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Hijo del reconocido compositor Willy Claure y de Elizabeth Moret. Heredó de sus padres dos tesoros: el amor por el folclore y Tapekua, esa tapera ‘vieja’, pero a la vez moderna, que albergó a varias generaciones de amantes de la música ‘made in Bolivia’ desde hace 31 años. 

Iru Moret, más conocido como ‘Chinito’, administra junto con su hermana, Munaña Moret, este espacio donde las delicias culinarias y el arte se fusionan y que ahora lucha para sobrevivir a la pandemia de coronavirus. Fueron muchos los músicos que hicieron retumbar sus paredes con sus guitarras, violines y bombos, que la pandemia obligó a callar desde marzo. 

Ellos se quedaron en sus casas para cuidar a sus familias del enemigo silencioso. Con el paso de los meses, la situación económica se hizo insostenible y, “con mucho dolor”, despidieron a todos sus trabajadores, que eran cerca de 15, entre garzones, personal de cocina y barman. Y esto, sin contar a los más de 40 músicos que pasaban por su escenario al mes.

“Las cosas están mal para nosotros. En el juego de la vida, a los músicos y a los dueños de locales nocturnos nos tocó la baraja más fea y no tenemos un as bajo la manga, pero igual vamos a jugar”, expresa Iru, que aún conserva la esperanza de que las cosas mejoren.

Adaptarse o morir

Iru y su hermana decidieron cambiarle la cara al local. Sacaron las cortinas oscuras, abrieron los ventanales y pusieron lámparas. 

Además, variaron el menú, que anteriormente consistía en carnes y pastas (en su mayoría), y lanzaron propuestas con peces y mariscos.

“Tuvimos que adaptarnos, porque en esta cuarentena todos aprendieron a cocinar algo rico. Desempolvaron las recetas de la abuela y vendieron comida. 

Así que apostamos por opciones diferentes para diferenciarnos del resto. Pero lo bello de Santa Cruz es que nos apoyamos entre todos para no ahogarnos ni con la pandemia”, afirma.

Una luz de esperanza

Desde la próxima semana y por todo septiembre, Tapekua atenderá desde las 16:00 hasta las 19:30 con un espacio ‘after office’, en el que grupos muy pequeños volverán a a enamorar, esta vez a un público reducido. 

“En las mesas de 10, sentaremos a dos, así que las entradas se darán en preventa y todo el dinero será para los artistas.Nosotros somos hijos de un músico, sabemos cómo es su vida y siempre los apoyaremos”, dice Iru.

La familia decidió que no cambiará su forma de trabajo. Seguirán vendiendo comida, al mediodía y en la noche y ofrecerán conciertos íntimos. “Afortunadamente, la flexibilización de las medidas nos permitió contratar a un par de personas para continuar”, cuenta.

Hacia un mundo mejor

Para Iru, la pandemia dejó un saldo económico y moral negativo, sobre todo por los enfermos y fallecidos, pero la cuarentena tuvo un lado bueno. “Esta situación nos hizo acercarnos a nuestra familia. 

Nos volvió más humanos, pero sobre todo nos hizo entender que cuando uno pisa fondo es solo para levantarse con más fuerza”, dice convencido de ello.