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Llegó desde Potosí a los 18 años cargado solo con su q’ipi y los sueños de mejores días en esta tierra. En casi cinco décadas ese pequeño atadijo rebalsó en Santa Cruz de la Sierra, de allí salió un oficio, una esposa, tres hijos y seis nietos, de los que Eugenio Hinojosa (64), el querido jardinero de la iglesia La Mansión, se despidió el 16 de junio a causa del coronavirus.

Aunque ya han pasado tres meses de su partida, sus colegas aún lo imaginan sentado en una banca del patio grande del ‘pahuichi’ católico.

Las Santa Rita que él plantó hace 20 años, cuando empezó a trabajar allí, están floridas y su rosado intenso contrasta con el luto y la mirada triste de Jesús, su hijo del medio, que hoy trabaja como guardia en el mismo lugar en el que su padre pasó tantos años.

Amor a primera vista

Jesús cuenta que Eugenio nació en el seno de una familia humilde, de seis hermanos y padres dedicados a la crianza de ovejas y algo de agricultura en las áridas tierras del altiplano.

Dice que aquí se enamoró del clima, de la naturaleza, pero, sobre todo, de la calidez de la gente, que le tendió la mano y lo ayudó a realizarse.

Trabajaba como casero cuando un día se animó a arreglar el jardín de la propiedad que cuidaba, y el resultado le gustó tanto al dueño del lugar que lo equipó con las herramientas que necesitaba. Había descubierto su don y el oficio con el que cumpliría sus sueños.

Al salir de ahí, conoció a un hombre que lo contrató para que arregle su jardín en el barrio Las Palmas. Su buen trabajo fue de boca en boca y así varias familias lo solicitaban.

En el año 2000 llegó a La Mansión, donde muchas de las palmeras y arbustos fueron plantadas por él mismo.

Sus colegas y los ‘hermanos’ que visitan el templo lo recuerdan como un hombre alegre y lleno de vida. Su partida los dejó pasmados pues era alguien sano, que jamás faltó a su trabajo ni se perdió la primera misa de cada mañana.

Su partida

Creyó que era una simple tos, sin imaginar que el enemigo había tomado su casa. Enfermaron dos de sus hijos, su esposa, pero el Covid-19 fue despiadado con él. Cuando empezó el tratamiento, sus pulmones ya estaban muy dañados.

No hubo espacio en ningún hospital para que lo internen, murió una madrugada en la cama de su habitación. A sus seres queridos les dejó su huerto y sus rosas, un lote donde planeaba construir su primera casa propia y la enseñanza de “no tenerle miedo a ningún trabajo”. Ellos aún no deciden quién tomará sus tijeras y la desbrozadora para seguir sus pasos.