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Gustavo Méndez Fisher (31) fue, durante ocho años, el dueño de las calles y del volante. Junto a su taxi, recorría todos los días las anchas avenidas asfaltadas de Santa Cruz; y claro, también las de tierra, que embarraban las llantas del motorizado. Eran días donde el trabajo y los pasajeros no faltaban y la ganancia alcanzaba para el alquiler y la alimentación de su esposa y sus tres hijos.

Pero todo eso cambió en marzo. Y desde entonces, ya nada sería igual. Como ocurre con la mayoría de las familias.

“Pero eso no fue el principio del problema. Ya desde que hubo esos problemas políticos en octubre, se venía fregando la situación. Se bloqueó todo el transporte. Ya no podía salir a trabajar de forma normal. Alguna vez me escapaba para poder hacer unos pesitos pero no se podía. La situación en las calles era grave”, recordó Gustavo.

Cuatro meses más tarde, tras la declaratoria de cuarentena estricta, Gustavo y su familia se “guardaron” en su casa, por el temor de quedar contagiados de Covid-19. El auto se devolvió a su dueño y cerraron las puertas de la casa hasta nuevo aviso.

Pero los días y las semanas iban pasando y las cosas empezaban a desmejorar. Se acababan las reservas económicas. En dos meses, la familia de Gustavo ya visualizaba un futuro negro. Al taxista no le quedó otra que montarse en un vehículo alquilado y tratar de hacer carreras, aunque sea hacia los hospitales.

Pero no había pasajeros. La gente no se animaba a salir de sus casas. Cuando escaseó la platita, tuvo que salir a buscar otra cosa. Cerca de la casa de su madre, conocía unos vecinos que desde hace 20 años vendían tamal (relleno a base de choclo y queso, principalmente). Se trata de la Tamalería Chapaquito.

“Ya los conocía, pero no sabía del negocio. Yo era puro volante y pensaba que no se ganaba nada con la venta de tamales. Pero fui a pedirles trabajo. En el primer contacto que tuve, el dueño me dijo que, si quería vender, tenía que ayudarle a hacer algunas cosas como a pelar (desgranar) el choclo. Tuve que aprender nomás”, dijo.

El nuevo vehículo de transporte era la bicicleta. “Aprendí rebotando varias veces en el piso”, contó.

Desde mayo recorre las calles, esta vez en dos ruedas y con la mercancía atrás. Vocea en los barrios y compite hasta con los que venden pan. Diariamente, tiene que vender un poco más de 100 tamales para que la ganancia satisfaga la jornada.

“Gano un porcentaje por tamal. Un boliviano por tamal. Yo voy y los ofrezco por los barrios entre las 15:00 y las 19:30. Luego me incorporo a pelar choclos hasta las 22:00 más o menos”.

Los fines de semana, “tengo que vender hasta 180 tamales, pedaleando bajo el sol. Además, que son pesados los tamales, eso lo hace un poco más trabajoso. Hay que bregar la cosa, no se vende tan rápido. Pero no importa, en sol o lluvia, la cuestión es trabajar”, dijo.

En cuanto a medidas de bioseguridad durante la pandemia, Gustavo no olvida su “chisguete con alcohol”, guantes, chaleco, barbijo, un sombrero y estar presentable para vender todos los días.