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Lino Angulo tiene 26 años, una esposa y tres hijos pequeños. La mayor de ellos tiene ocho años, y los más pequeños dos y uno. Viven en una casa en alquiler en Montero. Hasta ahí la descripción puede servir para referirse a cualquier familia, pero la de Lino ha enfrentado momentos duros y dolorosos, física, emocional y económicamente, desde que el pasado 19 de octubre hubiera perdido el brazo derecho en un accidente laboral.

Bárbara Suárez, su esposa, recuerda que se encontraba como perdida; que todo le parecía un laberinto y  se sentía desesperada. Su esposo estuvo internado en el hospital Cordes de Montero, durante un mes, y el dinero parecía escurrirse, como agua.

Los gastos no solo son médicos; afortunadamente el seguro cubrió gran parte de lo que Lino necesitaba, pero se requieren hacer pagos y cubrir lo básico: la alimentación y los pañales de los pequeños. El salario de Lino se ha reducido, pues al estar con baja médica no asiste a su fuente laboral y, por lo tanto, no puede hacer horas extras que ayudaban a aumentar el monto que recibía al final del mes.

Lino trabajaba en el ingenio azucarero Guabirá, como estibador, en la sección de producto elaborado. Hacía turnos rotativos, de 6:00 a 14:00, de 14:00 a 22:00 y de 22:00 a 6:00. Pero su jornada no acababa ahí, porque después de llegar a su casa para comer o descansar un poco, cambiaba de oficio. Trabajó como albañil para aumentar sus ingresos y, cuando las necesidades y los gastos empezaron a aumentar, decidieron, junto a su esposa, sacar un préstamo para comprar una motocicleta. El objetivo era dar el servicio de mototaxi.

“Tardamos dos meses en conseguir el préstamo, pero no fue ni un mes (el que trabajó como mototaxista), cuando pasó el accidente”, cuenta. Sin embargo, los pagos tienen que hacerse de todas formas.

Atender a tres niños y al esposo ha sido difícil para Bárbara, que no puede trabajar afuera porque no tiene quién cuide a sus hijos y ayude a su esposo. Lino recibe su ayuda para bañarse y alimentarse.

Bárbara ya hizo los cálculos y se dio cuenta que, si saliera a trabajar, terminaría haciéndolo para pagar una niñera y no podría cubrir más. De todas formas, lo intentó, salió a lavar; pero su esposo que está en recuperación necesitaba su apoyo y sus niños también.

“No puedo atrasarme en el alquiler”, dice ella, que cuenta que paga Bs 800 cada mes, aparte de los servicios básicos. Cada tres días debe comprar leche para sus hijos pequeños, así como pañales. En dos semanas comenzarán las clases, lo que implica que debe comprar uniforme y útiles escolares para su hija mayor, “y los pasajes…”

Ante esa situación, que Bárbara describe como oscuridad, decidió contar su historia a través de las redes sociales. Hubo personas que la llamaron y la ayudaron. Entre ellas, abogados que han ofrecido sus buenos oficios para apoyar jurídicamente a su familia.

Bárbara confió en uno de ellos, que ha propiciado una reunión con los empleadores de su esposo y logrado un acercamiento para conseguir apoyo; pero, sobre todo, que los derechos de Lino sean respetados. “No hemos hablado de honorarios”, reconoce y confía en la buena fe de ese profesional, cuyo nombre no menciona.

La mujer está muy agradecida con quienes la han ayudado: “que Dios los bendiga a todos, por ese apoyo”, dice desde el corazón.

Aunque ahora ve una luz, por pequeña que sea, todavía no ha salido de la dificultad; por ello pide a quienes puedan y deseen ayudar a su familia, que la contacten al número de celular 75542588. “Es solo hasta que se solucione esto”, dice.

Lino tiene control médico este viernes 20. Desde su accidente ha sido operado en dos oportunidades, pues además de haber perdido el brazo, se fracturó la clavícula y tuvieron que ponerle tres placas con pernos. Deberán realizarle una nueva intervención para retirar los pernos y evaluar si será necesario un injerto para su muñón.

Después de que salió del hospital ha necesitado unos parches para su curación, que debe cambiar cada cinco días. Cada parche cuesta Bs 140 pero, según cuentan los esposos, han usado uno para hasta tres curaciones. La empresa empleadora de Lino les ha devuelto lo que la familia ha gastado en ellos.

El día del accidente, Lino fue a ayudar a limpiar una máquina, cuyo nombre no recuerda. Él explica que deben vaciar los quintales de azúcar en esa máquina -que tiene aspas- para que la transporte a otra máquina que fraccionará y envasará en presentaciones de uno y cinco kilos.

Era la temporada final de la zafra, por lo que en su área había poco trabajo y fue llevado a otra, en la que los trabajadores suelen ayudar. Lino vio que en la máquina que usarían había restos de hule y se lo hizo saber a su encargado.

Él mismo apagó esa y otra máquina. Entró y se disponía a limpiarla, es decir, a retirar los restos de hule. Pero había gente que no estaba trabajando y para evitar llamadas de atención, pidieron a otro compañero que encendiera la otra máquina, “que le diera marcha”.

Recuerda haber dicho al colega que no hiciera lo mismo con aquella en la que él se encontraba; pero algo pasó, “no sé qué habrá escuchado”, y también la encendió. Lino había metido el brazo. “La máquina me estaba tragando”, cuenta, casi sin emoción, y recuerda que, entre cuatro personas lo sostenían y jalaban para evitar más daños. Su frente y parte de la cabeza fueron raspadas, mientras los compañeros no conseguían apagar el aparato.

Un amigo suyo, que trabajaba en otra sección, escuchó los gritos, corrió, entró en el lugar y desconectó las máquinas desde el mando central. Solo entonces estas se detuvieron.

Tres meses después, ¿cómo se siente Lino? Él dice que con angustia por las deudas; pensamientos rondan su cabeza, que sabe que “ya no es lo mismo que antes”.

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