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Todos los días, sobre un mapa de Google surgen decenas de nuevas lágrimas invertidas. Los señaladores de la aplicación que suelen servir para marcar hoteles, gasolineras y restaurantes ahora sirven para identificar un nuevo caso de coronavirus en la ciudad de los anillos. Primero aparecieron los de color rojo, que indicaban los casos importados que se detectaban en la ciudad. Le siguieron los azules, que simbolizan los casos de contagio local. El 29 de marzo, apareció el primer lagrimón negro, la primera muerte. Cada uno de los señaladores tiene una historia breve, pero contundente. El de la primera muerte resume así la tragedia: Mujer, 78 años. Está colado en la zona Este de la ciudad, justo antes de llegar al Jardín Botánico.

“Son referenciales. No son muy precisos. La mayoría de los casos están fuera del cuarto anillo y son dispersos”, advierte Carlos Hurtado, que es parte del equipo de epidemiólogos del Servicio Departamental de Salud.

El cuarto anillo, en Santa Cruz de la Sierra, marca la frontera entre lo viejo y lo nuevo, entre la ciudad planificada por el Plan Techin y la que creció a sus anchas a fuerza de loteamientos y urbanizaciones cerradas. Era, hasta hace unos cuantos años, el límite entre la clase media y la pobreza, entre la ciudad con servicios y la carente. Hoy, es el límite entre la ciudad vigilada y la que vive la cuarentena a su ritmo.

Hace poco más de una semana, la Alcaldía decidió extender la militarización de la ciudad y lanzó un mapa de calor de los contagios y la Villa Primero de Mayo quedó marcada como zona de peligro. A las 5 de la tarde del sábado, en la avenida que lleva a su plaza principal, los últimos vendedores empujaban sus carros de vuelta a casa, mientras la gente comenzaba a sacar sus sillas a la vereda para aprovechar el fresco del atardecer. En la plaza un anciano con el tapabocas en la papada cruzaba la explanada en diagonal, mientras cuatro jóvenes en bicicletas charlaban en el centro. Más allá, en la calle 3, una camioneta de la Alcaldía rociaba las aceras con agua y cloro, mientras los vecinos festejaban esa seguridad fugaz sobre sus aceras.

“Estamos siguiendo todas las normas que nos están diciendo”, cuenta Miriam, una vecina que salió a ver la desinfección con tanta prisa que olvidó su barbijo. “En la mañana es el desorden en la avenida principal. Lo veo lógico, porque todos quieren salir a hacer su canasta familiar, pero en la tarde, ya todos están en sus casas”, añade.

Un poco más allá, cruzando la Cumabi y la 16 de Julio, la realidad se empeña en contradecir a Miriam. Hay tiendas de barrio abiertas y compradores pegados a las rejas. Hay licorerías en la rotonda y una procesión de ciclistas que buscan algo para beber. Más adentro, donde las calles fueron bautizadas con nombres de piedras preciosas (Topacio, Diamante, Agua Marina), hay niños tras de una pelota y pequeños emprendimientos de cuarentenas, ventas improvisadas de pan y de comida. No hay un solo policía o militar en la calle a kilómetros a la redonda. Incluso en el octavo anillo, en la ruta hacia el Plan 3.000, el tráfico es fluido, con más autos, motos y bicicletas que órdenes de circulación.

Transición

Cuando se llega al Obelisco del Plan, muy cerca de donde está señalizado el caso 162 (hombre de 52 años, contagio local), la oscuridad es profunda y el lugar parece una zona de guerra recién desmovilizada: Hay barricadas abandonadas, casi nadie en las calles y dos caballos oscuros se alimentan de las bolsas de basura que no recogieron. Las pocas luces que se ven vienen de las tiendas que se han animado a abrir. Tienen la cortina hasta la mitad, como listas para cerrarse por si aparece la Policía.

Más adentro, como de ida hacia el centro cultural, el Plan tiene una vida secreta en las noches de cuarentena. Todas las tiendas del barrio aparecen abiertas y hasta hay parrillas que se animan a ofrecer k’jaras y cuadriles. Más lejos de la avenida se ven grupos de jóvenes con ropas dos tallas más anchas que sus cuerpos, viejos cuidando negocios y niños matando el encierro en las aceras. El barbijo y el distanciamiento social son opcionales.

“Es que no entiende la gente, salen sin barbijos, los niños están en la calle jugando pelota y sus madres no les dicen nada”, se queja una enfermera del hospital del Plan 3.000. A ella le tocó hacer la guardia al día siguiente, el domingo, y se encontró con cinco pacientes con coronavirus internados en la sala FLU del hospital municipal. “No hay espacio, no los han podido referir”, justifica y cuenta que están en regular estado de salud, que ninguno ha presentado complicaciones para respirar y están siendo tratados con hidroxicloriquina.

Las lágrimas que aparecen cada día en el mapa de Google han puesto a los hospitales cruceños de cabeza. A unos 1.000 metros del Hospital Francés está el caso 57 del país, reportado el 26 de marzo, un contagio local, pero dentro del nosocomio el coronavirus llega a diario y a veces por la puerta equivocada.

“El triaje falla porque la gente miente. Dice: ‘He cumplido la cuarentena, no he tenido contacto con nadie’, pero cuando le hacen la prueba, la infección intestinal resulta ser coronavirus”, se queja un médico, que recibió un estornudo en la cara mientras revisaba a un paciente con Covid-19 que llegó por una diarreita. Llevaba puesto un barbijo N 95 y gafas de seguridad que se había comprado con su dinero, porque supuestamente no estaba en la primera línea de contagio. Asustado, pidió que le hiceran la prueba, pero no estaba disponible en el Francés. Tiene una enfermedad crónica y teme contraer el virus. Se encerró en su casa, comenzó a sentirse caliente y le dolió la garganta. Peregrinó por la Caja Nacional de Salud hasta que consiguió que le hicieran el análisis. “Fue horrible. Meten el hisopo hasta la garganta. Hoy me duelen las amígdalas”, relató la noche del sábado, afligido, porque sus resultados no habían salido aún.

En teoría, el Centro de Enfermedades Tropicales (Cenetrop) debería entregar los resultados máximo 48 horas después de tomada la muestra, pero al médico del Francés le contaron que en un momento de la semana anterior los reactivos se acabaron y por eso sus resultados aún no saldrían.

Así, cuando Óscar Urenda, secretario de Salud, salió el 2 de mayo a anunciar más de 100 casos en Santa Cruz, un médico del Japonés estaba seguro que se trataban de pacientes a los que se les había hecho la prueba entre el 28 y 29 de abril. “Lo sé porque tengo los nombres”, dijo.

Según un audio que enviaron desde Cenetrop, los reactivos se acabaron y llegaron el jueves al mediodía. A partir de ese momento, los laboratoristas no durmieron procesando todos los casos atrasados y eso llevó al país a un récord: 241 casos nuevos, apoyados en los 113 que había contado Urenda y los 108 reportados en Beni, todos procesados en Cenetrop. “Solo había reactivos para casos especiales, como el del segundo policía que murió por Covid-19. Si se tardaban seis días con ese análisis, se los comían”, dice el galeno.

A los médicos les preocupa el retraso, porque no pueden comenzar a tratar a los pacientes con los medicamentos anti Covid-19 hasta saber si están infectados. “Médicos, enfermeras y todo el personal están así, como el colega del Francés. Les da fiebre, se aíslan, piden que le tomen la muestra. La mayoría de las veces es un dengue o una infección de algún tipo, pero el miedo está presente. Estamos esperando el pico máximo para mediados de mayo. Ahí todos los hospitales se saturarán”, pronostica el médico del Japonés.

Nada de eso se sabe en las calles. A media mañana del lunes, la avenida principal de la Villa Primero de Mayo es un mercado alargado con cuatro militares tratando de atajar a la gente sin éxito. Hay mujeres con niños que apenas caminan haciendo compras y aglomeraciones sobre camionetas cargadas de verduras y abarrotes.

Con el cierre de los mercados establecidos, muchas rotondas se han convertido en mercados móviles en los que la gente se olvida que hay que mantener más de un metro de distancia con la otra persona y el control de las normas de higiene está ausente. Hay taxis vendiendo carne sin refrigeración y sin que nadie sepa cómo fue faenada la res, hay grupos en pequeñas reuniones y gente aglomerada en las bicicleterías inflando llantas o arreglando horquillas. Entre la Villa, el Plan 3000 y Los Lotes, los lugares marcados como conflictivos por las autoridades, hay muy poco control policial y militar. Es como si toda la ciudad fuera objeto de un gran experimento, como si se tratara de medir qué sucederá cuando la cuarentena sea ‘dinámica’ y los laboratorios no alcancen para hacer las pruebas a todos.

A la noche del lunes, el médico del Francés iba por su quinto día de espera, aunque mucho más tranquilo. “Ya no me duele la garganta y no he tenido fiebre”, dice y cree que cuando Centrop procese su prueba, será negativa. Cree también que hasta fin de mes los laboratorios no darán abasto y se procederá como se hizo con el dengue, tratando a cada paciente sospechoso como si fuera coronavirus.

Esa misma noche, el médico Óscar Urenda salió a reportar los 75 nuevos casos y cuatro fallecidos por coronavirus en Santa Cruz. En el mapa de Google, un solo lagrimón negro apareció sobre el mercado La Campana como resumen del óbito del lunes: “Bebé de 10 meses, mujer de 17, varón de 58 y otro de 71”.