ha llamado desde otro número, pero no le he contestado. Los números que tenía antes los he bloqueado”, dice mientras sostiene su celular contra el pecho.


La violencia no solo la afectó a ella, sino también a su familia. En una ocasión, su hermana terminó con un chichón en el rostro luego de que el hombre le lanzara una piedra. Ese hecho derivó en una denuncia que lo llevó a estar detenido. 


El punto de quiebre llegó cuando su madre presenció las agresiones. “Mi mamá me dijo: ‘agarra tus cosas y vámonos’”, cuenta. Sin embargo, días después decidió darle otra oportunidad, pero la violencia se repitió. “Agarré mis cosas y me fui. Él me siguió, me alcanzó, pero unas personas lo detuvieron. Pude tomar un taxi y fui directo a buscar ayuda; así llegué al centro”, cuenta.

Un lugar seguro


María Ingrid Rivero, directora de Género de la Gobernación, explica que el propósito de la Casa de Acogida es ofrecer una respuesta inmediata ante la falta de protección y hospedaje que enfrentan las mujeres y sus hijos al huir de entornos violentos. En este espacio, el auxilio no se limita a un techo. Se trata de una intervención integral, a cargo de un equipo de profesionales que brinda atención legal, social y médica con calidez humana.


“En un contexto donde los índices de violencia mantienen en alerta a la sociedad, surge una pregunta que muchas mujeres se hacen en silencio: ¿a dónde ir? El temor a no tener un lugar donde vivir o cómo alimentar a sus hijos las obliga, en muchos casos, a permanecer en el círculo del maltrato”, comenta. 


Sin embargo, ahora existe una alternativa y es la Casa de Acogida: un refugio pensado no solo para proteger, sino también para sanar y reconstruir vidas.
 

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