A diferencia del coronel de Gabriel García Márquez, aquel que se consumía entre cucharaditas de café rascadas del fondo del tarro y cartas que nunca llegaban, el coronel boliviano Gustavo Rojas Retor no espera en vano. Sus días no están marcados por el eco del olvido ni por la sequía del afecto. A sus 101 años, vive rodeado de cartas que llegan desde rincones impensados del país y del extranjero. Algunas escritas con pulso firme, otras con la temblorosa devoción de quienes saben que no escriben a un anciano, sino a una leyenda viva.
Este hombre, nacido el 13 de junio de 1924 en Santa Ana de Velasco, no solo ha vivido un siglo, lo ha atravesado con la entereza de los que prefieren construir historia antes que dormirse en sus márgenes. Coronel de la Policía Boliviana, autor del Ordenamiento Legal Penitenciario de 1979, gobernador de la cárcel de San Pedro de La Paz, comandante departamental en cinco regiones del país y fundador de instituciones clave, como el Club de Leones en La Paz y Santa Cruz. “Tigre”, lo apodaban sus camaradas por su carácter, su disciplina y su valor.
Y aunque podría haberse transformado en un personaje de novela, prefirió vivir con el aplomo de quien escribe su propio capítulo día a día. Cuando lo visitamos en su casa del barrio La Chacarilla, en Santa Cruz de la Sierra, el sol brillaba con la ternura de junio. Allí, bajo la sombra de un árbol de mango que él mismo trajo de su tierra natal, nos recibió sentado, firme, lúcido, sonriente.
“Yo planté este árbol. Es menor que yo”, dice con esa ironía sabia que solo tienen quienes han visto pasar guerras, dictaduras, reformas, y aún así mantienen intacta la alegría de vivir. A su alrededor, cinco hijos (tres aún vivos), trece nietos, dieciocho bisnietos y tres tataranietos lo acompañan como una constelación familiar que gira en torno a él. “Estoy agradecido al Supremo Creador por haberme dado hijos tan buenos, que me acompañan hasta hoy”, afirma.
Entre los presentes está su primogénito, Gustavo Antonio Rojas, también coronel jubilado de la Policía. “Él siempre ha sido el centro de unión de toda la familia. Es nuestro patriarca. Con él nos concentramos todos. Es completamente independiente, lúcido, feliz”, asegura con orgullo.
En la mesa de don Gustavo no hay tarros vacíos ni cucharitas rascando el fondo como lo hacía el personaje de la novela. En esta realidad mágica, existen fotos con esquinas dobladas, cartas que llegan desde años y geografías distintas, testimonios vivos de una vida que sigue generando afecto. No necesita raspar óxido para hacer café porque tiene a quien lo acompañe mientras hierve la olla.
Su receta para alcanzar los 101 años parece sencilla: “Trabajar siempre, portarse bien, ser correcto en la vida. No tener problemas de ninguna naturaleza. Desde mis 23 años he vivido así”. Lo dice como si fuera fácil. Lo dice mientras recuerda que en 1980 fue gobernador de la cárcel de San Pedro, donde escribió el texto que norma el sistema carcelario vigente hasta hoy, “porque no conozco otro”, aclara sin arrogancia, con la certeza del quien sí conoce su legado.
Gustavo Rojas Retor también fue falangista. Ingresó joven a las filas de la Falange Socialista Boliviana y mantiene fidelidad a esos ideales. Fue comandante en La Paz, Cochabamba, Santa Cruz, Oruro y Beni. Docente de la Escuela Básica Policial. Fundador del Centro de Generales, Jefes y Oficiales de la Policía. Un referente. Y ahora, también, inspiración literaria: el economista y escritor Walter Alpire Mendoza prepara un libro sobre su vida, donde destaca: “su valentía y su ejemplo”.
Hay hombres que envejecen en el rincón de una fotografía. Hay otros, como don Gustavo, que se convierten en testimonio de un país que aún puede encontrar orgullo en sus centenarios. No languidece en una esquina del tiempo, no espera que alguien lo recuerde en silencio. Él recibe cartas. Recibe abrazos. Y cuando uno se despide de su casa, tiene la certeza de haber estrechado la mano de alguien que ha vivido más de un siglo sin que se le apague la llama.
Porque el coronel Rojas Retor sí tiene quien le escriba. Y lo que es mejor: tiene quien lo abrace.
Dos siglos
Don Gustavo Rojas Retor es chiquitano y va camino a su bicentenario. Se casó con doña Rita Flores Ríos (+), tuvo cinco hijos: Gustavo, Nair, Oscar y dos que ya fallecieron. Muy joven ingresó al Colegio Militar del Ejército en La Paz, donde por una caída de caballo se lesionó y tuvo que apartarse de la carrera por una temporada.
Pero, luego, decidió ingresar a la Policía Nacional para una nueva carrera que duró hasta 1982, cuando se jubiló con todos los reconocimientos. Su apodo en las esferas policiales era “Tigre”, por su fortaleza, temeridad y disposición. Se jubiló y regresó a su Santa Cruz donde radica desde entonces. Vive por el barrio la Chacarilla donde lo visitamos.
—¿Qué siente llegar a 101 años? “En realidad la experiencia que uno lleva en su vida. Yo estaba de oficial desde el año 1940. Estuve en el Colegio Militar y debido a una enfermedad que tuve, y demás cosas, me retiré del colegio militar. El coronel René Quiroga Paz-Soldán, que era comandante del Colegio Militar, me llevó a la Escuela de Carabineros de Bolivia, en La Paz, y ahí ingresé como subteniente el año 1940. Mis hijos son cinco y todos son profesionales. Y el único que vive aquí, Gustavito, Nair y Oscar, esos son los hijos que tengo hoy”.
Cuando llegó a este mundo, Gustavo absorbió los conocimientos del Siglo XIX, vivió intensamente el XX y un ‘un siglo después’ celebra la vida.