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En el campamento de bomberos de Copaibo la imagen del sol parece retocada en tiempo real, luce como si la luna se hubiera “equivocado” y de pronto salió de día. Este panorama se debe a la poca visibilidad existente, debido a una densa capa de humo en el ambiente. Son solo las 14:30 pero parece ser el final de la tarde.

En el lugar, entre orugas, tractores y otros equipos pesados se mezclan jóvenes que apenas están saliendo de la adolescencia y ya se enfrentan a una gran responsabilidad: evitar que el fuego deje en cenizas la reserva municipal Copaibo en Concepción.

En primera línea de fuego, hay jóvenes entre los 16 y 22 años (voluntarios y soldados). Aunque algunos sus facciones los hacen ver de menos años. Pedro Martín Arias, es el más joven, tiene 14 años y desde hace tres es voluntario, su mirada tiene un temple especial cuando habla de incendios forestales, lo que por segundos hace olvidar su corta edad.

“Ser bombero ayuda incluso a madurar. La verdad es que uno de civil puede ser niño, pero cuando se pone el uniforme de bombero es un hombre que tiene responsabilidad de luchar por su naturaleza”, dice Martín, con un tono de voz que expresa confianza.

“Ver nuestra naturaleza sufriendo nos da ese coraje de seguir luchando y no rendirnos”, agrega.

Él es de Concepción y sabe el riesgo al que se enfrenta. De forma muy normal relata un momento que difícilmente podrá olvidar: “El año pasado casi hemos perdido la vida. Haciendo contrafuego cambió de dirección el viento bruscamente, levantó copa el árbol y cayó. Casi perdimos la vida tres voluntarios”.

Martín es estudiante y pertenece a Funsar Concepción. Este grupo, junto con Camaradas Contra el Fuego, fueron los primeros en hacer frente al incendio en Copaibo desde inicios de agosto. Ambos, como resignados se retiraron al cabo de un mes, por la falta de logística y maquinaria.

Hace una semana el campamento estaba abandonado, pese a que el fuego seguía en la reserva. Ahora son más de un centenar de bomberos; ambos grupos volvieron y esta vez están acompañados por soldados y, desde hace tres días, por otros grupos de voluntarios que llegaron de Santa Cruz.

Mario Ortíz se abre paso entre algunos, cargando colirios y gritando un par de nombres avanza: lo siguen rápido dos jóvenes a los que les asigna tarea.

Es el comandante del grupo de Funsar, tiene solo 19 años y hace cuatro conoce cómo enfrentar incendios. Tiene la serenidad de un adulto mientras se reúne con dos instructores más que lideran el campamento; son dos militares que fácilmente le doblan la edad. Sin embargo, todos aportan para ir diseñando la estrategia contra el enemigo común.

Se subdividen en grupos y, dirigidos por un instructor, ingresan por turnos a la cabecera del fuego, desde las 17:00 hasta las 5:00.

El viento, que ayuda al fuego a expandirse con más facilidad, es calmo de noche, por eso los trabajos directos comienzan cuando el sol se oculta.

El día es aprovechado para los trabajos con maquinaria pesada, están abriendo una brecha para “encerrar al fuego” y así extinguirlo. El trabajo no es nada fácil, la maquinaria pesada llegó la anterior semana, tras la declaratoria de emergencia nacional por incendios, pues a la Alcaldía de Concepción, también golpeada por la pandemia de coronavirus, se le habían acabado los recursos y aún tramita la declaratoria de desastre.

La mañana también es ocupada por los voluntarios para organizarse. A uno de ellos, Erick Orozco, un joven de solo 17 años, sus familiares lo motivaron a ser voluntario. Cada año deja sus actividades para estar en los incendios.

He visto animales calcinados: petas, jochi y víboras y tengo la experiencia de casi perder la vida encerrado en el mismo fuego”, cuenta.

Es una realidad que hay menores de edad en trabajos contra el fuego. Al respecto, Ortíz aclara que todos ya tienen un par de años de experiencia y previo a ingresar deben cumplir con una capacitación que pone a prueba su estado físico.

Desde la segunda semana de septiembre militares refuerzan tareas. Ellos igual son jóvenes, son del primer escalón del cuartel y tienen entre 18 y 22 años. Todos están uniformados y en grupo.

Tras la llegada de las autoridades, cada uno grita de dónde viene: hay varios de Cochabamba, para ellos el adaptarse a las altas temperaturas, incluso parece más complejo.

Algunos reconocen que la noche del miércoles 16 se enfrentaron por primera vez contra el fuego. Aún emocionado por la experiencia, uno de los jóvenes comenta: “Vimos un tatú ya muerto y trajimos una tortuga quemada, pero no resistió”.

Otro agrega: “Es emocionante y peligroso. Mientras intentamos apagar el fuego, todavía vimos de lejos algunos animales que caminaban en la noche”.


Daños a la reserva

Es jueves 17 y en el campamento, en medio del calor sofocante, propio de estos meses en la Chiquitania, un hombre grita: “están cayendo cenizas aquí”. Los jóvenes no se inmutan, como si ya fuera algo regular. Aunque para no alarmar a una delegación de visita, un capitán se apura a decir que esto suele pasar por la proximidad del fuego y aclara que están en zona segura.

Entrando, a kilómetros del campamento, es como si fuera otoño, por todos lados hay hojas secas en el piso. Cuando se avanza hacia la cabecera del fuego, estas son remplazadas por cenizas, pero la mayoría de los árboles altos parecen intactos. El fuego ya pasó y dejó una alfombra gris por los alrededores.

El capitán Álvarez explica que el fuego es rastrero, es decir, tiene bastante combustible, hojas secas en el piso para ir avanzando rápidamente y le cuesta más subir a los árboles que aún están verdes

El ncendio tiene más de 45 días activo, parece ser insuficiente para reflejar la magnitud del desastre. En un sobrevuelo, en el que se recorrió otras zonas afectadas, de lejos Copaibo es la más dañada. El humo es una línea, de kilómetros y kilómetros, que casi forma un circulo. Todo lo del centro ya está consumido. 

El primer foco de calor se registró el 10 de agosto, y a mitad de septiembre las llamas lejos de apagarse se han apoderado de la zona convirtiéndola en el incendio de mayor magnitud del departamento. De acuerdo al Observatorio Bosque Seco Chiquitano hasta el 16 de septiembre se consumieron 26.989 hectáreas. Los daños ya llegaron a la colindante Tierra Comunitaria de Origen (TCO) de Monte Verde, donde se consumieron 5.000 hectáreas.

Las imágenes fueron captadas por dron, debido a que el equipo puede sobrevolar más próximo al fuego, sus tomas son aún más impresionantes. 

Hacen dudar de que se trata de Santa Cruz, como si fuera el registro de lo sucedido en otros países, pero la aparición de las camionetas que acompañan la caravana liderada por el ministro de Defensa, Fernando López, despejan dudas e identifican el lugar.

Uno de los visitantes, que el año pasado ya estuvo en los incendios en la Chiquitania, sentencia: “solo una lluvia apagará esto”, como recordando lo sucedido el 2019 cuando las lluvias fueron las que finalmente lograron liquidar las llamas.

De acuerdo con López las lluvias, aunque aún esporádicas, ayudaron a mitigar el fuego, pero se traerá más maquinaria para concluir el cortafuego. 

Además, adelantó que el fin de semana llegará un avión Hércules, que será alquilado por el Estado. Además, se comprará una capsula de agua para adaptarlo a un avión que hay en el país.

Mientras en el municipio vecino; San Ignacio, en las últimas horas aumentaron los focos de quema. Al lugar también llegaron más bomberos ayer.

Van llegando más bomberos

El periodo crítico de los incendios, un fenómeno que se repite año a año, varió en relación a 2019 cuando empezó en julio. Esta vez el fuego se fue incrementando a finales de agosto. 

Por ello y por la pandemia de coronavirus, los voluntarios del departamento y el país recién van llegando a los municipios más afectados.

Desde este fin de semana están en Concepción: 7 bomberos del municipio cruceño, entre estos está la primera mujer en estos trabajos en la zona. También llegó un grupo de Puerto Suárez, son bomberos indígenas chiquitanos.

El cacique José Castedo señaló que 30 jóvenes, la mayoría hijos de comunarios que fueron capacitados, reforzarán los trabajos. 

“Los indígenas somos empíricos, desde niños trabajamos con la naturaleza, entonces nosotros no vamos a prohibirle a un joven de 15 años que quiere salvar su tierra que lo haga, pero ahora en el grupo todos son mayores de edad”, explica.

El viernes llegó el grupo Quebracho, liderado por Diego Suárez, quien fue reconocido por su trabajo en los incendios del 2019. Estos tres últimos grupos son reducidos y en su mayoría los integrantes superan los 25 años. A ellos, ayer se sumó un grupo de la Gobernación.

El responsable de Gestión de Riesgo de la Alcaldía, Ray Galvis detalló que a los voluntarios, en especial a los que llegan de Santa Cruz, se les pedirá acreditación de bombero forestal y una prueba negativa de Covid-19. 

Aunque reconoce que ya han tenido algunas observaciones por el ingreso de menores de edad a estos trabajos, pero justifica que todos ya tienen experiencia y conocen el lugar.

En el último reporte brindado por el viceministro de Defensa, Gerardo Thellaeche, se incrementó un nuevo foco de calor próximo a la reserva de Copaibo.

Hipótesis de origen del fuego

La Autoridad de Bosques y Tierra (ABT) identificó que los primeros focos de calor empezaron en algunos asentamientos cercanos, por lo que mandó técnicos a verificar la zona. 

El director ejecutivo, Víctor Hugo Bello, remarcó que casi la totalidad de los incendios en el departamento fueron provocados, por lo que se iniciaron más de 300 procesos sancionatorios por daños a la naturaleza.

La Alcaldía de Concepción apunta a las poblaciones interculturales como los iniciadores del fuego. Aunque aún no hay sindicados directos.

Para llegar a Copaibo, distante a 190 kilómetros de la zona urbana del municipio, se va por un camino que es también la frontera natural entre Concepción y San Ignacio. En el trayecto hay una especie de urbanización de casas similares en pleno proceso de construcción.