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Es difícil separar al hombre del profesional. Sus colegas lo describen como un ser íntegro, con una coherencia poderosa entre calidad humana y vocación de servicio, en su trabajo como gerente de la Unidad de Epidemiología del Servicio Departamental de Salud (Sedes). Y en general en toda su historia laboral.

Referirse a Roberto Tórrez en tiempo pasado suena a injusticia porque la estrategia que actualmente se aplica en la lucha contra el coronavirus es fruto de su trabajo, conjuntamente con Óscar Urenda y todo el equipo que lo acompañó.

En la última reunión del Comité de Operaciones de Emergencia Departamental (Coed), realizada el 27 de julio, el documento de análisis de la situación epidemiológica en Santa Cruz que se presentó, continúa llevando su nombre. Los que en algún momento fueron sus discípulos, no se atrevieron a quitar su firma.

Por respeto, el reporte al 26 de julio dice Roberto Tórrez, porque él hizo la primera presentación, la base estructural del trabajo, y su nombre permanecerá hasta lo último de la pandemia, y también como reporte oficial del Covid-19 para toda la vida”, manifestó Carlos Alberto Hurtado, responsable de Primera Respuesta Covid-19, y también hijo de Tórrez.

Su tierra prometida

El médico con especialidad en Pediatría, con maestría en Salud Pública (Bélgica) y experiencia en Epidemiología nació en Aiquile, en Cochabamba y en la capital de este departamento culminó el bachillerato.

Se formó en Medicina en la Universidad Mayor de San Simón, donde le decían Piolín, era del grupo Los Piolines. Así llamaban a los ‘nerds’ de la facultad, y entre todos ellos, Tórrez era el mejor alumno, y también el más pobre en recursos económicos, según cuenta su familia.

Tras cursar sus estudios superiores en Cochabamba se fue a trabajar a La Paz, pero desde que acabó el colegio soñaba con vivir en Santa Cruz, “por su vegetación, su clima y su gente”, recuerda su hijo.

Llegó hace 36 años, empezó como personal operativo, y terminó como experto en la gerencia de la salud, área en la que se desarrolló por 16 años hasta su último día.

En sus inicios en suelo cruceño, luego de lograr el traslado de su ítem, tuvo que alquilar una casita sencilla para habitarla con toda su prole. En esa época trabajaba en el Centro Dios y Hombre, en Villa Warnes, que pertenecía a una iglesia, y donde también se ejercía el tema comunicacional, a través de Lupanguá.

Había una posta médica, llamada Las Catacumbas, y según sus descendientes, desde entonces era muy querido.

Pasó a un centro de salud preventiva, luego a la Unidad Sanitaria (hoy Sedes), donde ocupó algunos cargos en Planificación y terminó en la gerencia de Epidemiología, desde esa fecha hasta el 25 de julio, cuando falleció.



El doctor Tórrez en trabajo de campo. Foto: Archivo EL DEBER

El hombre de las epidemias

“Fue uno de los íconos de la epidemia de cólera en los 90”, recuerda Hurtado.

Se movía en un ‘cacharro’ que le dieron, un Toyota rojo, con el que llegaba a todas partes, incluso a El Quior, cuando este germinaba como barrio. Su familia lo veía ir de noche a zonas muy alejadas, donde el asfalto era impensable, les decía “hay una familia con cólera”.

Y hasta allá iba, donde había calles sin nombres, “recuerdo un día que hacía mucho frío, salimos a las once de la noche y recién a las seis de la mañana encontrábamos la casa. Pasábamos siete horas buscando la vivienda, llegamos y habían muerto cuatro miembros de esa familia en la gran epidemia de cólera en los 90 o 91”, recuerda su compañero de aventuras y de oficio, Hurtado.

Esa fue la primera gran epidemia para él, después hubo otras.

En 2009 atendió su primera pandemia, la de influenza, que se juntó con el ataque del dengue.

Nuevamente, en 2012, el dengue pisó Santa Cruz. En 2014 y 2015 llegó la epidemia de la chikungunya, y en 2015 la de zika. En 2016 regresó la influenza, en 2019 y 2020 una vez más atacó la epidemia del dengue, que en este último año quedó opacado por la furia del coronavirus.

Estábamos en una intensa epidemia de dengue, de las más grandes de la historia, y que aún continúa; también hay un poco de influenza ahora, pero con menor intensidad porque apareció el Covid-19 y hay competencia viral”, cuenta Hurtado.

El estratega

Junto con Urenda, Tórrez fue el cerebro para afrontar el virus nacido en China. A diferencia de los anteriores problemas públicos de salud, a éste le temía más, debido a sus problemas de base, chagas y asma, por eso se distanció de la parte operativa.

Cuando hubo el primer caso cruceño de la paciente de San Carlos, el 10 de marzo, Tórrez ya estaba con su bolso listo para lanzarse a la zona norte. Su hijo lo detuvo y lo mandó a casa. Era la primera vez que no atenderían juntos los casos iniciales de una enfermedad.

Sobre el principal aporte de Tórrez a la salud de los cruceños, los colegas coinciden en el óptimo control de las enfermedades transmisibles e inmunoprevenibles.

Es el único departamento que ha logrado controlar malaria, fiebre amarilla, chagas y un montón de otras enfermedades, las inmunoprevenibles, fiebre amarilla por vacunas. Los mejores indicadores los tenemos nosotros y esa ha sido su contribución”, coinciden.

Desde que empezó en Epidemiología, Tórrez apostó por el involucramiento de la ciudadanía, por eso una de sus principales estrategias era el compromiso de la comunidad.

Tórrez creó los comités populares de salud, que daban la responsabilidad a las amas de casa, o al jefe de hogar de cuidar su barrio. Apostaba por un total feedback con la población, incluso en los lugares más inhóspitos. Siempre decía “si nos quedamos sentados, no habrá nada”.

Para pelear frente al Covid-19, lo primero que hizo en la pandemia fue organizar la unidad de Epidemiología.




Recibió varios reconocimientos por su trabajo

Su estrategia era estructurar todo en el Centro de Operaciones de Emergencias en Salud (Coes), con el respectivo plan de contingencias. En el Coes hay varias comisiones que le dieron funcionalidad.

Está la comisión de Atención al paciente, que empezó a capacitar en todos lados; el comité de Vigilancia, que dice cuáles son los centros de 12 y 24 horas; la comisión de Logística, que ve compras y habilitaciones. Y cuando todos vieron en un mes y medio, con el primer caso, que la tarea no era tan sencilla como pensaban, apuntaron a medidas extraordinarias, “hacer todo lo que nunca se hizo”, eso incluía poner más personal, empaparse más.

Y en medio de tanta responsabilidad y desafío, nunca dejó de entregar un reporte, craneó todo hasta el día que fue a terapia intensiva. Poco antes de eso, aún hablaba con su equipo y daba instrucciones.

Cuando todo mundo veía lejano al virus, Tórrez ya organizaba los simulacros en fronteras y aeropuertos. “El 20 de enero, cuando recién empezó esto, me dice ‘qué te parece’. Le dije, ‘parece que será un virus más’. Él me dijo ‘mientras no conozcas al enemigo en toda su dimensión, no podrás derrotarlo. Prepará las fronteras y los aeropuertos’”, cuenta Hurtado.

Íntegro e indivisible

Tórrez, el profesional, era Tórrez el hombre. Amaba servir, por eso siempre contestaba el teléfono, a la hora que sea. Y cuando en casa le reclamaban la excesiva disponibilidad, ponía por delante su lema.

Nosotros estamos para servir. Cada llamada no contestada es una oportunidad perdida de ayudar a alguien y cada llamada que se responde es una posibilidad de ayudar”, decía siempre

A su hijo le quedó clara la lección. “Por eso es que el 99% de las veces que me llaman, contesto. Es un legado que me dejó él y que también me dejó Urenda”, reconoce Hurtado.

Todos sabían de su debilidad por los pedidos de auxilio, la prueba es que un día de los que Tórrez estaba internado, su hijo Carlos Alberto encendió el teléfono de su papá y contó 6.000 mensajes pendientes.




Siempre atendía los requerimientos de la prensa para hablar sobre las enfermedades que afectaban a Santa Cruz y el país. Foto: Archivo EL DEBER

Otra muestra de ese profesional que nunca se desentendió de su humanidad es que, antes de ser intubado, y sabedor de lo que podría pasarle, además de encargar a la familia a Carlos Alberto, también la encargó a Neysa, la trabajadora de limpieza del Coed, que tenía Covid-19.

Por favor a la señora Neysa, que está luchando por su vida, busquémosle un espacio en La Pampa”, pidió. “No dejaba un cabo suelto, todos para él eran importantes. Me enseñó la vocación de servicio”, dice Hurtado, que ya lleva más de 500 casos de Covid-19 atendidos ad honorem. 

Mi papá no se jubiló porque tenía mucho que dar, pero olvidó que era un mortal, finalizó.

Iracema Áñez, excolega, lo recuerda como un hombre de hablar pausado, mirada calma y voz tranquila, pero firme al momento de tomar decisiones.

Dicen que a los epidemiólogos nadie los recuerda, pero Roberto Tórrez es una poderosa excepción.