Escucha esta nota aquí

Cristina Bejarano acude en auxilio de doña Juanita Vidal. La vecina de 85 años cruzó la vereda de su casa y cayó en la calle de tierra. Quería comprar dulces para sus nietos y acabó en el suelo con una herida sangrante en la rodilla. Cristina la llevó de regreso a su hogar, la dejó en compañía de los chicos; fue a su domicilio, trajo algodón, gasa estéril y yodo antiséptico. Y curó su lesión.

No era la primera vez que acudía en su auxilio. Cristina es, como se suele decir todavía, una buena samaritana. Además, es una mujer con una clara vocación de servicio que demanda dedicación, mística y honradez, virtudes que fue cultivando desde muy joven cuando ya había decidido que iba a dedicarse a la enfermería.

Cristina estudió en Brasil y se especializó en cirugía vascular. Hoy, a sus 56 años, está jubilada. Durante casi tres décadas trabajó en la Caja Petrolera, donde aprendió, cada día y en cada turno, a reafirmar su compromiso con la vocación y la gente que necesita del cuidado de un profesional de la salud. Como cada 12 de mayo, Día Internacional de la Enfermera, recuerda con cariño a sus excolegas y con nostalgia esos años de labor en un área que considera incomprendida por muchas personas y olvidada por las autoridades, incluso en estos tiempos de pandemia, cuando el trabajo es más intenso que nunca.     

Historia

Similar impresión tiene Leonor Flores, presidenta del Colegio Departamental de Enfermería, que también recuerda que esta fecha fue instituida en honor a Florence Nightingale (1820-1910), una enfermera, escritora y estadística británica, considerada precursora de la enfermería profesional moderna y creadora del primer modelo conceptual de esta profesión.

Realidad

“¡Qué sería de los pacientes sin enfermeras! En este momento estamos haciendo frente a esta crisis sanitaria mundial, a pesar de las limitaciones de nuestro sistema y la falta de atención a nuestras necesidades”, señala Flores.

La directiva indica que, en el sistema hospitalario, una enfermera actualmente atiende a 40 pacientes cuando lo ideal es una cada 10. “La pandemia ha convertido un trabajo que antes era complicado en caótico. Estamos siendo rebasadas en nuestras fuerzas, en toda la voluntad que le ponemos, al punto que ya tenemos 12 enfermeras infectadas de Covid-19 y, lamentablemente, dos fallecimientos”, agrega.

Flores asegura que, gracias a las conquistas sindicales, una enfermera trabaja seis horas, tanto en la parte pública como privada. La diferencia la hace el salario y el nivel del establecimiento de salud. Los parámetros estadísticos del país indican que debe existir una enfermera cada 5.000 habitantes, sin embargo, en la actualidad tenemos una cada 40.000.

“En Santa Cruz son más de 2.300 enfermeras que trabajan en el sistema público y privado. De todas ellas, apenas el 40% tiene estabilidad laboral. Seguimos trabajando con contratos eventuales, en las clínicas nos pagan un salario inferior al que paga el Ministerio de Salud y cualquier rato somos despedidas. En las provincias, los municipios contratan enfermeras con salario magro y eso no es justo. Tenemos 68 centros de salud en la periferia y en el 70% de ellos solo hay una enfermera en el turno de la mañana. Otro problema es que no contamos con los equipos necesarios para realizar nuestra labor, estamos realmente muy preocupadas. No nos quejamos de servir a la humanidad, pero también necesitamos que la población tenga empatía con nosotros”, añade Flores.

Ingenuidad

Luz María Castellón, jefe de terapia intensiva del hospital Japonés, acaba de concluir con su doble jornada de casi 24 horas. Se siente sobrecargada de trabajo, pero con la satisfacción del deber cumplido, algo que, asegura, no tiene comparación.

“El aporte de la enfermera ha sido siempre importante, pero nunca se valoró nuestro trabajo. No tenemos un sueldo como los profesionales, a pesar de que muchas de nosotras tienen licenciatura, incluso con maestrías y diversas especialidades, pero ganamos menos que un bioquímico o un farmacéutico. Nuestra remuneración salarial no está a la altura de nuestro sacrificio”, dice Castellón.

Recuerda que este era el Año de la Enfermería, declarado por la Organización Mundial de la Salud, como una forma de homenajear a las profesionales que se dedican a tratar los problemas de salud potenciales del ser humano.

La trabajadora no quiere que se piense que todo es lamento, pero recalca la injusticia que sufre su gremio, no solamente en las condiciones laborales sino también en la ingratitud de la gente cuando sale algo mal. “La imagen de la enfermera es la que inmediatamente se ve afectada o es a la primera a la que reclaman si le pasó algo al paciente. Nosotros no elegimos ser enfermeras. Nacimos para esto. Hay que ser ingenuas para elegir una profesión con tanta responsabilidad, con tantas vidas en nuestras manos”, expresa.

Cariño

Liliana Tufiño adelanta que en esta jornada no habrá ningún agasajo porque la situación no lo amerita, además, estará de turno prácticamente todo el día y no tendrá tiempo para nada. También dice que es algo a lo que una enfermera se acostumbra por el ritmo de trabajo que lleva, por lo tanto, hacer vida social resulta algo lejano.

“Aquí no hay cumpleaños, Año Nuevo o feriados. Incluso, estando enfermas, muchas veces no pedimos baja y venimos a trabajar. Finalmente, uno entra acá y se cura, porque el trabajo lo empuja a uno y el ambiente de solidaridad entre compañeras nos ayuda a hacer más llevadera cada jornada”, comenta la enfermera que forma parte del equipo de la clínica privada Amec.

Tufiño cuenta que la rutina de cada jornada laboral se va en la administración de los medicamentos, el informe al médico de turno y la coordinación con los demás servicios. Lo primero que hace es recibir el turno con la lista de pacientes y el informe de su estado de cada uno. Prosigue con la verificación de esos datos, acude pieza por pieza y cama por cama a ver las indicaciones.

“Y así transcurre la jornada. La encargada del grupo es la que se encarga de coordinar con el equipo multidisciplinario, que incluye laboratorio, nutrición, limpieza, mientras las otras enfermeras van actualizando historias y avanzando en los tratamientos. Asimismo, pasan visitas junto con el médico”, relata Tufiño.

“Es una profesión que no se la reconoce con justicia, es bien sacrificada, pero es muy importante en el mundo.  Ese esfuerzo y el riesgo que, a veces, se corre no es para cualquiera, pero aquí estamos, con todo el cariño, dispuestas a seguir porque amamos este oficio. Si hemos estudiado esto es porque es lo que amamos”, finaliza.