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Hace meses que algunos no besan a sus esposas y que se resignan a acariciar los pies de sus niños para no exponerlos. Es el precio por asumir el mayor reto en la historia de la salud en el país, que coincidió con la flor de la edad de ellos. Son nueve médicos, entre emergenciólogos e intensivistas, están entre los 32 y 41 años, y dirigen los lugares con mayor cantidad de pacientes Covid-19.

Antes de la pandemia no tenían los roles protagónicos de ahora. Los obligó el repliegue de sus maestros y jefes, los doctores que superaban los 60 años y que eran parte del grupo vulnerable al coronavirus.

Hubo decesos de colegas que han tenido una trayectoria muy importante y cuando acabe la pandemia no sé cómo haremos para llenar esos vacíos, aparte de que ya eran escasos, dónde vamos a conseguir oncólogos, ginecólogos, etc.”, suspira Freddy Villegas (32), uno de los más jóvenes, actual coordinador médico del Centro de Aislamiento Covid-19 Fexpo y jefe médico en El Remanso.

Villegas ya dio positivo al Covid-19, es uno de los recuperados. Antes era ecografista en La Pampa; tuvo mucho miedo cuando asumió el reto, “el mayor temor era no ver más a mis hijos de tres años y once meses, pero lo usé de forma positiva para cuidarme más y también para proteger a mi equipo”, dice.

Para Villegas, tiene que haber un antes y un después de la pandemia, “salió a flote cuánto vale la salud, se han desnudado las falencias, que no eran capricho del gremio médico”, insiste.

Entre las cosas que tiene grabadas es la gran cantidad de vidas que no pudieron salvarse, sobre todo al inicio de la pandemia.

Hace unas dos semanas que Fernando Becerra (34), jefe médico de La Pampa, salió de cuidados intensivos, donde estaba como paciente, junto con su madre, por culpa del Covid-19.

La pandemia puso de cabeza su rutina, era médico de Asistencia Social de la Gobernación. “Creo que me trajeron por un tema de edad y disposición, no sentí miedo porque nunca tuve zona de confort. He aprendido tanto acá, comenzamos prácticamente con nada, con las ganas de trabajar; estuvimos de lunes a lunes. Hoy podemos dar mejor atención a los pacientes”, se enorgullece.

Una de sus pruebas más duras fue dar ánimos a los colegas, incluidos los caídos por la enfermedad. “Es duro ver caer a un amigo, y en especial si es médico, hay muchos que han tenido la desgracia de obitar, otros siguen en terapia”, lamenta.

Iván Boker (38) es el director médico de La Pampa. Al comienzo sintió miedo, no por él, sino por los suyos, “detrás de cada uno existe una familia que tal vez no aceptó el desafío que tenemos como médicos, que es parte de nuestra formación. Al ser de primera línea, al final la familia entendió la labor”, celebra.

Lo que más disfruta es devolver a las personas a sus hogares. “No tiene precio recuperar a personas que no tenían esperanza”, dice.

“Pedimos una oración para que la bendición de Dios nos llegue y podamos seguir aquí, trabajando por el bien de la población”, solicita Jean Pierre Mendoza (34), encargado del laboratorio El Remanso. También pide a la gente acordarse de los bioquímicos como él, “hacemos el diagnóstico con cariño y dedicación”, sostiene.

Para Mendoza, la situación ha mejorado mucho con el tiempo, porque al comienzo tenían “estrés al 500%”. Según él, la llegada de la pandemia fue con mucha discriminación, incluso de parte de los colegas, “nos sentíamos como virus andando porque teníamos contacto constante con los pacientes. Muchos salimos de casa para no llevar el Covid-19 a los nuestros”, cuenta.

A los 20 días de separarse de sus hijos, no pudo con ese distanciamiento, “fue mayor el estrés de no verlos y regresé a casa, pero con medidas de bioseguridad, durmiendo en cuarto aparte, usando utensilios aparte, como si tuviera el virus”, confiesa.

Jean Pierre dice que la mayor deuda de los médicos es con sus familias, por la contención. Su mayor orgullo, que la vocación superara al pánico. “Cuando nadie quería recibir a pacientes Covid-19, nosotros aceptamos el reto”, brota pecho.

Andrés Martínez tiene 40 años, “no soy tan joven que digamos”, ríe. Es el jefe de la terapia intensiva Covid-19 del hospital San Juan de Dios. Antes de eso trabajó en el Plan 3.000 y en clínicas privadas.

Sabe que como médico intensivista no podía dar un paso al costado, “lo asumí desde el primer momento en marzo”. Le gusta tanto su especialidad, la medicina crítica, y eso pudo más que el miedo. “Si de diez enfermos salvamos uno, haremos todo por ese uno, para esto fui formado”, dice.

En todos estos meses de pandemia, Andrés sigue invicto frente al Covid-19, “y Dios quiera sigamos así, y que todos salgamos pronto y bien de esto”, ruega.

Tiene niños en casa, y para evitar que se le acerquen, tenía que decirles que su papá estaba con ‘bichos’, aunque muriera por besarlos y abrazarlos.

Toda su vida profesional, Richy Anderson Hurtado (36) ha estado en el hospital Japonés. Hoy es el jefe médico de los domos 1 y 2 de ese centro de tercer nivel.





Cuando lo invitaron al cargo, al comienzo tuvo muchas dudas. “Uno siempre piensa que hay gente más preparada en lo administrativo y organizativo”, recuerda. Pero una vez que vio caer a sus colegas y replegarse a los mayores, aceptó el reto, “que era enorme”.

Dice que recibió un montón de ofertas de los privados, y que con la pandemia los sueldos se dispararon, pero sabía que hacerse cargo de los domos equivalía a ‘cama adentro’. “No había horario y aunque uno piensa en ver recompensado el esfuerzo y el riesgo y en dar mejores condiciones a sus hijos, en los hospitales se pueden salvar más vidas”, dice.

Hurtado es del grupo de riesgo, no por la edad, sino por el asma y por su grupo sanguíneo, A+, que tiende a complicarse cuando hay contagio de Covid-19, por eso agradece seguir negativo.

A pesar de que ya está algo adaptado a la pandemia, reconoce que sigue el miedo cada vez que entra a lo que llama “zona roja”, y sobre todo sigue el dolor al contemplar el rostro de un colega intubado, al punto de estallar en llanto o somatizar por el estrés, o la tristeza de perder a pacientes jóvenes que nunca debieron complicarse. “Esta enfermedad tiene una clínica que no deja de sorprender”, dice.

Oliver Bernal (37) es jefe de Emergencia del Japonés. Recién ha salido de un cuadro moderado de Covid-19, igual que su esposa y su hijo de 11 meses. Dice que los intensivistas y emergenciólogos se toman muy personal la pandemia y que un 80% de ellos está doblando turnos.

“Falta personal médico, ya tenemos más de 100 fallecidos, y eso debe ser cubierto por nosotros, es una obligación moral y ética no dejar a la población sin atención”, dice. Le afecta la realidad de los colegas enfermos, “no hay remedios, tenemos que poner Bs 500 cuando alguien se enferma entre los emergenciólogos, para ayudar con los gastos”, lamenta y desea de corazón que eso mejore.



Juan Pablo Mérida (41) era intensivista de planta en la clínica Foianini y con la pandemia pasó a ser el coordinador de la UTI; también trabaja en la Caja Nacional de Salud (CNS). No hay paciente que no lo conmueva, “todos son hijos, padres, hermanos, esposos, etc.”, dice quien ha atendido ya a unos 200 enfermos, entre los dos lugares donde ejerce el oficio.

Cuando lo desafiaron a hacerse cargo, sintió miedo a enfermarse, pero la energía se la dieron los pacientes que se recuperaban, y los familiares. “Me bendicen, me dicen que pedirán a Dios por mí, por mis colegas y por nuestras familias, son cosas que antes casi no escuchábamos. Ahora sé que tengo que mantenerme sano por ellos”, se conmueve.

Mauricio Martínez (38) es jefe del domo UTI Covid-19 de la CNS y también trabaja en CIES y en la clínica Foianini. “Al principio fue devastador porque somos personal relativamente joven que se ha cargado al hombro tamaña responsabilidad: cuidar a la población cruceña en el peor momento. Muchos fallecieron y eso fue muy fuerte, pero moralmente no podíamos caer”, recuerda.

Ha visto morir a más de 150 personas y ha intubado amigos, “eso no está en ningún protocolo”, dice. Hoy le afecta menos el miedo, dice que desayuna, almuerza, cena y respira Covid-19. “Vivimos en un mundo Covid-19. Hoy somos los héroes, pero siempre hicimos este trabajo, solo que la pandemia lo sacó a la palestra”, argumenta.