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“¿Qué vas a llevar casera? Hay tomate, zapallo, lechuga, tomá, escogete”, dice Elvira Aiza Prado Villarroel (39) a los clientes de su puesto de verduras en el mercado de la Villa Primero de Mayo. Siempre atenta y servicial, así atiende la caserita que desde que se inició la pandemia no dejó de proveer de alimentos a sus caseros.

Cuando, por algunas semanas el municipio ordenó el cierre de los mercados distritales, Elvira abrió su tienda en su casa y fue allí, cuando empezó a conocer a sus vecinos, que entendió que la enfermedad era real. “Algunos enfermaban y otros fallecían. Igual que amigos y amigas de aquí del mercado que no pudieron resistir”, cuenta con los ojos aguados, aquellos ojos negros vivaces que observan a diario el transitar de miles de personas que buscan alimentos frescos en el mercado.

Elvira nació en Santa Cruz, es casada y tiene tres hijas. Desde hace dos décadas vende verduras luego que su madre, Francisca, le heredara ese pequeño espacio de trabajo abarrotado de verduras que le dan color al paseo de los visitantes. Ella remarca que prácticamente desde la cuna estuvo ligada al comercio.

“En mi trabajo me gusta socializar con las personas, porque se conoce a muchas y también ellos te llegan a reconocer, al menos en esta pandemia que nadie lo podía creer, porque no estaba muy cerca de nosotros”, cuenta.
Su jornada de trabajo comienza cuando la mayoría de las personas ya se están preparando para descansar. A las 21:00, llega al mercado mayorista Abasto para proveerse de todo lo que venderá en las siguientes horas. Allí tarda unas cuatro horas visitando los distintos sectores para encontrar lo mejor y a precios más económicos.

“Todos necesitan ganar, pero yo lo doy a bajo precio, porque hay que ser conscientes, no todos tienen para acceder a los alimentos”, cuenta. Efectivamente, una de sus clientas ratifica lo expresado por Elvira. “Por eso es que siempre está lleno este puesto, porque la casera es consciente de la situación que estamos atravesando”.

El barbijo y el alcohol se han vuelto parte indispensable de su rutina. Cuando llega a su casa, antes de ingresar se desinfecta y deja todo afuera, porque el temor de contraer la enfermedad en su trabajo es latente.
Elvira tiene la fe puesta en Dios y cree que todo esto pasará pronto, pero mientras tanto, seguirá asistiendo al mercado a continuar proveyendo de alimentos a la población.

El trabajo de los comerciantes no ha sido fácil durante estos poco más de cuatro meses. Es uno de los sectores que no ha parado, porque la alimentación de la población no solo depende de los productores, sino también de quienes desde la noche anterior están en busca de productos para que al día siguiente las familias tengan comida en sus mesas.

Perfil
Elvira Aiza Prado Villarroel nació en Santa Cruz de la Sierra hace 39 años. Es casada y tiene tres hijas. Su esposo trabaja en el campo, por lo que le ha tocado asumir también este rol.