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“Escribe la esposa del doctor Freddy Quispe Aruquipa. Falleció el 15 de enero y me dejó con tres niñas. Necesito su ayuda para conseguir trabajo, él fue sustento de la familia, ahora tengo que trabajar. Soy auxiliar de Enfermería y actualmente estoy en la universidad, para obtener la licenciatura”, dice el mensaje de WhatsApp enviado por Alicia Calisaya a una de las organizaciones que aglutina a los médicos.

Le entró la desesperación, tras perder a su esposo, que era el único sustento del hogar, tuvo que prestarse dinero para enterrarlo, y a los pocos días recibió la lista de útiles escolares de sus hijas. Dice que está “un poco mejor, anímicamente” ante la pérdida, pero la incertidumbre económica comienza a apoderarse de sus intentos de conseguir paz.

Lo único que pide es un trabajo. Ya le dijeron que no cuente, no en un corto plazo, ni siquiera mediano, con el seguro que prometió el anterior Gobierno a los familiares del personal de salud que perdiera la vida en el desempeño de sus labores.

“Me dijeron en el Ministerio de Salud que no se estaba pagando. Tengo rabia, me siento mal, están tratando muy mal al personal de salud. Mi esposo no habría muerto si hubiera recibido atención a tiempo”, cuestionó.

Según la enfermera, su compañero de vida se enfermó trabajando como médico de provincia, la contagió a ella, y tardaron cuatro días, tras peregrinar, para que les hagan la prueba PCR a ambos, y una radiografía de tórax a él.

“Ya tenía neumonía, no podía ni respirar y en ese estado la doctora lo mandó a su casa a descansar, no nos dieron ni un Paracetamol, ni Ibuprofeno, a pesar de que pedimos”, recuerda.

Ya en el hogar, por 12 días, ambos se automedicaron y, como podían, se administraban los medicamentos uno al otro. Les tocó pedir a sus tres hijas, gemelas de 13 años y otra de 10, que se preparen los alimentos, mientras ellos se mantenían aislados. En la familia, dice Alicia, nadie los quiso cuidar por miedo al contagio.

Cuando el estado de salud de Freddy Quispe se agravó, recién le mandaron ambulancia y le dieron una cama de cuidados intensivos. Ya era tarde, ahí solo duró unos cuatro días.

Cargando aún con el virus y con su propio cuerpo, que le pesaba más que nunca, Alicia asistió a enterrar a su esposo, con la única compañía de una familiar. Esperó dos semanas a sentirse mejor para hacer los trámites en busca del seguro de vida prometido. A pesar de los malos augurios, ella se esperanza en que podrá pagar sus deudas con ese dinero.

“Estoy con tres niñas y no tengo a nadie. No me corro de trabajar, lo único que pido es generar ingresos”, clama, y dice que sabe que hay riesgo de que se contagie nuevamente al trabajar en su oficio, pero no tiene alternativa.

Perdió a tres seres queridos

En la primera ola, Teresa Núñez perdió, en cuestión de 15 días, a su esposo, su suegra y su madre, todos víctimas del coronavirus, dos de ellos sin recibir atención oportuna y adecuada.

Su esposo, “Gordito” como ella le llama, encontró una cama el día en que murió. Y su madre falleció tras tres días de una saturación de oxígeno de 40, sin conectarse a un respirador. “Mi mamá gritaba del dolor”, recuerda con tristeza.

Poco después de la triple pérdida. Teresa entró a trabajar al hospital de tercer nivel de Montero, el Óscar Urenda, donde permaneció por seis meses, el año pasado, y de los cuales solo le han pagado tres.

Hasta febrero de este 2021, quedaban sin cancelar septiembre, octubre y noviembre de 2020. Y ya les dijeron, en el anterior Gobierno, y a través de carta, que no les iban a pagar, ni a ella ni a los demás, por un error administrativo.

Núñez dice que recién tuvieron una nueva reunión con funcionarios del Ministerio de Salud, de donde provendrían los fondos para lo que se le adeuda, a ella y a sus colegas, pero tampoco dieron certezas.

“Dijeron que el pago depende del director del Hospital Óscar Urenda, quien tiene que hacer un informe con las planillas de asistencia, avalando que trabajamos durante todo ese tiempo. Sin embargo, no nos dieron garantías, el Ministerio de Salud evaluaría si nos pagaba o no. Y ahí quedó todo”, explicó.

Ahora, igual que sus colegas, aunque no pierde la esperanza del pago adeudado, ruega que el nuevo contrato, que inició el 4 de enero, se pague a tiempo, pero por encima de todo, no tener más bajas en su hogar.

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